lunes, 31 de diciembre de 2012

La crisis de las ciudades estadunidenses

No hay manera de encoger una ciudad

En Detroit, con 800.000 edificios vacíos, se han demolido rascacielos clásicos ¿Qué hacer cuando una urbe pierde gran parte de su población? El deterioro atrae a jóvenes creadores

En el centro de Detroit (en la imagen en 1991) se han demolido en los últimos años grandes edificios que fueron míticos. / camilo jose vergara

De megalópolis a jungla semiurbana, desde sus días de gloria automovilística, la ciudad de Detroit ha perdido el 63% de su población. El espacio geográfico sigue siendo el mismo: 359 kilómetros cuadrados que corren una suerte desigual. En algunos puntos, la naturaleza reclama lo que es suyo, y reforesta, salvaje, manzanas enteras. Hay en Detroit 800.000 estructuras vacías, la mayoría en estado ruinoso. Los esfuerzos de recuperación, privados y públicos, se concentran en algunas áreas reducidas, que se hacen atractivas para los residentes, afeando aún más los barrios depauperados. No hay un plan maestro. En la historia del urbanismo, mucho se ha escrito de ampliar centros urbanos, pero poco hay sobre el fenómeno del encogimiento de ciudades.
“Detroit no es hueso desnudo”, declara una pintada en un muro de la ciudad. / Camilo José Vergara (EL PAÍS)
Es una historia común en el Medio Oeste norteamericano, zona de fríos inviernos donde lo que en su día atrajo a los pobladores fue el auge de la industrialización. Así se expandieron Cincinnati, Cleveland y Pittsburgh. Del mismo modo cayeron después de la Segunda Guerra Mundial y la década de los cincuenta. Menos fábricas y menos oportunidades de trabajo conllevaron menos población. En Detroit, muchos empleados de las factorías de coches emigraron a acaudaladas localidades en las afueras. Se produjo, además, un éxodo blanco después de los disturbios negros de 1967, para cuya contención el presidente Lyndon B. Johnson llegó a movilizar al Ejército.
“En la reducción de ciudades no hay modelos exitosos en EE UU, en parte porque hemos sido muy lentos a la hora de admitir este desafío, y en parte porque un cambio sustancial llevará mucho tiempo en culminarse”, explica Shetty Sujata, profesora en el Departamento de Geografía y Planificación de la Universidad de Toledo, en el Estado de Ohio. “Siempre se habla de ofrecer incentivos a los ciudadanos para que se muden de áreas menos pobladas de una ciudad, a otras zonas con más densidad de habitantes, para ahorrar en los gastos de servicios municipales”. Esos intentos, sin embargo, han resultado por lo general fallidos. Los ciudadanos que quedan suelen resistirse a mudarse. Y la ley suele estar de su lado.
Un simbólico dólar es el precio común de una casa en determinadas zonas
En el pasado medio siglo no ha habido fondo que Detroit pudiera tocar. En el último censo, de 2010, se descubrió que la urbe había perdido aun otro 25% de la población en una sola década. No hay comparación posible en toda Norteamérica a esa despoblación, más allá de las masivas evacuaciones de ciudadanos en Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina. En el censo estadounidense de 1950, la ciudad contaba con 1,89 millones de habitantes. Según el de 2010, residen entre sus límites municipales 706.585 personas.
“El descenso de la población en una ciudad presenta muchos desafíos”, explica Justin Hollander, profesor de Políticas Urbanas y Medioambientales de la Universidad de Tufts. “Cuando una ciudad deja de crecer, se generan graves problemas. El aparato gubernamental deja de estar equipado, no puede prestar servicios, porque la base de aquellos que pagan impuestos se reduce notablemente. La ciudad se convierte en un lugar menos apetecible para vivir”.
