domingo, 7 de julio de 2013

El espionaje

¿Qué nos creíamos?

Compartimos ideas, textos, música y fotos, pero, ay, que no nos toquen la privacidad

Hace unos meses, antes de que Snowden convirtiera la política exterior en un capítulo de Homeland, tuve una revelación. Imagino que mucho después de usuarios de Internet más avispados que yo, pero también antes que otros que hasta hace unos días han vivido en la inocencia. Estaba contestando correos cuando el pensamiento revelador cruzó mi mente. Fue una idea tan sólida que me levantó de la silla como un resorte: decidí que a partir de ese momento no escribiría nada en mi ordenador que no pudiera defender públicamente. No pensaba solo en algo tan pueril como los “estados de ánimo” que uno comparte entre sus conocidos en las redes sociales, también me refería a los correos de naturaleza privada, a los que se mandan con algún tipo de confesión a los amigos, a los hijos, a la pareja. Nada, las intimidades se acabaron en el ciberespacio.
Varias circunstancias me influyeron para tomar tal decisión. Es posible que en mi mente resonara el eco de la reseña de un libro que acaba de salir, Big data, en el que se analiza cómo las grandes corporaciones relacionan datos privados destilados por cualquier listado online para llegar a los posibles clientes en modo de oferta o publicidad. Los consumidores de Amazon, por ejemplo, ya sabían que de sus compras por correo esta empresa deducía los intereses lectores de sus clientes y mandaba listas de sugerencias bastante acertadas; pero lo que parece rozar la ciberficción es saber cómo la cadena de hipermercados americana Wallmart adivina que alguna de sus clientas está embarazada antes de que esta se haga el predictor. Parece magia, no lo es. Nuestra mente especula con conclusiones estadísticas, pero no, las empresas predicen nuestro futuro cruzando datos: edad, intereses, cambios en los hábitos de consumo, movimientos de tarjetas de crédito. Y es que a lo largo del día vamos dejando pistas de quiénes somos, hasta tal punto que ellos acaban sabiéndolo mejor que nosotros mismos. Recuerdo el agobio que sentía cuando en el siglo pasado encontraba mi buzón físico lleno de publicidad. Era un milagro encontrar una carta personal entre tanta maraña. El agobio no era sólo por la labor de desbroce que llevaba todo aquel papeleo, también se trataba de una ansiedad ecológica al imaginar los árboles talados inútilmente por un derroche de papel que iría inmediatamente a la basura. El correo electrónico evita tal ansiedad, pero la abundancia de mensajes publicitarios que irrumpen en nuestra bandeja de entrada ha acabado provocando el mismo desconcierto: entre tanta información comercial que te mandan sin pedirte permiso, ¿dónde quedan los mensajes personales?
En los periódicos que leo aparecen anuncios de tiendas que he visitado. En alguna dejé estúpidamente mi dirección, en otras, no, mis datos fueron vendidos o intercambiados. Como buena hipocondriaca que soy, suelo confesarle mis síntomas al buscador. Sí, yo también lo hago. Y es asombroso cómo esa diabólica mente consigue relacionar un dolor de brazo con una mala digestión, y ofrecer un diagnóstico. A mí, los médicos reales nunca me han seguido tanto la corriente. Como resultado de mis pesquisas médicas, recibo a diario recomendaciones homeopáticas, compuestos vitamínicos para reforzar la memoria, tratamientos con envío a domicilio para conciliar el sueño o publicidad de todo tipo de almohadas. Un resumen patético de lo que soy.
Hace años que mi pobre procesador mental consiguió relacionar dos términos que además riman graciosamente: internauta con incauta, porque envié mensajes impulsivos, hice públicas opiniones que se difundieron, a mi pesar, o escribí a presuntos amigos que reenviaron frívolamente mis mensajes. ¿Discreción? Eso no existe en este medio. Internet acuñó como propio el verbo “compartir”. Compartimos ideas, textos, música, artículos, noticias, fotos, defendemos airadamente este nuevo campo sin fronteras, pero, ay, que no nos toquen la privacidad. Suele haber unos mensajillos muy enternecedores en Facebook que los usuarios cuelgan en sus muros y que alertan a los “amigos” de los pasos a seguir para que en tu espacio, en tu muro, no haya fisgones indeseados e indeseables. Hace ya tiempo que no me atengo a ese protocolo: sé que mi teclado no es el de una máquina de escribir. Lo sé incluso antes de que Scarlett Johansson le mandara a su novio una foto desnuda, o antes de que la concejala Olvido se masturbara ante el pueblo español.
La confesión pública del joven Snowden ha desvelado prácticas inquietantes: los pueblos amigos se espían entre sí. Ya no hay aliados que valgan. Cualquier ciudadano está bajo sospecha, y los Gobiernos pueden comprar o exigir los datos que nosotros, incautamente, hemos cedido a las grandes corporaciones. Pero qué queríamos: ¿compartir nuestros deseos y preservar nuestra intimidad?, ¿y cómo se hace eso navegando por este abrumador océano que no se concibió a la medida del hombre? No puedo decir que no me haya sublevado la revelación de Snowden, pero que conste que la mía se produjo antes: cuando decidí que no escribiría aquí algo íntimo o inconfesable. Mi pequeño acto de resistencia consiste en contar los secretos en persona. Y no sé por qué, sospecho que poco a poco irá aumentando el batallón de resistentes.

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