Hace dos semanas, el francés Jacques Audiard estuvo en Madrid porque su Un profeta competía al Goya al mejor filme europeo. Le derrotó El discurso del rey. Y Audiard decía: "Que me gane La cinta blanca, de acuerdo, porque Michael Haneke y yo luchamos por ir más allá con nuestro trabajo.
Pero que sea El discurso del rey...". Esa sensación ha dejado esta madrugada la 83ª edición de los Oscar. Porque el drama británico que recrea la victoria contra el tartamudeo de Jorge VI no deja de ser una película correcta, muy bien interpretada y con un estupendo guion. Sin embargo no es ni la mejor, ni la más arriesgada, ni la más taquillera de las películas candidatas al Oscar.
Origen y La red social pueden gustar o no, pero al menos intentan algo más, luchan por exprimir el cine para superar la mera narración de una historia. Ha sido como la ceremonia de los Oscar. De acuerdo: grandes vídeos, Kirk Douglas y Billy Cristal han sorprendido en el escenario, pero uno siempre espera algo más de Hollywood y eso no ha ocurrido. Si lo más llamativo es que por primera vez se ha dicho la palabra fuck (joder, en inglés) en el escenario gracias a la ganadora a la mejor actriz secundaria, Melissa Leo o que la productora Zentropa -la de Lars von Trier- ha obtenido su primer Oscar (tras siete candidaturas) con En un mundo mejor, de la danesa Susanne Bier, mal vamos.
De lo poco que ha quedado claro esta noche en el teatro Kodak es que el productor Harvey Weinstein tiene mucho poder montando campañas de promoción. Hace tres meses los Oscar parecían una batalla campal entre Origen o La red social, hoy, han quedado para la pedrea. Y el señor exmiramax ha mirado al resto por encima del hombro.
lunes, 28 de febrero de 2011
Jorge VI ganó el Oscar.
La lección de toda esta historia, según confesó el director de El discurso del rey, es "hazle caso a tu madre". La otra lección, aunque no la expresó nadie sobre el escenario del teatro Kodak de los Ángeles, es que basta con querer hacer la gala más joven de la historia de los Oscar para que salga la más rancia y ñoña que se recuerda.
Ni el magnetismo de James Franco, ni la luminosa simpatía de Anne Hathaway fueron suficientes para levantar un guión soso y aburrido. Tampoco ayudó que en todos los premios de la noche no hubiera una sola sorpresa, ni una emoción fuera de lo previsto.
El discurso del rey fue la ganadora de la 83º edición de los Oscar. Tom Hooper, el director del filme, le dedicó el Oscar a su madre, quien en 2007, después de asistir a la lectura de una obra de teatro, le llamó para decirle: "Hijo, acabo de encontrar tu próxima película". La lectura era de una obra que narraba la historia de cómo Jorge VI de Inglaterra tuvo que enfrentarse a una tara física, su tartamudez, para poder ser rey de una nueva era: la de la radio.
El discurso del rey (una película amable sobre una rancia monarquía europea) lograba ayer los cuatro el Oscar a la mejor película, al mejor director, al mejor guión original y al mejor actor protagonista, Colin Firth, sin duda un hombre de aire majestuoso y exquisitos modales.
No hubo mujer a quien el intérprete británico no cediera el paso con ese cuerpo envarado y esa contención de la que también quiso hacer gala sobre el escenario al recoger su premio. Soso, para qué negarlo, aunque Firth sea de esos hombres que hace de los defectos virtud. Según explicó más tarde lo que ahora le apetece es cocinar, "me relaja". Tampoco estuvo muy sembrada una embarazada Natalie Portman, que llorosa y con las manos en su tripa dijo que ahora le espera el papel más importante de su vida. "Ahora solo quiero quitarme esta ropa, tumbarme en la cama y descansar", añadió la actriz que no, no llamará a su hijo Oscar. "¡Por dios!"
El reparto de la tarta de premios de la noche empezó a repartirse precisamente en manos dos actores disfrazados de camareros de banquete. Javier Bardem y Josh Brolin entregaron el Oscar al mejor guión adaptado y original. El primero fue para La red social (Aaron Sorkin ) y el segundo para El discurso del rey (David Seidler). "¡El discurso del escritor!", exclamó Seidler. "Esto si que es aterrador". El escritor y guionista de la película de la noche, un tipo de aire sólido y voz imponente, dedicó su Oscar a todos los tartamudos del mundo.