La mayor ciudad de Michigan es la segunda más violenta de EE UU
Detroit es la segunda ciudad más violenta de EE UU, con 21,4 crímenes por cada 1.000 habitantes en 2011, según el FBI. La más violenta no se halla muy lejos: es Flint, a 110 kilómetros, también en Michigan. El desempleo es oficialmente del 18,1% (aunque las autoridades locales admiten que esa cifra está desinflada y que el índice real de paro alcanza el 50%) y un 36,2% de los residentes viven por debajo del nivel de la pobreza. Un 47% de la ciudadanía es, además, analfabeta.
“Los que se quedan en Detroit lo hacen porque no tienen más remedio que permanecer, gente con pocos recursos”, añade Hollander. “Y precisamente son la gente que más depende de unos servicios públicos que la ciudad ya no puede ofrecer. Si no tienen coche, necesitan el transporte público. Si no tienen empleo, pueden depender de subsidios públicos. Si no tienen seguro médico, buscan cobertura básica del Estado. Y cada vez, la ciudad puede ofrecer menos y menos servicios”.
La decadencia de los formidables edificios es un atractivo turístico
El abandono de hogares es una lacra en la ciudad. Hay quienes venden sus casas por precios simbólicos. Un simbólico dólar es un precio a veces común en determinadas zonas, las más depauperadas. Las familias quieren marcharse sin mirar atrás. Desde luego, hay zonas en las que se concentra la mayoría de nuevos residentes, oasis acaudalados de corte neoyorquino, repletas de modernos lofts, como Midtown. Aun así, el stock vacío en el resto de áreas lastra las ventas medias. Según la inmobiliaria Realcomp, el precio medio de una vivienda en Detroit es de 9.000 dólares (7.000 euros).
“La despoblación también conlleva problemas sociales”, explica Brent Ryan, profesor en el Massachusetts Institute of Technology, y autor del libro Diseño después del declive: cómo América reconstruye las ciudades que se encogen. “En Detroit ha habido un incremento notable de los incendios provocados. Aumenta la criminalidad. Hay más venta de droga. Los vecindarios se convierten en inseguros. Las autoridades no pueden hacer nada. Los residentes que quedan deciden que no es seguro quedarse allí. Y acaban emigrando a los suburbios o a otros lados, ya que en EE UU los centros urbanos no tienen la misma importancia social que en Europa”.
Para algunos vecinos fotografíar las ruinas es pornográfico
¿Qué ciudad puede clamar como una victoria que en la llamada Noche del Diablo de este año, la de antes de Halloween, el 30 de noviembre, solo se registraran 93 incendios? La misma que en 2007 vio 147 incendios. En 1984 fueron más de 800. Hay quienes queman por pasar el rato, vandalismo supremo. Otros inician fuegos accidentales, mientras saquean las casas con sopletes, buscando cobre y metal para venderlos como chatarra.
Hay en Detroit 46 estaciones de bomberos, con un total de 881 efectivos y 248 médicos. Las arcas públicas no dan para más, y el alcalde, Dave Bing, anunció en verano el despido de 164 personas, por falta de medios. Al final los salvó un programa de ayudas federales. La media de incendios en Detroit es de 30 al día. Los Ángeles, que tiene cuatro millones de habitantes, no suele registrar más de 11. El Gobierno local de Detroit ha colocado carteles en las casas abandonadas, dos grandes ojos bajo el lema “este edificio está siendo vigilado”. El resultado: las casas abandonadas miran fijamente al transeúnte, con un efecto siniestro. Es, también, un reclamo involuntario para turistas.
Una nueva generación de jóvenes ve Detroit como un lugar libre
