miércoles, 31 de agosto de 2011

Palestina, el cisne negro.

Palestina y el cisne negro del sionismo
José Steinsleger


Hacia 1980, cuando el turbocapitalismo encendió los motores de la economía neoliberal, las ideas de Karl Popper (1902-94) encontraron el caldo de cultivo idóneo para torpedear cualquier pretensión interesada en dotar de sentido a la totalidad.

La clara y erudita prosa british de Popper logró que la mezquindad ideológica adquiriera estatus de imparcialidad. Goliat tendría las mismas prerrogativas de David y, en paralelo, las complicadas y seductoras ideas del posmodernismo francés consagraban la primera persona del singular.

Estudios del tipo Producción lechera y totalitarismo durante el segundo periodo del imperio mongol, pasaron a gozar de tanta o más importancia que la siempre sospechada causa de emancipación de los pueblos. En las antípodas del Karl socialista, Popper nutrió por izquierda y derecha las curiosas modalidades del conservadurismo mundial. Lema central: el escepticismo.

Difícil de refutar, la lógica de Popper iluminó la faz oculta de las ideologías conocidas, y por inducción condujo a insólitos comportamientos políticos que, con el ceño fruncido, descubrían la fantástica novedad de que todo tenía su lado bueno y malo, y que el “punto de vista” del más fuerte era tan válido como el del más débil.

Los conservadores hicieron las paces con su lado feudal, los liberales con su otro yo conservador, y los anarquistas de cubículo con su matriz plebeya. Los socialistas legalizaron el ambidextrismo, los comunistas dejaron de criticar el espíritu burgués, los trotskistas añadieron más páginas al Programa, la corbata sustituyó el cómodo cuello Mao, y los culturalistas encontraron en el indigenismo talibán el sujeto perdido de la revolución mundial.

Por si las moscas, destacados intelectuales de izquierda abjuraron de todo atisbo de fe estaliniana y, a grito pelado, aprendieron a conjugar todos los tiempos del verbo tolerar. Desafortunadamente, pocos repararon que en los diccionarios, el bendito verbo figuraba encerrado entre los vocablos teología y tortura.

Frente a los procesos revolucionarios de los países pobres (árabes, en particular), el espíritu popperiano retomó, de agache, las enjundiosas consideraciones que el colonialismo usaba, desde el siglo dieciocho, para dividir al mundo en naciones “bárbaras” y “civilizadas”. Hubo excepciones, claro está. Pero en líneas generales, tales fueron los rasgos de lo que dio en llamarse “crisis de los paradigmas”.

En suma, el neoliberalismo popperiano centrifugó el sentido de la realidad. Y en su lugar empezaron a bailar, frenéticamente, las parejas intercambiables del “posmarxismo” intelectual: optimismo, pesimismo, voluntarismo y oportunismo. ¿Pero a causa de qué convocamos a Popper, tras anunciar algo sobre Palestina?
Pues bien: ocurre que el centro de gravedad de su pensamiento se apoya en la interesante (y polémica) consecuencia de que el progreso de lo que fuere sólo se da cuando una hipótesis fracasa. Y no en el caso contrario, cuando es confirmada. Su ejemplo de los cisnes es conocido: todos los cisnes son blancos (como si hubiera sido comprobado). Hasta que en 1687, en Australia, se descubrió el cisne negro.

Como sabemos, la “tierra prometida” imaginada por los judíos en la Biblia, se llamaba Palestina. Hipótesis que por su grandiosidad y desmesura, la ciencia y la política seculares tuvieron la prudencia de no refutar o probar. Hasta que a mediados del siglo 19 (con perdón del hermosísimo ánade), apareció el cisne negro del sionismo. Entonces, quedó probado que el legado ético y humanitario del judaísmo podía ser políticamente manipulable. Cosa que para el cristianismo no era novedad.

Desde la creación de la entidad ilegal llamada Israel, el debate en torno a Palestina (regímenes árabes incluidos) ha excluido, sistemáticamente, el rol del sionismo reduciéndolo a un mero conflicto entre “árabes y judíos”. Falsedad que a más de negar la historia de Palestina como parte indisoluble de la nación árabe (así como la de México lo es de la nación latinoamericana), prueba que la “racionalidad crítica” de Popper sólo es válida para la “sociedad abierta” occidental y sus amigos.

