Se llamaba Samuel Langhorne Clemens, aunque todos lo conocen como Mark Twain.
Maestro de la literatura popular estadunidense del siglo XIX, iluminó con sus historias la infancia y adolescencia de miles de lectores en todo el mundo.
El creador de Las aventuras de Tom Sawyer fue, además de un escritor prolífico, periodista y buscador de oro, creador incansable de aforismos y crítico ácido de su nación y del sistema económico que en ella florecía. Puso su pluma al servicio de la lucha contra el imperialismo que dominó su siglo —había nacido en 1835 y murió en 1910— y de la defensa de los derechos de las mujeres y de los indígenas.
Pero, por encima de todas las cosas, fue un humorista feroz: su última broma fue dejar una autobiografía escrita bajo el deseo expreso de que fuera publicada sólo después de su muerte para, de ese modo, “ser tan franco, libre y desvergonzado” como si estuviera escribiendo “una carta de amor”.
IMPRENTA Y VIDA PÚBLICA
Hay una escena en El príncipe y el mendigo, publicada en Canadá en 1881, que pinta a Twain de cuerpo entero. El niño Tom Canty ha intercambiado su lugar con el príncipe Eduardo, y mientras él, que viene de los barrios pobres, es tratado con honores en palacio, el príncipe es maltratado físicamente por el padre de Tom.
Al intercambiar clases sociales como parte de un inocente juego, los dos niños ponen un mensaje cristalino: las diferencias sociales son incruentas y basta una simple confusión para que el mendigo sea recibido como un rey y el rey tratado como un miserable.
Twain sabía de qué hablaba. Nacido en una aldea de Missouri en el profundo sur estadunidense en 1835, desde pequeño quedó impresionado con el sufrimiento que causaba la esclavitud que sus propios parientes practicaban, y la miseria que afligía a muchos de los granjeros: su próspero tío John tenía una granja en la que trabajaban una veintena de negros, algunos de cuyos hijos fueron sus compañeros de juegos durante la infancia.
Como confiesa ahora en su Autobiografía, de esos recuerdos sacó los personajes para muchas de sus novelas, incluido el célebre Huckleberry Finn, cuyo verdadero nombre era Tom Blankenship y al que Twain pintó “tal como era… Ignorante, no se lavaba y estaba mal alimentado, pero su corazón era tan bueno como el de todos los chicos”.
En 1847, cuando tenía apenas 12 años, su padre murió víctima de una neumonía. El trágico acontecimiento lo obligó a dejar sus estudios y a entrar como aprendiz en una imprenta, un oficio que amó y en el que perdió buena parte de su fortuna años más tarde al comprar una nueva linotipia, aventura que lo dejó en la bancarrota.
Con apenas 16 años publicó sus primeros relatos de viajes en el Hannibal Journal, un pequeño diario propiedad de un hermano mayor. En esos tiempos firmaba todavía como Samuel Langhorne Clemens, pero ya era un viajero incansable que recorría Estados Unidos mientras trabajaba como linotipista; dormía en pensiones de mala muerte y se codeaba con aventureros de toda calaña, los que despertaron su imaginación ya de por sí desmedida.
Su tendencia a exagerar los acontecimientos lo transformaron en un narrador de primera, capaz de darse cuenta cuando empezaba a bajar la atención de su público, un aprendizaje vital que luego utilizaría en sus obras más populares, como confiesa póstumamente en su Autobiografía. Durante esos años consiguió empleo como piloto de un barco de vapor que recorría habitualmente el Mississippi, experiencia que luego aparecería en sus novelas y sobre todo en el ya clásico Vida en el Mississippi, publicado en 1883.
"Se puede andar con una pistola cargada, se puede andar con una pistola descargada; pero no se puede andar con una pistola que no se sabe si está cargada o descargada".
En 1864 pasó por San Francisco, donde conoció a los escritores Artemus Ward y Bret Harte; este último es todavía hoy considerado uno de los fundadores de la gran literatura estadunidense. Al año siguiente rescató una historia que había oído contar en las minas de oro de California, y la publicó con su inimitable estilo bajo el título de La célebre rana saltarina del condado de las Calaveras.
Ni él mismo esperaba la explosión de popularidad que le otorgó este relato.
COMO EL MISSISSIPI
La publicación en 1876 de Las aventuras de Tom Sawyer le abrió al escritor la puerta de la celebridad. Esta novela la firmó ya como Mark Twain, un seudónimo adoptado por primera vez una década antes: “Me parecía que una persona que publicaba cosas en un simple diario no podía pretender que se la reconociera como un hombre de letras”, afirma en su Autobiografía.
