Momentos de ascenso
Pedro Miguel
Cuando una gesta social
logra convertirse en punto de confluencia de muchas reivindicaciones y
muchos malestares, cuando adquiere dimensión masiva y simpatía
multitudinaria, cuando forja posibilidades reales de éxito, se dice que
marcha viento en popa, que las cosas van bien. Se llaman momentos de
ascenso.
Pero cuando las cosas van bien para la causa, ésta se llena de
logreros y de arrimados. Los disensos afloran; se intensifican los
jaloneos entre corrientes y segmentos y las traiciones se ponen a la
orden del día. Los embates de los adversarios crecen en virulencia y en
vileza –echarán mano de todo recurso legítimo o ilegítimo para frenar el
ascenso de quienes aspiran a conseguir reivindicaciones y realizar
cambios– y las presiones para hacer descarrilar al movimiento, para
dividirlo o, cuando menos, para confundirlo se vuelven casi
insoportables. Las reuniones se hacen ríspidas, proliferan en ellas las
maniobras para imponer tal o cual posición, y la desconfianza entre
compañeros tiende a sentar sus reales.Es natural. El correlato de las ratas que abandonan las embarcaciones a punto de hundirse son las ratas que tratan de subirse al precio que sea a las que permanecen a flote y tienen perspectivas de llegar a buen puerto.
Si un movimiento empieza a cosechar éxitos o cuando menos se aproxima a la cosecha, es porque ha conseguido generar consensos coyunturales y, a veces, hasta accidentales, entre individuos y grupos muy diversos: se convierte en espacio de convivencia entre personas y conglomerados que en otras circunstancias actuarían en forma separada. En ese momento, las perspectivas de triunfo dependen de que la causa sepa priorizar los puntos en común sobre las diferencias y gestionar acuerdos para sortear las segundas, a fin de buscar la consecución de los primeros. Muchas veces hay que renegociar acuerdos que parecían ya tomados y que se desmoronan en forma súbita.
La proliferación de problemas internos y de golpes externos en las coyunturas de auge contrasta con el vértigo del ascenso y suele vivirse como una experiencia paradójica y amarga, como una premonición de derrota a las puertas del triunfo o, para decirlo en la metáfora de César Vallejo, como
las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
ahora o nunca.
Hay momentos en que se hace indispensable un acopio casi infinito de paciencia para dar fuerza y músculo a la impaciencia. Ninguna lucha social con perspectivas de éxito es un rosario de triunfos consecutivos y engarzados nada más por el entusiasmo. Se requiere, también de aptitud para sobreponerse a los golpes y a situaciones anticlimáticas.
Un movimiento social triunfante es una combinación entre una energía arrolladora y un delicado tejido de subconjuntos e intersecciones de convicciones, intereses, anhelos, afinidades y aversiones personales y grupales.
Cuando una gesta social vive momentos de ascenso es normal que se vea sometida a golpes externos que quieren ser contundentes y definitivos, y que proliferen en su seno los desacuerdos, las intrigas, las desconfianzas, las grillas y hasta las traiciones. De algún modo, esos inconvenientes amargos son señal de que las cosas van bien. Porque cuando van mal no pasa nada de nada.
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