domingo, 18 de marzo de 2012

La Casa Azul, la de Frida.

La Casa Azul
Ángeles González Gamio
Estaba por concluir el siglo XIX cuando llegó a México el joven alemán Carl Wilhelm Kahlo, que habría de nacionalizarse a los dos años de su llegada, con el nombre de Guillermo Kahlo. Al poco tiempo se casó con una mexicana de la que enviudó con tres hijos. Volvió a casarse con la joven María Calderón, con la que tuvo cinco hijos más.

Inicialmente dedicado al comercio se aficionó a la fotografía por la influencia del suegro, que tenía un estudio en Oaxaca. El éxito que obtenía con sus fotos lo llevó a dedicarse a ello profesionalmente, llegando a ser uno de los fotógrafos predilectos de Porfirio Díaz. Por orden del gobierno y con motivo del centenario de la Independencia Kahlo tomó fotos de numerosas iglesias, edificios nacionales y monumentos que conformaron un álbum hoy muy codiciado por los bibliófilos.

Ya con un buen ingreso adquirió un terreno de 800 metros en Coyoacán y construyó una hermosa casona con patio y jardín para alojar a la numerosa familia. Apasionado del colorido de México la pintó de azul con las ventanas en verde y la decoró con artesanías y enseres populares. Hasta la fecha se conserva la sala, el comedor y la cocina, que muestran su amor al arte popular.

Aquí nació y murió Frida Kahlo el 4 de abril de 1954, a los 47 años de edad. La luminosa pintora con una vida trágica, que se ha vuelto un icono internacional. A su muerte su marido Diego Rivera donó la casa al pueblo de México para que fuera un museo y dejó un fideicomiso para su sostenimiento. Hace años que la visité un domingo, habíamos dos personas deambulando por los espacios que evocan toda una época de México. Recientemente llevé a unas amistades extranjeras y me sorprendí al ver varios autobuses de turistas y una larga fila para entrar. Para bien o para mal, sin duda ya es de los atractivos turísticos de la ciudad.

La visita resulta interesante y conmovedora si se piensa en todo lo que la casa encierra. Desde luego impacta ver la cama con el espejo en el techo, cuyo reflejo le permitía a Frida pintar sus autorretratos durante las largas temporadas que pasó ahí acostada. No pueden dejar de venir a la mente sus innumerables operaciones y tratamientos que le dieron una vida de constante dolor, lo que no le impidió vivirla intensamente.
El espíritu de Frida se hace presente al ver sus vestidos y su vistosa joyería mexicana, así como sus fotos y colecciones, como la de mariposas. Aquí vivió un tiempo León Trotsky antes de pelearse con Diego y mudarse a una casa cercana, en donde fue asesinado. Diego y Frida eran muy conocidos en el mundo intelectual y artístico internacional, por lo que visitaban la casa personajes como Nelson Rockefeller, a quien influyeron para conformar una colección de arte mexicano. Actualmente se expone en un museo de San Antonio, Texas. Él le regaló a Frida el caballete que se muestra en la casa. También eran asiduos Dolores del Río, Miguel Covarrubias, María Félix, Sergei Eisenstein, la entonces jovencita Raquel Tibol y el compositor neoyorquino George Gershwin. Semanalmente estaban ahí sus alumnos de la escuela de pintura La Esmeralda, conocidos como los Fridos. Quizá lo que más admira es su inagotable amor a la vida a pesar de la adversidad. Su último cuadro lo tituló Viva la vida. Las últimas palabras que escribió en su diario poco antes de su muerte fueron “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Hay mucho más que comentar, pero se acaba el espacio. Después de estar en un ambiente tan mexicano tenemos que ir a comer comida nacional. Muy cerca, en Miguel Angel de Quevedo 687, dentro del Centro Cultural Veracruzano ,se encuentra el restaurante El Tajín. Disfrutando la terraza puede iniciar con un “repertorio de antojitos”, para continuar con un chilpachole de jaiba. El plato fuerte es un dilema porque se antojan muchos, pero nos quedamos con filete relleno de mariscos con hoja santa. No deje de probar de postre las guayabas rellenas de mouse de guanábana.

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