"Esta es la historia de un ex tartamudo a otro", dijo. "Yo lo sigo siendo, siempre lo seré, aunque ninguno de ustedes hoy pueda notarlo". Después de la gala, Seidler confesó que aunque no era un monárquico empezó esta historia hace más de 30 años con la ayuda de la Reina madre. Fue ella quien le pidió que esperara su muerte para contarla "Nunca pensé que viviría tanto", dijo el escritor.
Sobre la hija de Jorge VI, la actual monarca añadió: "Sabemos que la reina de Inglaterra ha visto la película y se ha sentido muy emocionada al ver el retrato que hemos hecho de su padre. Nosotros nos alegramos enormemente por ello". Al otro guionista premiado de la noche, Aaron Sorkin (La red social), también le preguntaron por el personaje en el que se basa su historia, Marck Zuckerberg, y el rechazo que ha mostrado por el filme sobre sus años universitarios.
"A ninguno de nosotros le gustaría que hicieran una película de como éramos con 19 años, y lo entiendo, pero esa y no otra era nuestra película". Los dos guionistas confesaron también entre bambalinas que viven un "bromance" desde que empezó una temporada de premios que ha enfrentado una y otra vez El discurso del rey y La red social. "Es increíble, pero nos hemos hecho muy amigos".
Aunque para viejos amigos, Randy Newman. El músico cantó por enésima vez en el show (ha sido 20 veces candidato), ganó el segundo Oscar de su carrera por Toy story 3 y fue de lejos el más divertido en el turno de agradecimientos. La película de Pixar fue, además, la mejor de animación del año. Su director, Lee Unkrich, explicó como el filme es un homenaje a su abuela, la mujer, dijo, que siempre creyó en él. "Ella murió cuando yo estaba trabajando como montador de Toy story y el día que me despedí de ella no lo olvidaré nunca. Conté a los guionistas de la película aquel último encuentro porque quería que el final de Toy story 3 fuera un homenaje a ella".
La gala pretendió ser emotiva con sus continuos flash backs al pasado de Hollywood. Efectos virtuales o de pantalla que no lograron demasiado calor en un patio de butacas que solo se puso en pie con la aparición de Billy Cristal, que desde 2004 no volvía al escenario de los Oscar. Las bajas temperaturas que desde hace unos días azotan California contagiaron la zona caliente de la jornada, la alfombra roja.
El paso de candidatos, invitados, publicistas, figurantes y guardaespaldas resultó largo y pesado. Hacía frío, mucho frío, y quizá eso deslució la siempre espectacular entrada a la ceremonia. Algunos literalmente tiritaban (la niña de Valor de ley, Hailee Steinfeld); otros se frotaban los brazos para entrar en calor (Marisa Tomei y Darren Aronofsky) para entrar en calor o la espalda, como hizo la siempre sonriente Anne Hathaway al diseñador italiano Valentino.
Ni siquiera el impulsivo beso en la boca de Russell Brand a una reportera animó el patio. El más popular fue Justin Timberlake (se escucharon aullidos desesperados a su paso), los más cariñoso Annette Bening y Warren Beatty (siempre de la mano), la más veloz Penélope Cruz (pasó por la alfombra roja como un suspiro), el más caballeroso Colin Firth y el más ensimismado Jesse Eisenberg, el cabizbajo y tímido protagonista de La red social.
Christian Bale (ganador al mejor actor de reparto por The Fighter) también superó su aversión a las multitudes. Con su acento del norte de Inglaterra y su frondosa barba recordó a Jimi Hendrix cuando le preguntaron por su extrema entrega al trabajo. "A Hendrix le sangraban los dedos al tocar la guitarra. Yo, como él, haría lo que sea por llegar al fondo de lo que hago.
Aunque quizá ya soy mayor para ir demasiado lejos. Ya no soy invencible como hace unos años. Ahora tengo un hijo, y más miedos". Bale añadió: "Lo que hacemos los actores es mucho más grande que nosotros mismos. Todo lo que ha rodeado a esta película es maravilloso. Pero que nadie lo olvide: los premios son algo abstracto, es mejor no hacerles demasiado caso".