Mucho se ha fotografiado últimamente la decadencia de Detroit. A algunos vecinos no les gusta. Tildan la práctica de tomar fotos de las ruinas de pornografía. Hay algo de voyerismo en la fascinación por la decadencia de los formidables edificios de Detroit. Es un turismo en sí mismo. Las ruinas aparecen ya hasta en las guías: la Estación Central de Michigan, la Planta Automotriz Packard, el Edificio Metropolitan. Entrar en ellos, para fotografiar su letárgico derrumbe, es una experiencia abrumadora, como visitar una Acrópolis.
Precisamente esa es la sensación que tuvo el fotógrafo, escritor y documentalista de origen chileno Camilo José Vergara, que en las pasadas dos décadas ha viajado frecuentemente a Detroit. En 1995 publicó un libro, El nuevo gueto americano, con una idea revolucionaria y polémica: “Propongo que, como un tónico para nuestra imaginación, como una llamada a la renovación, como un lugar dentro de nuestra memoria nacional, una docena de manzanas de rascacielos de la era anterior a la Gran Depresión se estabilice y se mantenga como ruinas. Una Acrópolis Americana”.
No hay modelos de éxito en Estados Unidos para la desurbanización
Pocos le escucharon. A los vecinos de Detroit, claro, les interesaba más mirar al futuro que pensar que vivían en una Acrópolis. Lo que hoy visitan los turistas en Detroit es una pálida sombra de aquel posapocalíptico escenario de los años noventa del pasado siglo. Los grandes almacenes Hudson’s se demolieron en 1998. Lo mismo sucedió en 2005 con el grandioso hotel Detroit Statler. “Ver aquello era una experiencia única. Eran edificios sublimes, de una gran belleza. Después de Nueva York y Chicago, los grandes arquitectos iban a Detroit”, explica hoy Vergara. “Eran de materiales de calidad, de un excelente diseño. Conformaban unas ruinas muy hermosas”.
Vergara, residente en Nueva York, es un meticuloso cronista de la decadencia de Detroit. Algunas de sus fotografías se exhiben ahora en el Museo Nacional de Arquitectura de Washington, bajo la rúbrica Detroit is no dry bones (Detroit no es hueso desnudo). “Ahora vemos una nueva generación de jóvenes que ve en Detroit un sitio libre, donde pueden hacer cosas que no se pueden hacer en Nueva York u otras capitales”, explica. “Muchos tienen la sensación de que pueden crear más libremente. ¿Hacer una pintada en la calle? Es poco probable que eso traiga problemas con la policía allí. Para ellos es un lugar ideal para crear”.
¿Puede el arte redimir a las ciudades que se encogen? El Proyecto Heidelberg es prueba de ello. El vecindario afroamericano de McDougall-Hunt es ya más rural que urbano. La yedra devora casas enteras. Las construcciones decrépitas dan paso a lo que a todas luces parecen praderas. Cuesta creer que se está a tres kilómetros de la sede mundial de General Motors. Y de repente, un estallido de color. Lienzos se alzan como tumbas al aire libre. Casas enteras han sido pintadas con formas abstractas. Muñecos decoran las farolas. Es un sueño entre vanguardista y naif.
Heidelberg es la protesta espontánea del artista Tyree Guyton, natural de Detroit. Creció en esa misma zona, antes de servir en Vietnam. Al regresar, vio que su ciudad quedaba arrasada por una guerra distinta, la de la despoblación. Comenzó pintando topos de colores en casas abandonadas. Luego erigió totems. Esculpió taxis con madera. Empleó casi todo lo que estaba a su alcance para convertir la decrepitud en arte. No siempre obró con libertad. Dos alcaldes ordenaron que se demoliera parte de su proyecto. Él siguió creando, y desde hace ya años se le deja en libertad. Su obra también aparece ya en las guías. Es Detroit oficial, como lo son las ruinas de la que fue gran capital de la industria automovilística.


