domingo, 19 de junio de 2011

Olores de la calle/cuento corto

Mar de Historias
Olores de la calle

Cristina Pacheco

Idalia abre la ventana. El aire que entra huele a comida y arrastra los pregones de los vendedores que se desgañitan al ofrecer sus mercancías: tenis, películas, manteles, guantes, maquillajes, compactos, camisetas decoradas con el rostro de los personajes en boga, incluido El Chapo Guzmán. Idalia dudaba de que alguien se interesara por comprarlas, hasta que El Carioca le dijo que son las que más se venden.

Desde la altura del primer piso Idalia sólo ve las lonas de colores que se extienden de un puesto a otro. Sostenidos en tubos metálicos, invaden cada centímetro de la calle. Los comerciantes pagan por un metro más de lo que ella les cobra por el cuarto amueblado a sus inquilinos.

Este año le han caído sólo tres: Sergio, un muchacho que vino de Orizaba para buscar a su padre. Se dio por vencido antes de dos meses y regresó a su tierra. Elba, una mujer que quiso huir de la violencia de su esposo. A los 15 días el hombre se le apareció con un conjunto norteño y mientras los músicos tocaban le pidió perdón a gritos y de rodillas. Ella acabó perdonándolo y aceptó volver a su lado. A Idalia le dio gusto la reconciliación, aunque haya tenido que devolverle a Elba 550 pesos. Era lo justo.

Su tercera inquilina, la maestra Emita, desocupó el cuarto ayer. Se fue llevándose su inmensa maleta de cartón y el letrero que tiempo atrás colgó a la entrada del edificio: “Se dan clases de guitarra en el l01”. Durante el tiempo que Emita vivió allí no consiguió un solo alumno. La semana pasada la profesora le informó que iba a desocupar el cuarto porque su media hermana la había invitado a vivir con ella. Idalia sospechó que la verdad era otra: los ahorros de Emita estaban agotados y no había tenido más remedio que mudarse a un asilo.

Imaginar a la maestra sola en un cuarto ajeno, tocando su guitarra, le oprime el corazón y le revive la angustia que anoche no la dejó dormir. Por la mañana Felipe la convenció de que había hecho lo único posible: aceptar la decisión de la maestra y dejarla ir. Idalia se tranquilizó. Dios sabe cuánto le habría gustado decirle a Emita que no se preocupara por pagarle el alquiler, pero no está en condiciones de permitirse el lujo de ser generosa, y menos ahora.

Tiene más gastos que nunca porque Raziel volvió a estudiar y Samantha perdió el trabajo. “Ah, pero eso sí, no perdona las idas al salón y los trapos nuevos”, se queja Idalia con Felipe, su marido, mientras le sirve de comer. “Pues levántale la canasta. Cuando te pida para sus babosadas dile la verdad: que no tienes”.

Idalia se resiste a tomar esa medida. Sabe que cuando uno es joven tiene ganas de verse bien y de lucir. Además teme que si le niega el dinero, Samantha caiga en la tentación de buscárselo en donde sea y en este barrio las oportunidades de irse por el mal camino abundan. Es mejor seguir haciendo milagros con lo que Felipe gana en la cerería y con lo que ella cobra por rentar un cuarto del departamento l01.

II

El olor a humedad y encierro se mezcla con los tufos que suben de la calle. A Emita le desagradaban tanto como el ruido y mantenía la ventana cerrada.

Por primera vez en cinco meses Idalia puede abrirla. Se asombra al notar que una acción tan simple le cause felicidad. La alegra ver el colorido de las lonas, oír nítidos los gritos y la música con que Maya y Raquel anuncian su salón de belleza.

Entre un puesto de cadenas y otro de películas, improvisado con telas de colores, el negocio de las gemelas es sólo una carpa, pero allí se brindan los mismos servicios que en los salones establecidos: tinte, corte, permanente, rayitos, aplicación de extensiones, uñas de acrílico. Como prueba de que su trabajo es solicitado por buena clientela exhiben, prendido con alfileres, el retrato en que posan junto a una cantante folklórica: “Para mis amigochas del alma. Su cuata La Yegüita”.

A Idalia le cuesta mucho trabajo aceptar que Maya y Raquel, ahora enfundadas en lycra, con el cabello multicolor, las cejas reducidas a dos arcos finísimos, los labios negros y los brazos tatuados, sean las mismas niñas que subían a ver la tele con Samantha mientras devoraban gansitos.