Ni el magnetismo de James Franco, ni la luminosa simpatía de Anne Hathaway fueron suficientes para levantar un guión soso y aburrido. Tampoco ayudó que en todos los premios de la noche no hubiera una sola sorpresa, ni una emoción fuera de lo previsto.
El discurso del rey fue la ganadora de la 83º edición de los Oscar. Tom Hooper, el director del filme, le dedicó el Oscar a su madre, quien en 2007, después de asistir a la lectura de una obra de teatro, le llamó para decirle: "Hijo, acabo de encontrar tu próxima película". La lectura era de una obra que narraba la historia de cómo Jorge VI de Inglaterra tuvo que enfrentarse a una tara física, su tartamudez, para poder ser rey de una nueva era: la de la radio.
El discurso del rey (una película amable sobre una rancia monarquía europea) lograba ayer los cuatro el Oscar a la mejor película, al mejor director, al mejor guión original y al mejor actor protagonista, Colin Firth, sin duda un hombre de aire majestuoso y exquisitos modales.
No hubo mujer a quien el intérprete británico no cediera el paso con ese cuerpo envarado y esa contención de la que también quiso hacer gala sobre el escenario al recoger su premio. Soso, para qué negarlo, aunque Firth sea de esos hombres que hace de los defectos virtud. Según explicó más tarde lo que ahora le apetece es cocinar, "me relaja". Tampoco estuvo muy sembrada una embarazada Natalie Portman, que llorosa y con las manos en su tripa dijo que ahora le espera el papel más importante de su vida. "Ahora solo quiero quitarme esta ropa, tumbarme en la cama y descansar", añadió la actriz que no, no llamará a su hijo Oscar. "¡Por dios!"
El reparto de la tarta de premios de la noche empezó a repartirse precisamente en manos dos actores disfrazados de camareros de banquete. Javier Bardem y Josh Brolin entregaron el Oscar al mejor guión adaptado y original. El primero fue para La red social (Aaron Sorkin ) y el segundo para El discurso del rey (David Seidler). "¡El discurso del escritor!", exclamó Seidler. "Esto si que es aterrador". El escritor y guionista de la película de la noche, un tipo de aire sólido y voz imponente, dedicó su Oscar a todos los tartamudos del mundo.
"Esta es la historia de un ex tartamudo a otro", dijo. "Yo lo sigo siendo, siempre lo seré, aunque ninguno de ustedes hoy pueda notarlo". Después de la gala, Seidler confesó que aunque no era un monárquico empezó esta historia hace más de 30 años con la ayuda de la Reina madre. Fue ella quien le pidió que esperara su muerte para contarla "Nunca pensé que viviría tanto", dijo el escritor.
Sobre la hija de Jorge VI, la actual monarca añadió: "Sabemos que la reina de Inglaterra ha visto la película y se ha sentido muy emocionada al ver el retrato que hemos hecho de su padre. Nosotros nos alegramos enormemente por ello". Al otro guionista premiado de la noche, Aaron Sorkin (La red social), también le preguntaron por el personaje en el que se basa su historia, Marck Zuckerberg, y el rechazo que ha mostrado por el filme sobre sus años universitarios.
"A ninguno de nosotros le gustaría que hicieran una película de como éramos con 19 años, y lo entiendo, pero esa y no otra era nuestra película". Los dos guionistas confesaron también entre bambalinas que viven un "bromance" desde que empezó una temporada de premios que ha enfrentado una y otra vez El discurso del rey y La red social. "Es increíble, pero nos hemos hecho muy amigos".
Aunque para viejos amigos, Randy Newman. El músico cantó por enésima vez en el show (ha sido 20 veces candidato), ganó el segundo Oscar de su carrera por Toy story 3 y fue de lejos el más divertido en el turno de agradecimientos. La película de Pixar fue, además, la mejor de animación del año. Su director, Lee Unkrich, explicó como el filme es un homenaje a su abuela, la mujer, dijo, que siempre creyó en él. "Ella murió cuando yo estaba trabajando como montador de Toy story y el día que me despedí de ella no lo olvidaré nunca. Conté a los guionistas de la película aquel último encuentro porque quería que el final de Toy story 3 fuera un homenaje a ella".