Torre de luz, sombra de Venecia.

Torre de la luz, sombra de Venecia

Pierre Cardin quiere levantar en la ciudad de los canales un edificio de 250 metros

EL PAÍS

Existe una Venecia donde campanarios, puentes y palacios con trífora se transforman en grúas, vías torcidas del ferrocarril, naves inmensas y oscurecidas por el polvo. Aquí las calles, en sus nombres, brindan homenajes a “la industria”, al “petróleo” o a “las maquinarias”. En la orilla de la laguna opuesta a la isla de Venecia, siete kilómetros de agua más al oeste, en la tierra firme, se encuentra una de las zonas industriales más amplias y contaminadas de Italia. La de Marghera. Aquí el diseñador de moda y artista Pierre Cardin, de familia y nacimiento veneciano, sueña con edificar un rascacielos de 250 metros de altura y paredes transparentes (de ahí lo de Palais Lumière) y una superficie de 175.000 metros cuadrados, 250.000 incluyendo los servicios y el parque anexos.
Tres torres curvas, unidas por seis terrazas horizontales, como un ramo de flores atado con un lazo, 60 plantas habitables, 1.500 pisos, una universidad de la moda, tiendas y oficinas, hoteles y restaurantes. “Una ciudad vertical, una escultura habitable que va a lanzar Venecia hacia el futuro”, dijo el modisto, que ha entregado el desarrollo del proyecto a su nieto, Rodrigo Basilicati, y al estudio Altieri de Vicenza. Construido según manda la ecología, con cero emisiones, paneles solares y otras energías renovables. En total, el proyecto requerirá una inversión de 2.000 millones de euros. La intención es empezar el año que viene para que esté listo en la Exposición Universal de 2015 en Milán.
Pierre Cardin, que acaba de celebrar su noventa aniversario años, quiere dejar su huella en su laguna natal. Pero ha azuzado la polémica entre los que lo ven como la revitalización de una zona deprimida y degradada y aquellos que sostienen que el gigante, 150 metros más alto que San Marcos, va a cargarse de un plumazo el legendario paisaje.
Las Administraciones lo ven con buenos ojos y están dispuestas a negociar. El Enac, el ente que gestiona el cercano aeropuerto, concedió la autorización a pesar de que la torre supera al menos en 100 metros los límites previstos para cualquier zona adyacente a una pista de despegue.
"Tenemos el compromiso de arrancar el Renacimiento de Marghera ya en 2013. Seguimos creyendo que es posible”, dice Cardin en una nota de prensa
Desde la costa opuesta de la Laguna, el corazón oscuro de Venecia sincroniza su latido con San Marcos o Rialto, amenazados por el agua y por los cruceros repletos de turistas. Con su forma de pez, la isla se inclina hacia la tierra firme como si se volcase. La zona industrial de Marghera la dobla en tamaño y todo Mestre (la zona fuera de la isla de Venecia) tiene cuatro veces sus habitantes. Tenía que ser una fuente de producción industrial y laboral. Un sueño futurista que en los años cincuenta empleaba a 50.000 personas y hoy apenas retiene a los 5.000 trabajadores de Fincantieri (empresa estatal que construye barcos) y de la refinería (propiedad de Eni). Mientras, las industrias privadas que vivían a su alrededor y las multinacionales abandonan el terreno.
