lunes, 20 de junio de 2011

Un robo muy peculiar/cuento corto.

Por Juan José Lara.

Un robo muy peculiar

El pueblo de Las Cruces tuvo un alcalde, verdadero precursor de la política contemporánea, en los años setenta. Contrató al primer tesorero, allende las fronteras de la pacata provincia.

El individuo con el empleo de cuidar las finanzas del municipio, de nombre Pedro Miralles era: alto, desgarbado, y usaba una larga chaqueta negra con lamparones. Abstemio dijeron, porque tuvo problemas con la bebida.

En la noche de su presentación ante el Consejo Municipal, hubo una cena, con suculentos platos de la región y, por supuesto, muchas botellas de licor. El pobre hombre no se resistió e ingirió bastante alcohol.

A la mañana siguiente, en medio del estropicio causado por la bacanal de la víspera, la caja fuerte estaba abierta y los fondos municipales, habían desaparecido. El tesorero machaconamente aducía que él, no había sustraído nada.

Se le informó al gobernador y, tan diligente como implacable, mandó una patrulla a aprehenderlo, y consignarlo en la prisión provincial. Sin embargo no terminaría sus días en la cárcel.

El tribunal lo remitió al psiquiátrico, al establecer que, mediante confesiones y pruebas documentales, el implicado había sido uno de los cientos de perturbados fugados en el incendio del manicomio años atrás.

Un quince de julio de mil novecientos sesenta, a las ocho de la mañana, se produjo aquel infierno en el hospital ubicado en la segunda avenida y doce calles del centro de la capital. El tesorero repentinamente ante el juez rememoró el acontecimiento.
Hablaba como sonámbulo, con voz opaca, neutra, desprovisto de toda emoción y, a ratos, incoherente. Lo que el juzgador pudo entender fue, que acosado por llamaradas colosales, lo sacó en vilo la enfermera Olimpia Hernández.


Había dejado atrás locos encadenados y con camisas de fuerza, ardiendo en celdas de castigo; otros postrados porque estaban confinados en cepos o sometidos a beber purgantes de castor. Algunos fueron reacios a escapar víctimas de ataques histéricos, o bien, estaban bajo el efecto del opio o hachís.

Una mañana el orate burló la vigilancia de sus celadores, escapando según decía para buscar al alcalde y matarlo. Juraba en su delirio que éste lo había utilizado como chivo expiatorio.

Aunque tampoco se pudo establecer su participación en el hecho, el edil apareció muerto embarrancado con su vehículo.

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