La gala pretendió ser emotiva con sus continuos flash backs al pasado de Hollywood. Efectos virtuales o de pantalla que no lograron demasiado calor en un patio de butacas que solo se puso en pie con la aparición de Billy Cristal, que desde 2004 no volvía al escenario de los Oscar. Las bajas temperaturas que desde hace unos días azotan California contagiaron la zona caliente de la jornada, la alfombra roja.
El paso de candidatos, invitados, publicistas, figurantes y guardaespaldas resultó largo y pesado. Hacía frío, mucho frío, y quizá eso deslució la siempre espectacular entrada a la ceremonia. Algunos literalmente tiritaban (la niña de Valor de ley, Hailee Steinfeld); otros se frotaban los brazos para entrar en calor (Marisa Tomei y Darren Aronofsky) para entrar en calor o la espalda, como hizo la siempre sonriente Anne Hathaway al diseñador italiano Valentino.
Ni siquiera el impulsivo beso en la boca de Russell Brand a una reportera animó el patio. El más popular fue Justin Timberlake (se escucharon aullidos desesperados a su paso), los más cariñoso Annette Bening y Warren Beatty (siempre de la mano), la más veloz Penélope Cruz (pasó por la alfombra roja como un suspiro), el más caballeroso Colin Firth y el más ensimismado Jesse Eisenberg, el cabizbajo y tímido protagonista de La red social.
Christian Bale (ganador al mejor actor de reparto por The Fighter) también superó su aversión a las multitudes. Con su acento del norte de Inglaterra y su frondosa barba recordó a Jimi Hendrix cuando le preguntaron por su extrema entrega al trabajo. "A Hendrix le sangraban los dedos al tocar la guitarra. Yo, como él, haría lo que sea por llegar al fondo de lo que hago.
Aunque quizá ya soy mayor para ir demasiado lejos. Ya no soy invencible como hace unos años. Ahora tengo un hijo, y más miedos". Bale añadió: "Lo que hacemos los actores es mucho más grande que nosotros mismos. Todo lo que ha rodeado a esta película es maravilloso. Pero que nadie lo olvide: los premios son algo abstracto, es mejor no hacerles demasiado caso".
El suicidio, una obsesión.
Elaine, madre del joven Mark Dybrough, que se suicidó en 2005 a los 32 años, abrió el diario británico The Sunday Mercury el 5 de mayo de 2008 y, ojeando sus noticias, se encontró con un nombre familiar: Li Dao. Era el nombre de la enfermera norteamericana que había entrado en supuesto pacto de Internet con su hijo para suicidarse. Titulaba el diario: "Un monstruo de Internet se hace amigo de los débiles para poder verles morir online".
Escribía la periodista Fionnuala Bourke sobre la experiencia de Sarah Dove [el nombre es un pseudónimo], una ex adicta a la heroína de 35 años a la que William Melchert-Dinkel había intentado incitar al suicidio: "Para ganarse su confianza, Falcon Girl [otro de los nombres que usaba Li Dao] le dijo a Sarah que previamente había ayudado a un hombre de Birmingham de 32 años a matarse en 2005. Dijo que había visto al hombre morir con su cámara y le pidió a Sarah que se comprara una, para poder verla morir también".
A Elaine no le quedaba duda: ese joven de 32 años era su hijo Mark. Ella ya albergaba sospechas de que la tal Lio Dao era una sádica que incitaba a la muerte, no una persona con tendencias suicidas. Como en la información se mencionaba a Celia Blay, maestra jubilada de 65 años que había seguido la pista al enfermero que se escondía tras aquellas falsas identidades, contactó con ella. Por entonces, Celia había podido hablar con el enfermero Melchert-Dinkel, a través de un programa de chat.