“Firma aquí, Alberto”. El dedo arrugado de Roberto Prosdocini, quiosquero de Marghera de toda la vida, señala una hoja con casi 200 nombres: “Necesitamos esa torre como agua de mayo”. Cardin ha prometido sanear la zona y crear 5.000 empleos. “Hace 30 años, moríamos de tumores y el cielo estaba tan cargado que nunca veíamos las estrellas”, recuerda el cliente del quiosco. “Recogimos firmas para cerrar las industrias químicas que nos envenenaban. Hoy firmo esto porque nos dejaron agonizando y necesitamos una alternativa”. En el corazón oscuro de Venecia, entre vías y calles que se cruzan iguales, el aire huele a gasolina.
“Construir un gigante de lujo para turistas ricos no es ninguna solución”, considera Lidia Fersuoch, presidente regional de Italia Nostra, grupo que defiende el patrimonio nacional. “La cuestión no solo es estética. El proyecto puede gustar o no, pero altera de forma peligrosa el delicado equilibrio entre agua y tierra. El Palais necesita cimientos de al menos 50 metros bajo el nivel del mar: significa tocar las faldas acuíferas que yacen bajo Venecia. Cuando, en los años de su expansión, las industrias chupaban desde allí, la ciudad se hundió 10 centímetros”, recuerda.
“Una ley prohíbe construir a menos de 300 metros de la costa de la Laguna. Ahora allí solo hay estructuras viejas y bajas”, insiste el urbanista Gianfranco Franz. “Además va a tener un gran impacto visual sobre la ciudad: va a ensuciar la vista de quien mire hacia tierra desde Cannareggio o la Giudecca”. Y por las noches, con luces, más aún.
“¿Por qué Cardin no edifica dos, tres torres más bajas? Porque mancillar Venecia no es un efecto colateral, sino el corazón de su proyecto”, escribe el historiador del arte Salvatore Settis. “Es la prueba de la miopía cultural de la Administración”, considera Fersuoch, que pide que se haga un plan de crecimiento productivo sano y no un complejo para turistas. “Venecia necesita habitantes que reactiven la economía, no a más personas que se quedan tres días, fotografían, comen y se van”.
En 1945, tenía 150.000 vecinos, hoy no llegan a 58.000. En cambio, los visitantes son 30 millones cada año. Una bendición, pero también una economía de doble filo. “Venecia es carísima de mantener”, apunta el urbanista Franz, profesor de Economía urbana en la Universidad de Ferrara.
“Con la promesa de una inversión tan importante no podemos tomar a la ligera el asunto”, esgrimen desde el Ayuntamiento. “Además, el Gobierno de Mario Monti, que ha sido muy positivo para el país, ha penalizado a las autonomías”, se queja el alcalde de izquierdas Giorgio Orsoni. Se refiere a los fondos de 58 millones destinados a la ciudad por una ley especial, pero bloqueados en Roma. “Nuestro presupuesto corriente está en orden, pero tenemos un problema para controlar la deuda”. Ahogados en créditos, pidieron a Cardin que adelantara los 40 millones necesarios para comprar el terreno municipal donde quiere edificar su torre. Pero no fue capaz: “En esta situación de incertidumbre —aclara el modisto en una nota— no tenemos la culpa de no haber podido adelantar a la Administración, en pocos días, con las fiestas, una suma de decenas de millones. Nosotros tenemos el compromiso de arrancar el Renacimiento de Marghera ya en 2013. Seguimos creyendo que es posible”.
Ahora toca esperar a la decisión de la superintendencia que debe establecer si se puede construir en la zona o las cuestiones ambientales y paisajísticas se imponen a la creación de riqueza. Los inversores, los vecinos de Marghera que recogen firmas, los historiadores del arte y urbanistas esperan su veredicto. Al otro lado de la Laguna, aguarda también Venecia. Con enorme superávit de turistas y una escasa población residente.