En 1945, la ONU recogió en la Carta de San Francisco el sentimiento de la humanidad devastada en dos guerras mundiales, que en realidad fueron continuación la una de la otra. No obstante, dos años después le dio visos de tortuosa legalidad “teológica” al proyecto que Hitler había pensado para Alemania nazi: la creación, en Palestina, del enclave militar que los sionistas llamaron “Israel”.

La destrucción de Irak y Afganistán, así como las ofensivas militares y mediáticas contra Líbano, Irán y Gaza, fueron el último capítulo del terrorismo occidental sin más. Y para no herir susceptibilidades, prescindiremos de nombrar a la mamá de los marxistas académicamente correctos, que justificaron la aventura colonial en Libia.

Siria sigue en camino, y demos por hecho que todos los articulados, incisos, anexos y “hojas de ruta” de la llamada “cuestión palestina”, estallarán el 20 de septiembre entrante, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU decida si el país ocupado tiene o no derecho a funcionar como Estado miembro.

México violento.

México: laboratorio de la violencia
Bernardo Barranco V.


Muerte y brutalidad son representaciones vivas que definen el México contemporáneo. Los hechos y fenómenos sociales que, por su significación y frecuencia, caracterizan a una época a través de los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones de una colectividad es lo que en el mundo cristiano se llama: signos de los tiempos”. Juan XXIII recuperó esta vieja noción bíblica para convocar a un nuevo concilio.

La violencia, la inseguridad y la zozobra son elementos que conforman nuestra realidad cotidiana actual. Los ciudadanos vivimos bajo el terror de una violencia desatada bajo el signo de la muerte. No sólo están las 50 mil personas asesinadas, hecho de suyo lamentable, sino la extinción de los signos vitales de una sociedad que hasta hace muy poco se presumía sana. Percibimos, efectivamente, indicios de descomposición de un cuerpo social que ha ido sucumbiendo a los tumores cancerosos de la violencia, la corrupción y la impunidad. Padecemos la violencia como una patología social.

Las comunidades humanas se organizan en torno a acuerdos sociales, impregnadas a su vez de tradiciones morales, normas éticas que se plasman en reglas jurídicas como base de la convivencia armoniosa y sustento de su propia supervivencia.

La irrupción de la violencia en el México moderno ha trastocado las formas de sociabilidad; la violencia en sí, sea la del crimen organizado o la institucional, es por naturaleza excluyente. La violencia es exclusión no sólo porque somete o desaparece algo o a alguien, sino porque se transgrede conscientemente el orden establecido. ¿Se podría decir que el ser humano por naturaleza es violento? ¿Y que todas las normas morales, éticas y jurídicas están establecidas para controlar, administrar y contener esa violencia?

Pongámoslo de otra manera. Hay una relación radical entre moral y violencia; la moral no existe solamente porque los seres humanos sean violentos, sino porque son capaces de distinguir lo correcto e incorrecto, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injustificable. La moral y la violencia surgen de una tensión de significados en un espacio de sentidos donde se reconoce a la inclusión como condición de supervivencia de los grupos humanos y personas que integran la sociedad. La violencia y la prevaleciente cultura de la muerte son responsabilidad de todos nosotros como sociedad, pero las clases dirigentes tienen la mayor exigencia y peso en el proceso de degradación que vivimos; incluso las propias iglesias que se llenan la boca ahora, condenando la violencia y la ausencia de valores.

Las teologías de la muerte han exaltado el martirio como prueba. La experiencia de la cruz como signo de sufrimiento y sometimiento, pero al mismo tiempo el sacrificio como signo de triunfo de la vida sobre el mal. México sufre como Job en la Biblia. El concepto vida en el judaísmo, olam habáh, o “mundo por venir”, es una noción fundamental equiparable a la inmortalidad del alma; igualmente en el Islam se proclama la vida eterna como triunfante sobre la muerte que sucederá a la resurrección y al juicio.