Con la guardia baja, ese padre de familia de Minesota había aceptado hablar a través de videocámara. Celia había logrado hacerle una foto a la pantalla del ordenador con su teléfono y que el enfermero le pasara, finalmente, una foto suya. En aquella conversación, que luego pondría en manos de las autoridades norteamericanas, el enfermero le había confesado que había llegado a incitar al suicidio a adolescentes de 15 años. Celia le dio finalmente a Elaine el verdadero nombre de aquel ángel de la muerte, una información que había logrado a través de un registro de conexiones a la Red: William Melchert-Dinkel. Ambas comenzaron una campaña para cazarle en EE UU.
Por aquel entonces, la policía del condado de Ramsey, en Minesota, ya le pisaba los talones a Melchert-Dinkel. Los detectives habían recibido diversos correos de Celia, desde Reino Unido. Uno de ellos provenía rebotado de una dirección de Yahoo que también era propiedad del enfermero de 48 años. Finalmente, el 1 de julio de 2009, el sargento William Haider acudió a su residencia familiar.
"Ya sé por qué viene", le dijo. Según explicó el agente en su declaración jurada: "Melchert-Dinkel admitió haber usado [las direcciones de correo asociadas con Falcon Girl y Li Dao] junto con el nombre Cami para asesorar, incitar y crear pactos de suicidio, típicamente por la vía del ahorcamiento, con diversos internautas... durante los pasados cuatro o cinco años... y estima que ha ayudado o incitado a unas cinco personas a cometer suicidio a través de la Red usando su ordenador".
El enfermero le entregó al agente su ordenador, que se ha usado como prueba en el juicio. Según reveló posteriormente la cadena de televisión canadiense CBC, Melchert-Dinkel acudió esa misma noche al servicio de emergencias de un hospital cercano, con una evidente crisis de ansiedad, diciendo: "Estoy obsesionado con el suicidio". La policía, mientras, encontró sus conversaciones con la estudiante canadiense Nadia Kajouji, que se había suicidado en marzo de 2008 saltando a un río. Los agentes de EE UU contactaron con los de Canadá y con Celia Blay y Elaine Dybrough, en Reino Unido. Recabaron pistas suficientes para abrir un caso. La demanda se presentó el 23 de abril del año pasado.
Se presentaron contra Melchert-Dinkel dos cargos de "asistencia al suicidio", aplicados hasta entonces a casos de eutanasia en enfermos terminales. La pena máxima a la que se enfrenta es de 15 años de prisión y 30.000 dólares [21.800 euros al cambio actual] por cada uno.
"Haciéndose pasar por una joven, amable y simpática mujer que trabajaba como enfermera en una sala de urgencias de un hospital, incitaba a la gente cometer suicidio", dijo el fiscal en su acusación formal. "Admitió que sabía que la asistencia en el suicidio era ilegal, y específicamente que es ilegal en Minesota... Admitió haber entrado en pactos de suicidio con unas 10 u 11 personas de todo el mundo a través de Internet. Admitió haber pasado de asistir en el suicidio a incitar al suicidio".
Melchert-Dinkel, es cierto, no ha negado dar información copiosa sobre el suicidio ni estar fascinado por la muerte autoinfligida. Pero sus abogados han armado una estrategia de defensa que se fundamenta sobre la base de la libertad de expresión. En EE UU, la primera enmienda constitucional ampara cualquier tipo de discurso personal, siempre que no sea una incitación directa y con resultados tangibles a cometer un crimen.
Si eso es lo que hizo el enfermero que se escondía tras las fachadas dulces y amables de Li Dao, Falcon Girl y Cami D, tres ángeles de la muerte, es algo que ahora dirime el juez Thomas Neuville, quien acabó de escuchar los alegatos de los abogados del caso el pasado jueves.
Escribía la periodista Fionnuala Bourke sobre la experiencia de Sarah Dove [el nombre es un pseudónimo], una ex adicta a la heroína de 35 años a la que William Melchert-Dinkel había intentado incitar al suicidio: "Para ganarse su confianza, Falcon Girl [otro de los nombres que usaba Li Dao] le dijo a Sarah que previamente había ayudado a un hombre de Birmingham de 32 años a matarse en 2005. Dijo que había visto al hombre morir con su cámara y le pidió a Sarah que se comprara una, para poder verla morir también".
