domingo, 14 de julio de 2013

Puerta del Sol

La tía Julia

Alguien debería documentar la historia de la saga de los Gutiérrez Caba, que preserva el laborioso hermano menor, Emilio

Se vuelve a los cafés, se vuelve a quedar para matar el rato merendando. Parecía que no iba a volver nunca aquel placer infantil que consistía en salir al centro y rematar la tarde con una merienda en Manila, en la Mallorquina o en aquel California 47. Manila y su imprescindible rótulo desaparecieron, llevándose con su marcha parte de nuestra memoria visual; como casi desapareció la Gran Vía, convirtiéndose, poco a poco, en ese paseo de oda a la franquicia. Se esfumó en parte la esencia de la Puerta del Sol el día en que la Comunidad permitió que la parada de metro fuera rebautizada como Vodafone-Sol, y nosotros fuimos testigos silenciosos del saqueo del corazón madrileño, convertido ya en un albergue de tiendas horterillas, letreros horrendos y calles peatonalizadas que se han ido encutreciendo por haber sido dejadas de la mano de Dios.
 Pero hay otros barrios céntricos de Madrid que enfrentan como pueden esta pesadilla económica, en gran parte inspirados por tendencias que comparten otras ciudades del mundo. Se abren sitios pequeños, encantadores, que exhiben a nuevos artesanos o que dan de beber y de leer a un tiempo. Negocios de un modesto hedonismo. Igual que celebré desde aquí el rejuvenecimiento de la clientela de barra de zinc, toca ahora alegrarse por la vuelta de la merienda, ese refrigerio de media tarde que dura tanto rato como dure una conversación y que era la gloria de los viejos cafés y de ese concepto, “cafetería”, que devuelve a la infancia y que a punto estuvo de ser tragado en la década pasada, cuando solo se podían tener reuniones o encuentros mientras se comía o se cenaba.
Esta tarde (me refiero al martes) me he citado a merendar con una dama. Es algo que ella suele hacer con su sobrina, la actriz Irene Escolar, en alguna de esas pequeñas nuevas cafeterías en las que es posible tomarse un té y hablar de la profesión, tomarse un capuccino y recordar a la que fuera hermana de una y abuela de la otra, beber un zumo y calibrar cuáles eran las dificultades a las que tenía que enfrentarse una cómica de las de antes, y cuáles aquellas que amenazan a una actriz que debe abrirse paso en un país en el que casi no se van a producir películas y donde no hay prácticamente compañías privadas de teatro que puedan salir a flote. No hay giras.
La dama es Julia. Gutiérrez Caba. Una mujer a la espera de un fotógrafo que esté a la altura de su personalidad y la retrate tan atractiva como la estoy viendo yo ahora, cuando entro en la repostería Pomme Sucre de la calle del Barquillo. Como sé que tía y sobrina son muy de merendar, he querido sorprenderlas con este localcito en el que el repostero Julio Blanco hace maravillas con el hojaldre, la Sacher, los chocolates y los bizcochos. En fin, una perita en dulce en esta calle especializada en tiendas de sonido, que hasta antes de ayer nos parecían el no va más de la tecnología, cuando desconocíamos que se impondría la tendencia de escuchar la música de cualquier manera.
No voy a hacer un repaso de todas las razones por las que admiro a Julia, hoy la tía Julia, porque el artículo me quedaría en sepia y no sería justo con esta señora tan alimentada de presente que tengo sentada frente a mí. Entramos en materia sin perder el tiempo en fórmulas introductorias, porque estamos a lo que estamos: la merienda es esa cuarta comida en la que se habla mucho y se come poco. Un hojaldre de chocolate repartido en tres. Quiero retener la imagen de la mujer serena, menuda de cuerpo y de cara imponente, que tiene un no sé qué aristocrático al hundir las manos en su melena agraciada para alisarla hacia atrás, dejando al descubierto la magnífica osamenta de su cara. Esa belleza que radica en los pómulos, la frente y la mandíbula.
Toca alegrarse por la vuelta de la merienda, ese refrigerio que dura tanto rato como una conversación
Yo deseo echar la conversación hacia atrás en el tiempo, hablar de la casa de la calle Mayor que compraron sus abuelos, a principios del XX, y que se cerró y convirtió en fantasmal cuando murió su hermana Irene. Ahí sigue ese piso, que podría perder con una mala reforma el aliento familiar de tantos buenos cómicos, como ocurre con los frescos romanos; albergando en el torreón recuerdos de las niñas Irene y Julia, que ya jugaban a teatrillos y zarzuelas mucho antes de pisar un escenario. Capítulos de una apasionante saga familiar que alguien tendría que haber documentado ya en el cine y que de momento preserva el laborioso hermano menor, Emilio. Pero Julia quiere reconducir la conversación al presente, no parece un espíritu sumido en la nostalgia. Julia es una apasionada de las series. Y hablamos un rato de Mad Men y de Homeland, de Don (ay) y de Brody (ay). Me parece mentira estar hablando de personajes de ficción con quien tan noblemente los interpretó en la tele, en los tiempos de la merienda.
En estos días de julio, Irene asiste a un taller de verso familiar. El tío Emilio, sin duda un maestro en la materia, enseña a la sobrina y al actor Martín Rivas la técnica de decir el verso, su correcta acentuación, sus pausas. La tía Julia asiste, de espectadora. Ella dice que no sabe enseñar. Ella, que despliega arte en el simple gesto de pintarse los labios antes de que nos levantemos. Tía y sobrina se van del brazo hacia Alcalá. No me extraña que Irene busque su compañía. No hay mejor escuela.

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