Merkel no tiene rival

Merkel no tiene rival

La canciller alemana es el gran (y único) activo de los democristianos en los comicios de 2013 La CDU lidera los sondeos, pese a su desgaste en las ciudades

Angela Merkel en la Cancillería, en Berlín.

La marcha triunfal de Angela Merkel en su séptima elección como jefa de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) a principios de este mes tuvo su memento mori político: poco antes de que los democristianos la confirmaran como presidenta del partido con el 98% de los votos, Merkel supo que acababan de perder la alcaldía de Karlsruhe. En medio de la apoteosis de Merkel del 3 de diciembre, perder la vigésimo primera ciudad alemana en número de habitantes parecía poca cosa para un partido que prepara el año electoral 2013 como un paseo presidencial de la jefa del Gobierno. Su gran popularidad y su liderazgo indiscutido deparan a la formación excelentes resultados en los muestreos de intención de voto. La CDU, esto quedó bien claro en el Congreso de Hannover, es Merkel. Pero el partido apenas tiene otra cosa que ofrecer y está perdiendo en todos los demás frentes, sobre todo en el urbano: de las 21 mayores ciudades alemanas, los democristianos solo tienen las alcaldías de Düsseldorf, Dresde y Wuppertal.
La CDU no solo ha vuelto a perder viejos feudos del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) como Hamburgo, Duisburgo o el land Renania del Norte-Westfalia —regidos hoy por el SPD tras paréntesis de algunos años—, sino que también se baten en retirada en sus propios bastiones.
Seis semanas antes de que el SPD ganara en Karlsruhe por primera vez en más de cuarenta años, la CDU había sido derrotada en Stuttgart. Quedarse sin la capital política e industrial de Baden-Württemberg, el corazón del próspero suroeste alemán, son palabras mayores. El propio land fue un enclave estratégico de la CDU durante más de seis décadas, pero desde 2011 gobiernan Los Verdes de Winfried Kretschmann. A cinco minutos de los jardines palaciegos donde se levanta el landtag (Parlamento regional), la torre oblonga del Consistorio pasará en enero a manos al veterano político ecologista Fritz Kuhn. La pérdida del Parlamento y de la alcaldía en Stuttgart ilustra el doble declive de la CDU en los länder y en las capitales.
El politólogo Gerd Langguth, exdirigente democristiano y célebre biógrafo de Merkel, cree que la canciller “no puede dormir del todo tranquila, pero sí más tranquila que otros”. La canciller sigue rigiendo su partido con mano de hierro y lo demostró con ese 98% “digno de la República Democrática Alemana o de la Bulgaria socialista”. Los democristianos no cuestionan a Merkel, porque se prometen una nueva victoria en 2013 y “no ven ninguna necesidad de sucesión”, prosigue Langguth. Pero de un tiempo a esta parte no tienen nada más que ofrecer que “Merkel, Merkel y Merkel”.
La canciller ha dado la vuelta a la relación entre la CDU y sus votantes: si en la época de Helmut Kohl se votaba a la CDU a pesar de su poco atractivo jefe, la impresión actual es justo la contraria. No hay que olvidar, señala Langguth, “que hoy la mayoría social alemana está a la izquierda del centro”.
El conjunto de la CDU no se ha acabado de impregnar de la socialdemocratización emprendida por Merkel desde que estuvo a punto de perder las elecciones de 2005 con un programa mucho más liberal que sus políticas. En las ciudades, la Unión Demócrata Cristiana es vista “como demasiado conservadora incluso por los burgueses acomodados”. Cuanto más cercana, más derechista parece.
Es llamativo el imparable avance ciudadano y burgués de Los Verdes, que, según ironiza Langguth, “es un partido que hay que poder permitirse”. Sus políticas medioambientales y sociales son más caras que la alternativa que ofrecen los liberales del Partido Democrático Alemán (FDP) o la CDU, pero los burgueses de Stuttgart o Karlsruhe, antes viveros conservadores en una de las regiones más ricas y tecnológicamente avanzadas de Alemania, votan a Los Verdes como el que se da una suerte de lujo.
Las primeras voces de alarma democristiana ante esta evolución se dieron hace un año y medio, cuando la propia Merkel declaró que “la gran ciudad es un tema” importante para el partido. La politóloga Viola Neu, de la fundación democristiana Konrad Adenauer, aclaraba en la revista mensual Cicero que “desde 1946, la CDU tiene sus feudos en las regiones rurales”. Las estructuras sociales cambian con rapidez en grandes ciudades como Berlín, “que son un hueso muy duro de roer” para el partido. Lo paradójico es que este desarrollo no afecte a la propia canciller tampoco en las ciudades. Sigue siendo la líder más popular y supera el 40% en intención de voto al frente de las listas democristianas.
Los militantes buscan soluciones. Por un lado están los que quieren atacar a la izquierda en su propio terreno: en Hannover, un grupo de 13 parlamentarios de la CDU ha presentado una propuesta para equiparar a efectos fiscales las uniones civiles entre personas del mismo sexo con los matrimonios tradicionales. Para contento de una Merkel muy necesitada de tarjetas de presentación antes sus críticos conservadores, no prosperó. Por otro lado, muchos democristianos lamentan la pérdida de casi todos los valores derechistas en el partido. Pero la CDU sigue siendo una formación gubernamental, que hace piña con sus líderes con más eficiencia que sus rivales del Partido Socialdemócrata, una formación mucho más ideologizada.