La religión de Jesús, en particular su alianza, es un pacto de vida en la tradición de muchos cristianos. Él ha venido –dice el Nuevo Testamento–: “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). Por ello el tema de la vida es crucial para muchos movimientos religiosos cristianos, tanto conservadores como progresistas, como signo distintivo del discipulado de Jesús es condensado en el profeta Jere-mías, quien plantea: “Así dice Yahvé: practiquen la justicia y el derecho, liberen al oprimido de manos del opresor, no exploten al emigrante, al huérfano y a la viuda, no derramen sangre inocente en este lugar” (Jer. 22, 3). En estas religiones, sus sectores más conservadores y radicales reprochan a la modernidad haber vaciado la historia de los valores y de la moral social religiosa, exaltando, por el contrario, los derechos del individuo.

La consecuencia más dramática de la exacerbación del individualismo no es tanto el nihilismo, como Nietzsche había previsto, sino el “crepúsculo del deber”, expresión de Gilles Lipovetsky para referirse a la “la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos” (Le crépuscule du devoir, París, Éditions Gallimard, 1992). Esta concepción está abriendo el camino a las más variadas formas de violencia, desde la sutil hasta la multifacética brutalidad; según este enfoque, la violencia brota espontáneamente de la frustración casi sistemática de las expectativas forjadas como necesidades de realización materiales, y por esto es aún más atroz como resultado de las injusticias, de la monotonía y del vacío creado por la búsqueda frenética de satisfactores. Solución: el regreso casi teocrático a los valores religiosos.

El indignante acontecimiento en el casino Royale de Monterrey nos lleva a lamentar el costo de vidas inocentes. Nos lleva a preguntarnos nuevamente por la estrategia de seguridad. Con desespero presenciamos la incapacidad de la clase política para enfrentar con generosidad un reclamo generalizado de la sociedad. Los políticos medran con sus negociaciones y pactos de poder, cálculos electorales y posicionamientos de grupos, postergando soluciones reales; hemos visto, escuchado y leído lamentos por este hecho como si fueran ajenos a lo que ahí sucede. Es necesario fortalecer una cultura de la vida, la cual se construye con educación y la promoción de los valores de los derechos humanos; impulsar los principios de la no violencia, inspirados en Gandhi y Martin Luther King, así como fomentar las significaciones éticas de una sociedad laica y tolerante.

México no aspira a ser territorio de guerra ni un contradictorio laboratorio social del asesinato ni de la violencia. Se requieren ya acciones políticas.

Argelia manda mensaje a occidente.

Argelia manda mensaje a Occidente
Robert Fisk
Cuando el emir de Qatar visitó al presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, a principios del verano, sólo le transmitió un mensaje: que no debía ayudar al régimen de Kadafi. En otras palabras, quedaba prohibido remplazar los tanques del dictador que fueron destruidos por la OTAN con vehículos iguales provenientes del ejército argelino. Se dice, (más bien, lo dicen fuentes militares árabes muy confiables) que Bouteflika prometió todo lo que le pidieron, a sabiendas de que no cumpliría.

Las fuentes añaden que el presidente es una fachada del ejército de Argelia tanto como el presidente Assad no es más que una tapadera para el partido Baaz de Damasco. No es casual que mucho del armamento de fabricación rusa que en los últimos meses Kadafi usó en el desierto parecía nuevo. No es posible que estuviera así de flamante después de haberse estado pudriéndose ahí por cinco años.

El papel de Qatar en el conflicto de Libia consta de historias de guerra nunca contadas; había banderas qataríes ondeando la semana pasada en la Plaza de los Mártires, pero también hubo banderas argelinas. A nadie sorprende en el mundo árabe que tantos miembros de la familia de Kadafi hayan aparecido en Argelia. Durante años, los argelinos apoyaron las políticas independientes –aunque delirantes– de Kadafi porque su propia historia les ha enseñando a no aceptar órdenes del extranjero.