Entonces decidió “salir en una revista” y eligió Harper´s Monthly para “ascender a la gloria”, para lo cual adoptó el seudónimo de Mark Twain como un homenaje a los negros esclavos, ya que la expresión utilizada en los cantos de trabajo significa “marca dos brazas”, que es la medida que debe tener el calado del río Mississippi para garantizar una buena navegación.
El asunto es que Twain se volvió pronto un escritor de best sellers, si es que puede hablarse de algo así en el siglo XIX, y sus historias simples y vigorosas cautivaron la imaginación de los lectores de folletines de la época, por lo que dio nacimiento a la literatura popular de Estados Unidos.
Twain luego luchó como voluntario en la Guerra Civil (1861-1865) en el bando Confederado, a pesar de ser un crítico de la esclavitud que el Sur defendió en el conflicto, y llegó a ser comerciante de madera y minero fallido en Nevada. En 1870, cuando ya tenía 35 años, se casó con Olivia Langdon, una hermosa mujer que no se dignaba a prestarle atención, a la que terminó por seducir luego de enviarle una carta al día durante más de un año.
Con el paso de los años aumentó su deseo por escribir su autobiografía. Pero no encontraba el modo de hacerlo bien y llegó a escribir “entre 30 y 40 falsos inicios”. Al final lo supo: el problema no era el modo en que comenzaba a contar su vida, sino la implacable cronología que debía respetar, justo él, que había llegado a decir que “idealmente, un libro no debe tener orden”.
Fue hasta 1906, cuatro años antes de su muerte, cuando comenzó a trabajar en el texto rompiendo con todas las normas: contrató una taquígrafa para que fuera todas las mañanas a su casa y comenzó a dictarle el libro sin seguir un orden predeterminado.
Durante dos horas, los cinco días de la semana, Twain hablaba sin parar de un tema de su pasado, o simplemente, de algo que había leído esa mañana en la prensa y le había interesado, y cuando veía que la atención de su interlocutora comenzaba a declinar, cambiaba de registro.
El resultado es un texto como el Mississippi mismo: sin final ni principio, y que, según sus órdenes precisas, debía ser editado acompañado de un sinnúmero de documentos que incluyen recortes de diarios, fragmentos de cartas que escribió o que le mandaron sus seres queridos, algunas de sus polémicas políticas más célebres y hasta una pequeña biografía suya que escribió su hija Susy y que hasta ahora no había visto la luz. Y hubo que esperar un siglo, hasta que la Universidad de California lo editase como él quería.
REFORMAR LAS COSTUMBRES AJENAS
La publicación en 1884 de Las aventuras de Huckleberry Flinn, una secuela de Tom Sawyer, le dio dinero suficiente para fundar la empresa editora Charles L. Webster and Company, con la que editó varios libros suyos y de otros autores, y hasta logró convencer al general Ulysses Grant para que publicara sus memorias.
En 1889 salió a la luz Un yanki en la corte del rey Arturo, novela en la que satirizó la opresión de la Inglaterra feudal, y en 1893 compró una linotipia automática que no dio las ganancias que él esperaba, por lo que terminó en la bancarrota.
Por algo escribió aquello de que “un banquero es un señor que nos presta un paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover”. Para pagar deudas no le quedó otra opción que emprender un viaje por todo el mundo dictando conferencias, justo cuando la celebridad comenzaba ya a agobiarlo.
Su misantropía creciente y el fracaso de sus negocios hicieron que se apagara la luz de su genio, aunque no sus ganas de polemizar con todo el mundo. “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”, sostiene, y a su regreso del largo periplo internacional escribe Viajes alrededor del mundo siguiendo el Ecuador, que publica en 1897, un texto en el que comenzó a percibirse su acendrado sarcasmo y la amargura que habría de impregnar los últimos años de su vida.
La muerte de su mujer en 1904 y la de su hija Susy en 1910 le propinaron un golpe del que ya no volvió a levantarse. Decidió realizar una última humorada dictando su Autobiografía, pero aclaró que el texto no vería la luz hasta que él ya no se encontrara entre los mortales: “El arte de vivir consiste en conseguir que hasta los sepultureros lamenten tu muerte”, había escrito.
Y también: “Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas”. Twain, que había sido el abanderado del humor, se fue triste y oscuro el 21 de abril de 1910, permitiéndose una última broma: como había llegado al mundo en 1835 cuando el célebre cometa Halley era visible desde la tierra, pronosticó que moriría cuando el cometa volviese a ser visto. Se equivocó por un día.
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Hace 17 horas


17:28
Bolívar Hernández Estrada
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