Idalia reconoce que nada es como era: ni la calle ni las personas, ni su departamento. Cuando llegó a ocuparlo jamás imaginó que terminaría rentando el cuarto en donde vivió su suegra. “Fue como una madre para mí”, le dice a El Carioca cuando, fastidiada del encierro y de la soledad, baja a conversar con él.
En cuanto pueda saldrá a verlo para decirle lo que él de seguro ya sabe: Emita se fue y le urge volver a rentar el cuarto. El Carioca tiene muchas amistades. Entre ellas, no faltará alguna que sepa quién busca alojamiento en el barrio. Siente contrariedad de imaginarse solícita con el nuevo inquilino y obligada a soportar sus manías, ya sea poner la tele a todo volumen, recibir visitas a deshora o quemar pajas aromáticas en honor de algún santo “nuevo”.

Ante esas perspectivas, añora a Emita. Era discreta, cordial y, aunque desafinara mucho a causa de la artritis, resultaba muy grato oírla tocar la guitarra. Siempre lo hacía con la puerta cerrada, pero una vez que la dejó entreabierta Idalia pudo mirar la expresión de ensueño con que la maestra interpretaba Un rayito de sol. Tal vez lo esté haciendo ahora en su cuarto del asilo. Se corrige: es posible que en verdad Emita se haya ido a vivir a la casa de su media hermana. De ser así, para estas horas ya habrá colgado el consabido letrero: “Se dan clases de guitarra”.

III

Reconoce el grito de Sandra: “Fruta, fruta fresca”. Idalia la saluda y le pregunta por qué no vino ayer. La muchacha, robusta y con el pecho cuajado de escapularios, sonríe: “Me detuvieron los inspectores, dizque por obstruir la vía pública. Pero ¿cuándo?, les dije, si yo nomás me detengo para vender y cobrar: un minuto cuando mucho. Pues que no, que estaba cometiendo una falta muy grave. ¿Desde cuándo es delito vender para ganarse la vida honradamente?, les pregunté. Nomás me respondieron que le jalara porque nos íbamos a la delegación. Ya estando allí, ¿sabe cuánto querían por dejarme salir? 800 pesos. ¿Se imagina? De dónde iba a sacar ese dineral. Me salieron con que esa no era su bronca.

Me fijé en que uno de los inspectores traía celular. Se lo pedí prestado para hablarle a mi gente y decirle que me consiguieran lo de la multa. Y sí, gracias a Dios, mi sobrino me llevó los 800 pesos, pero ya como a las siete de la noche. A esas horas, ¿cuántos clientes iba a encontrar? ¡Ninguno! Por eso mejor no vine. Hoy sí llegué bien temprano. Anduve un rato por el mercado y ahorita voy a seguir dándole. Réceles a mis santos porque me vaya bien. Necesito el dinero para la colegiatura de Adrián y para ir juntando lo del préstamo. Ahí nos vemos. Que Dios me la bendiga”.

Idalia permanece en la ventana mientras la vendedora se aleja empujando el carrito de fruta para seguir su batalla sin más amparo que el de los santos hundidos en la opulencia de su pecho, sin otra ilusión que hacer de Adrián, su único hijo, todo un doctor cuando sea grande.

IV

Idalia escucha golpes a la puerta. Al abrir ve a la maestra Emita. Por broma y con una velada esperanza, le pregunta si decidió reinstalarse en su cuarto. La profesora niega con la cabeza y solicita permiso de entrar. Quiere ver si dejó en el ropero algo que olvidó y le pide la llave bajo promesa de regresársela enseguida.

Por el nerviosismo con que habla, Idalia supone que Emita volvió en busca de algo muy valioso. Siente curiosidad y espera con ansia los segundos que su antigua inquilina se demora en abrir el ropero y sacar un vaso de vidrio azul. Lo besa y lo enarbola como si se tratara de un trofeo: “Es parte de un juego que a mi madre le encantaba. La jarra y los otros vasos se rompieron. Desde hace muchos años guardo éste. No es fino, pero es raro, es azul…” Idalia no supo qué decir y escuchó en silencio la despedida de Emita.

Han pasado unos minutos desde que la maestra se fue, pero Idalia sigue pensando en ella, en su forma de acariciar el vaso y apretarlo contra su pecho. Esa imagen le dice que estuvo en lo cierto al sospechar que Emita se había ido a un asilo y no a la casa de una media hermana, que tal vez no exista.

Quiere restarle importancia a lo sucedido y vuelve al cuarto para continuar la limpieza. El aire sigue oliendo a encierro y a los tufos de la calle. Idalia piensa que los olores tarde o temprano se mezclan, como las vidas de la gente.

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