En el momento en que los franceses –que han ocupado, colonizado y perseguido a los argelinos por 132 años– bombardearon Libia, la lucha del régimen de Kadafi por sobrevivir se volvió un símil de la lucha del argelino Frente de Liberación Nacional en la lucha que protagonizó de 1954 a 1962 por la independencia del mandato francés. Aunque los libios no han tenido libros de historia serios en las escuelas por más de 40 años, todos conocen las vivencias de su país muy bien.

La zona montañosa de Fezán, en Libia, llena de desiertos y montes al sur de las ciudades costeras fue ocupada por las tropas francesas hasta mucho después de terminada la Segunda Guerra Mundial con el fin de proteger la frontera de Argelia, que entonces aún era parte del imperio francés. Esa árida frontera entre Libia y Argelia ha sido camino de contrabandistas durante siglos. Por eso, sacar a la familia Kadafi hacia el exilio seguramente no requirió de una operación militar mayor.

Ciertamente, fue un acto muy típico de la cancillería argelina anunciar la presencia de la familia Kadafi en su territorio nacional. A los argelinos les gusta demostrarle a Occidente, especialmente a los franceses, lo libres que son y el orgullo que sienten por su nación soberana. Aunque dicha nación resultó dañada en los levantamientos islamitas de 1990 a 1998, los argelinos no harán tratos a cambio de favores con los occidentales.

No habrá titulares en los diarios sobre “el exilio secreto en Argelia de la familia Kadafi”; la nación africana tenía todo el derecho de tratar con solidaridad humanitaria a otros árabes; la OTAN y los opositores libios podrán decir, si quieren, que el asilo ofrecido por Argelia es “un acto de agresión”.

Por otra parte, la lucha de Kadafi contra sus propios enemigos islamitas, minúscula si se le compara con la feroz guerra que el gobierno argelino mantiene con sus opositores de estilo Al Qaeda, convirtió la dictadura de Kadafi en aliada automática de los sucesivos gobiernos militares “democráticos” de Argelia.

¿Por qué debía la orgullosa Argelia abandonar ahora a su hermano Muammar, nada más porque los árabes del Golfo y las potencias europeas (algunas de ellas, al menos) decidieron darle la espalda? Tal vez para el presidente francés, Nicolas Sarkozy, sea muy fácil abrazar a Kadafi en 2007 y bombardearlo menos de cuatro años después. Pero Argelia no traiciona a sus amigos.

Así es como se explica, de entrada, la postura de Argelia. Pero existen nexos más oscuros y sangrientos entre los servicios secretos de ambos países norafricanos, que se han valido de la tortura, el asesinato político y matanzas para afianzar su poder sobre el pueblo. Muchas veces los argelinos transmitieron a los lugartenientes de Kadafi los frutos de sus experiencias “antiterroristas”.

La historia de Argelia contiene más baños de sangre –150 mil muertos, en su mayoría civiles– y no se compara con el menor número de torturas y asesinatos perpetrados en la Libia de Kadafi, pero ambos gobiernos supieron que para conservar el poder debían emplear una terrible mano dura.

Asimismo, Argelia no pretende ser una segunda Libia: el país es más libre y marginalmente más democrática de lo que fue durante la horrenda década de los 90. Las autoridades del país están convencidas además, y con justa razón, de que la revolución Libia obtuvo el apoyo de Occidente porque la tierra de Kadafi es rica en petróleo.

Argelia, a su vez, posee la octava reserva de gas natural más grande del mundo y es el cuarto exportador mundial de este combustible. Bajo su desierto hay más de 12 mil millones de barriles de petróleo y 27 por ciento de sus exportaciones de crudo son compradas por Estados Unidos. Los argelinos saben que si Libia hubiese exportado primordialmente papas, Occidente no hubiera intervenido de la misma forma en que el Irak de Saddam Hussein no habría sido objeto de invasión si su principal recurso fueran espárragos.

Así que si alguien más desafía el mandato de los poderes occidentales, esto no llevará al colapso y a una subsecuente y nueva “primavera democrática”. Dar asilo a la esposa y familiares de Kadafi es más un gesto para Occidente que para lo que queda de la tiranía elitista de Libia.