La terapia
Por Juan José Lara
Con Miriam fuimos a la charla sobre “El síntoma Joyce”, en
el auditórium de la universidad. El suceso nos marcó los días sin remedio.
Las jaquecas de la pobrecilla Miriam comenzaron en el café
después de la conferencia, continuando también en nuestro mullido colchón de
enamorados y no por la humedad reinante de las lluvias de la temporada. Las
molestias no cesaban ni aflojaba la tensión por ningún lado.
Los círculos de borromeo, con lo real, imaginario y
simbólico estaban hasta en la sopa. Le expliqué mi modesta interpretación
analítica del asunto, pero creo que en lugar de ayudar agravaba las cosas. Le
manifesté que la frustrante “búsqueda del Otro” según Lacan, también era
visible en la relación amorosa. Pero no parecía convencerla.
La sombra de los más despiadados fantasmas celtas nos
perseguían, con la risa sardónica del gran James de fondo. Si éste fue capaz de
romper la unidad del significante con el significado, me mortificaba que el lenguaje no fuera mío, el código fuera
ajeno, claramente externo… ¿también no era mío el mensaje contenido?
Por fin cuando acudimos a una terapia para víctimas de la
violencia de la guerra, hubo un poco de luz. Estas se realizaban todos los
viernes con grupos de ocho integrantes, los cuales a su manera llevaban la
huella invisible de la tragedia en algún lugar del alma.
El ejercicio consistía en practicar algunas actividades
artísticas, especialmente la danza, en cuyo vistoso desarrollo nos llamó la
atención el caso de María; una mujer cuarentona procedente de una zona periférica
de la ciudad.
Cuando pidieron a los participantes cogieran un juguete con
qué bailar, ella eligió una muñeca de negras trenzas depositada en una caja de
madera. A mitad del baile se paralizó rompiendo a llorar devastada por los
estertores característicos de un ataque luctuoso.
Al preguntarle las razones de su resquebrajamiento, María dijo que había recordado cuando los
soldados despedazaron su muñeca. Estaba bloqueada, no podía referir detalles,
solo señalaba el descuartizamiento llano de la muñeca en su niñez.
En el café le dije a Miriam:
- A María la psicotiza la fantasía producida por la muñeca,
en la que subyace una realidad provocadora, su símbolo detonante es la danza.
Ella no sabe, porque el inconciente no traiciona solo pone en evidencia.
- No me importa María,
– dijo Miriam - me impresionó más
Pedro, en el curso de pintura solo traza zapatos y camisas.
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