El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, tiene varias obras importantes en las cuales toca temas a los que les agrega el apellido de "líquidas" (el amor, la sociedad, la economía, la democracia, etcétera). Yo le he tomado la palabra con el análisis de los amores líquidos, esos que son el signo de nuestros tiempos posmodernos. Relaciones frágiles, inconsistentes, utilitarias, centradas en el egoismo y en el hiperconsumismo; y en la aplicación de un término moderno, a las relaciones humanas: lo desechable.
Cuando una pareja deciden vivir juntos, lo cual de inmediato les impondrá límites molestos porque la relación de pareja tiene una naturaleza vinculante y doméstica. Ahora hablemos del matrimonio, diriamos que posee una energía como la del bonsai (árbol enano de los japoneses): es una planta en una maceta, con las raíces comprimidas y las ramas taladas. Es cierto que pueden vivir siglos así y que su belleza extraordinaria es sobrenatural que procede de una coerción física.
Las parejas de los amores líquidos se han tragado entera la fórmula de que es posible tener las dos cosas al mismo tiempo: ser un bonsai y también una planta trepadora, expansiva, al mismo tiempo.
En otras palabras tener al mismo tiempo, autonomía e independencia e intimidad. Nos hemos terminado creyendo, según Bauman, que un correcto autocontrol psicológico nos permitirá disfrutar de la relajante constancia del matrimonio sin llegar jamás a sentirnos recluidos o coartados.
El concepto clave es: "equilibrio". Todos deseamos, dice Bauman, lograr que el matrimonio nos haga "fuertes sin quitarnos poder, capaces sin quitarnos capacidad,plenos sin quitarnos plenitud". Esto es, a todas luces, algo irreal.
El amor por naturaleza, impone restricciones severas. El amor aprisiona, impone límites. La enorme fuerza que sentimos en el corazón al enamorarnos es seguida de inmediato por las enormes restricciones.
Pero no nos engañemos, he reclamado a esta mujer como mia, apartándola del resto de la manada. Su energía (sexual, sentimental, creativa) me pertenece en gran medida a mi y a nadie más, porque ya no es ni siquiera suya en su totalidad. Mi mujer me debe una serie de cuestiones importantes para mi: información, aclaraciones, fidelidad, constancia. Y esto es recíproco, naturalmente, para que sea un amor maduro y sano, a la vez.
El respeto mutuo nos impone liberarnos y soltarnos con el más exquisito de los esmeros, pero nunca, ni por un instante, debemos fingir que no estamos confinados en esta relación.
Nuestra intimidad es la de poder contarnos cosas, historias, en las noches. Bajo un manto de estrellas y de lunas llenas, nuevas...
La historia privada de mi mujer pasa a formar parte de mis recuerdos; mi vida se entreteje con la suya. Esto es lo que sucede en la intimidad con el paso del tiempo. Y lo que pasa en un matrimonio duradero donde cada uno intercambia y hereda historias del otro. Nos convertimos, necesariamente, en parte fundamental de la biografía de nuestra compañía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario