lunes, 13 de diciembre de 2010

OCDE: que paguen los países ricos.

Usted representa los países más industrializados del mundo. ¿Son ellos los malos de la película en la historia del cambio climático?

Cuando en la OCDE ya están países como México y Chile o Corea del Sur, es muy difícil decir que son los más ricos…

Pero entre los miembros de la OCDE están los más ricos…

Trabajamos intensamente con Rusia, que entrará en la OCDE en 2012, y con Brasil, India, Sudáfrica, Indonesia... Además de otras 70 naciones que no son miembros. En la OCDE hay una transición. Ya no representa un solo punto de vista. Sin esos países perderíamos relevancia; por simple aritmética: en 2000 teníamos el 60% del PIB, hoy tenemos el 52-53% y en 2030 tendremos el 42-43%.

¿Por qué cuesta tanto ponerse de acuerdo en la lucha contra el cambio climático?

Creo que lo que está en el fondo es una definición muy importante de quién paga. Quién pone los cheques y quién ejecuta.

¿Y quién paga?

Deben pagar los países desarrollados. Pero los países en desarrollo deben aplicar las transferencias que reciben, ya sean tecnológicas o en especie, y hacerlo por su propio beneficio.

¿Aceptando controles externos de la comunidad internacional?

Lo que no es razonable es decir: ‘denme el cheque y ni pregunten, por favor’. La cuestión es que el dinero que reciben los países pobres o en desarrollo es para un fin que es un bien público, esto es, reducir las emisiones. Hay incluso mecanismos que permiten reducir las emisiones en tu país y si no, en el de al lado. Porque al final son las mismas emisiones; no hay fronteras. Por eso es que eventualmente se llegará a un acuerdo global.

¿Quién hace mayores esfuerzos por reducir las emisiones, los países desarrollados o las naciones en desarrollo?

El último plan quinquenal chino es muy ambicioso en materia medioambiental; en cambio Canadá, que debería situarse por debajo de las emisiones de 1990, está por encima. O destacaría Estados Unidos, con una administración que ha logrado impactar en la consciencia de legisladores y ciudadanos, hasta el punto de que la cámara baja aprobó una ley, ahora detenida en el Senado, que fija una reducción de emisiones del 17%. Hay que recordar lo que teníamos con Bush: ¡Nada! Abandono del protocolo de Kioto y ninguna obligación legal.

¿Qué ha cambiado Cancún?

El gobierno de México ha rescatado la esperanza. Después de Copenhague, no sólo no logramos un acuerdo sino que se rompió el ánimo. Los mexicanos han restablecido lenta y cuidadosamente el afán de diálogo.

¿Cómo sería un buen acuerdo para prolongar la lucha contra el cambio climático post Kioto?

Todos; tienen que estar todos los países. Todos y con objetivos sobre reducción de gases medibles, verificables y, a la vez, todos logrando las metas de precios sobre el carbono, con instrumentos como los impuestos o como el mercado de emisiones, que tienen muchas ventajas. Y tiene que haber una reducción de los subsidios al consumo de combustibles fósiles. Es necesario ponerle un precio correcto al carbono para que sea buen negocio sustituirlo. En la lucha contra el villano, que es el CO2, está la solución del fondo para la lucha misma.

¿Y los fondos públicos?

Sirven para detonar el proceso. Pero no hay que perder de vista que con la eliminación de los subsidios se ahorraría mucho dinero público que ahora no va precisamente a los más pobres, que son los que menos consumen.

¿Esas son las soluciones blandas que usted propugna?

Las soluciones blandas son las únicas que hay. Nadie se va a someter a soluciones duras, como las sanciones… Por eso es imprescindible un sistema de medición, reporte y verificación (MRV). No hay que inventar el hilo negro. Dentro de la batalla contra el carbono está la solución. Entre los países industrializados y las naciones en desarrollo se podrían reunir más de 800.000 millones de dólares. El sector privado contribuiría con creces. El problema no es de recursos.

¿Dónde está el problema entonces?

En el ‘framework’ que, por ahora, no da seguridad a la inversión de largo plazo. Los gobiernos tienen que proveer un marco, pero también certeza; asegurar que no van a cambiar de políticas. El sector privado dice: ‘dennos certidumbre, lo demás lo haremos nosotros. Ni siquiera se pongan a escoger cuál es la mejor tecnología porque se van a equivocar. Déjennos eso. Sólo dennos un marco que funcione. No se preocupen por el dinero, el dinero vendrá’.

Ya se habla de una eco-burbuja como del nuevo activo tóxico…

La lucha contra el cambio climático puede financiar el cambio tecnológico y la transición hacia un nuevo modelo productivo.

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