A Elaine no le quedaba duda: ese joven de 32 años era su hijo Mark. Ella ya albergaba sospechas de que la tal Lio Dao era una sádica que incitaba a la muerte, no una persona con tendencias suicidas. Como en la información se mencionaba a Celia Blay, maestra jubilada de 65 años que había seguido la pista al enfermero que se escondía tras aquellas falsas identidades, contactó con ella. Por entonces, Celia había podido hablar con el enfermero Melchert-Dinkel, a través de un programa de chat.
Con la guardia baja, ese padre de familia de Minesota había aceptado hablar a través de videocámara. Celia había logrado hacerle una foto a la pantalla del ordenador con su teléfono y que el enfermero le pasara, finalmente, una foto suya. En aquella conversación, que luego pondría en manos de las autoridades norteamericanas, el enfermero le había confesado que había llegado a incitar al suicidio a adolescentes de 15 años. Celia le dio finalmente a Elaine el verdadero nombre de aquel ángel de la muerte, una información que había logrado a través de un registro de conexiones a la Red: William Melchert-Dinkel. Ambas comenzaron una campaña para cazarle en EE UU.
Por aquel entonces, la policía del condado de Ramsey, en Minesota, ya le pisaba los talones a Melchert-Dinkel. Los detectives habían recibido diversos correos de Celia, desde Reino Unido. Uno de ellos provenía rebotado de una dirección de Yahoo que también era propiedad del enfermero de 48 años. Finalmente, el 1 de julio de 2009, el sargento William Haider acudió a su residencia familiar.
"Ya sé por qué viene", le dijo. Según explicó el agente en su declaración jurada: "Melchert-Dinkel admitió haber usado [las direcciones de correo asociadas con Falcon Girl y Li Dao] junto con el nombre Cami para asesorar, incitar y crear pactos de suicidio, típicamente por la vía del ahorcamiento, con diversos internautas... durante los pasados cuatro o cinco años... y estima que ha ayudado o incitado a unas cinco personas a cometer suicidio a través de la Red usando su ordenador".
El enfermero le entregó al agente su ordenador, que se ha usado como prueba en el juicio. Según reveló posteriormente la cadena de televisión canadiense CBC, Melchert-Dinkel acudió esa misma noche al servicio de emergencias de un hospital cercano, con una evidente crisis de ansiedad, diciendo: "Estoy obsesionado con el suicidio". La policía, mientras, encontró sus conversaciones con la estudiante canadiense Nadia Kajouji, que se había suicidado en marzo de 2008 saltando a un río. Los agentes de EE UU contactaron con los de Canadá y con Celia Blay y Elaine Dybrough, en Reino Unido. Recabaron pistas suficientes para abrir un caso. La demanda se presentó el 23 de abril del año pasado.
Se presentaron contra Melchert-Dinkel dos cargos de "asistencia al suicidio", aplicados hasta entonces a casos de eutanasia en enfermos terminales. La pena máxima a la que se enfrenta es de 15 años de prisión y 30.000 dólares [21.800 euros al cambio actual] por cada uno.
"Haciéndose pasar por una joven, amable y simpática mujer que trabajaba como enfermera en una sala de urgencias de un hospital, incitaba a la gente cometer suicidio", dijo el fiscal en su acusación formal. "Admitió que sabía que la asistencia en el suicidio era ilegal, y específicamente que es ilegal en Minesota... Admitió haber entrado en pactos de suicidio con unas 10 u 11 personas de todo el mundo a través de Internet. Admitió haber pasado de asistir en el suicidio a incitar al suicidio".
Melchert-Dinkel, es cierto, no ha negado dar información copiosa sobre el suicidio ni estar fascinado por la muerte autoinfligida. Pero sus abogados han armado una estrategia de defensa que se fundamenta sobre la base de la libertad de expresión. En EE UU, la primera enmienda constitucional ampara cualquier tipo de discurso personal, siempre que no sea una incitación directa y con resultados tangibles a cometer un crimen.
Si eso es lo que hizo el enfermero que se escondía tras las fachadas dulces y amables de Li Dao, Falcon Girl y Cami D, tres ángeles de la muerte, es algo que ahora dirime el juez Thomas Neuville, quien acabó de escuchar los alegatos de los abogados del caso el pasado jueves.
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El ángel de la muerte.
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