El (des)gobierno de Morsi
El presidente egipcio ha maniobrado para controlar gran parte del poder ejecutivo, legislativo y judicial. Tras un año de mandato, la economía está peor; las libertades, amenazadas y la sociedad, peligrosamente polarizada

EULOGIA MERLE
Tras la disolución del Parlamento, el presidente Morsi ha maniobrado para concentrar buena parte del poder ejecutivo, legislativo y, también, judicial. Estos movimientos explican el creciente malestar de los sectores seculares, que consideran que se ha reforzado el presidencialismo y que el Partido de la Libertad y la Justicia, marca política de la Hermandad, disfruta de una situación cuasi monopolística muy parecida a la que, en época de Mubarak, detentó el oficialista Partido Nacional Democrático.
Si bien es cierto que los Hermanos Musulmanes y las fuerzas seculares colaboraron activamente para derribar a Mubarak, desde la llegada al poder de los islamistas el abismo que les separa se ha ido ensanchando hasta hacerse prácticamente infranqueable. El decreto presidencial del 22 de noviembre marcó un punto de no retorno al conceder plena inmunidad a Morsi, quien además se arrogó el derecho de adoptar aquellas medidas que considerase convenientes para “proteger al país y los objetivos de la revolución”. El referéndum constitucional, celebrado a mediados de diciembre, agravó la situación, ya que la nueva carta magna fracasaba a la hora de garantizar las libertades fundamentales. Una muestra del amplio rechazo que generó fue la escasa participación: apenas un 33% del censo electoral (20 puntos por debajo del porcentaje registrado en las elecciones legislativas y presidenciales).
En estos meses, las posiciones de islamistas y seculares se han polarizado todavía más. El último eslabón de esta cadena de desencuentros lo representa una ambiciosa campaña de desobediencia civil iniciada en abril para reunir tantas firmas como votos obtuvo Morsi en las elecciones. El objetivo final sería desalojar del poder al presidente al considerar que “ha cosechado un rotundo fracaso en sus objetivos, puesto que no ha traído la seguridad ni la justicia social y se ha mostrado incapaz de gobernar una gran nación como Egipto”.
Para tratar de hacer frente al desafío islamista, la oposición secular ha establecido un Frente de Salvación Nacional en el que toman parte tanto los partidos tradicionales (Wafd, Karama y Tagammu) como los de nuevo cuño (Partido de la Constitución, Partido Social Democrático Egipcio o Partido de los Egipcios Libres), así como diversos movimientos juveniles y sindicatos. Sus principales demandas son la retirada del decreto presidencial, la derogación de la Constitución y el establecimiento de una nueva Asamblea Constituyente.
Si bien es cierto que la oposición parece haber extraído algunas lecciones de los errores cometidos desde la caída de Mubarak (entre ellos la falta de liderazgo, la fragmentación política y la incapacidad de articular un discurso que conecte con el electorado), no está del todo claro que dicho frente sea capaz de permanecer unido hasta las próximas elecciones, que se celebrarán en otoño, ya que el único elemento que le cohesiona es su rechazo frontal a Morsi. Las diversas formaciones que toman parte en esta heterogénea coalición mantienen fuertes discrepancias en torno a la hoja de ruta para sacar a Egipto de la profunda crisis en la que se encuentra inmerso.
La tensión entre islamistas y seculares puede causar un choque que haga saltar la frágil transición egipcia
Junto a la polarización sociopolítica, el principal problema que atenaza a Egipto es su delicada situación económica. No debe pasarse por alto que gran parte de las reivindicaciones de la revolución del 25 de enero de 2011 tenían un trasfondo económico: mayor justicia social, mejor redistribución de la riqueza y creación de puestos de trabajo para la juventud, que representa más de la mitad de la población.
El Proyecto Renacimiento, planteado a bombo y platillo durante la campaña electoral de Morsi, pretendía captar 200.000 millones de dólares en inversiones y alcanzar, en un plazo de cinco años, un crecimiento del 7% anual. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ya que la economía apenas creció el pasado año un 1,8% (frente al 5% del periodo 2006-2010). Entre 2009 y 2012, el déficit fiscal se duplicó, pasando del 5,6% al 11%. Hoy en día, la deuda pública representa ya el 85% del PIB y las divisas están prácticamente agotadas (desde la caída de Mubarak se han gastado dos terceras partes de las reservas). La importación de productos de primera necesidad, como el trigo y el gasóleo, se ha disparado y cada vez es más costosa debido a la depreciación de la moneda local (más de un 15% en los últimos seis meses). La inflación no deja de escalar y ya supera el 11%, mientras casi la mitad de la población vive bajo el umbral de la pobreza (un 25% con menos de un dólar al día y otro 24% con dos). Además, son cada vez más frecuentes los cortes de agua y electricidad.
Ante esta dramática situación, el Gobierno egipcio negocia con el FMI un préstamo de 4.800 millones de dólares, pero no parece dispuesto a asumir el elevado coste electoral que tendría la retirada de las subvenciones a productos básicos como el pan, la electricidad o el gasóleo (que suman una quinta parte del presupuesto). La aplicación de este plan de ajuste podría desencadenar una segunda ola revolucionaria, un escenario explosivo si tenemos en cuenta que los Hermanos Musulmanes deberán someterse nuevamente al veredicto de las urnas en otoño.
La hegemonía política de los islamistas está amenazada y es muy probable que sufran un fuerte castigo en las elecciones
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y editor de Sociedad civil y contestación en Oriente Medio y Norte de África (Fundación CIDOB, 2013).
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