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sábado, 15 de mayo de 2010

Vida de perros.

He vivido muchos años en la mejor colonia de la capital mexicana, La Condesa, un barrio habitado por intelectuales, artistas, jóvenes y gays, con la salvedad de que la mayoría de ellos tienen perros que pasean por el Parque México, ensuciándolo sin recato.

Las parejas jóvenes de La Condesa han decidido no tener hijos, pero perros sí y varios. Los matrimonios viejos y los solterones y solteronas, cuidan de varios canes y los tratan como personas, hablan con ellos, los visten como gente, les dan de comer lo que come la gente, los llevan a la estética canina como si fueran personas menores de edad, también los atiende el veterinario muy seguido e inclusive existe un par de psicólogos para perros deprimidos.

Antiguamente, decir que alguien llevaba una vida de perro, era algo que daba pena y lástima por esa persona, quería decir que se la pasaba muy mal.

Hoy, en plena era posmoderna, los perros llevan una vida holgada, rica, divertida, protegida, hasta los llevan a la escuela con su entrenador, que utiliza el Parque México como su enorme salón de clase canina.

Los restaurante batallan mucho con sus clientes habituales que se hacen acompañar por su inevitables mascotas caninas, que molestan a los demàs comensales con sus constantes ladridos y sacudidas de pulgas, pero es imposible negqarles la entrada a los perros acompañados de sus dueños porque el negocio fracasaría irremediablemente. Todos tiene perros y los sacan diario a pasear al Parque México y luego a la cafetería de moda: El Toscano.

El detalle más simpático es que se puso de moda hablar con los perros y ponerles nombres propios de personajes reales, lo surrealista de este acto es digno de admirarse. Hay perras que se llaman Mona Lisa, Gioconda, Carmen, Elisa, Beatriz y hay perros que se llaman Mozart, Camilo, Ernesto, Joaquín, Diego, Alonso, Miguel. Cuando un dueño de perro busca a su mascota que se le ha escapado de su control, los gritos desaforados no se hacen esperar: !!Matildeeeeee¡¡ !!Diegooooo¡¡.

Si los propietarios de sus lindos perros se dedicaran a mantener limpia la colonia Condesa, y su bello Parque México, y además contuvieron los deseos enormes de llevarlos a los restaurantes, el resto de los mortales que habitamos o paseamos por ahí seríamos inmensamente felices.

!!Mondo canne¡¡

viernes, 14 de mayo de 2010

Taxi driver.

Los dramas de los taxistas son iguales a los de las personas comunes y corrientes, pero tienen un encanto particular en la forma de narrarlos.

Soy una persona que depende para su movilidad de los taxistas, en cualquier parte donde me encuentre, dirìa que diariamente me trasporto en taxi unas cuatro veces, por lo que me considero un asiduo interlocutor de los choferes de ese servicio pùblico.

Mi condición fìsica de discapacitado, uso muletas, genera en estos choferes una actitud de benevolencia hacia mi persona, lo que hace que automàticamente me interrogen acerca de mis dolencias. Esto nos lleva invariablemente a los temas de la salud, en donde ellos suelen padecer una gran variedad de enfermedades, entre las cuales sobresalen la obesidad, diabetes, alcoholismo, tabaquismo y desnutrición.

La salud y la enfermedad son los tòpicos que màs tocamos con los taxistas. Pero, a veces, los asuntos emocionales son las cuestiones màs urgentes de ventilar.

Los divorcios, las infidelidades, los pleitos por herencias, el abandono de la pareja yel distanciamiento de los hijos,son temas comunes que suelen platicarme a lo largo del trayecto.

El drama màs reciente me tocó escucharlo hace poco. Me subo al taxi y el chofer està llorando amargamente, no puede controlar los sollozos y me relata lo siguiente:

"Señor, me asesinaron a mi hija de veintiocho años dentro de un autobùs urbano para robarle. Dejò a una hija de ocho años huèrfana. Al poco tiempo, mi compadre, padrino de bautiso de la niña huèrfana, llegò a mi casa y en mi ausencia violò a la niña, su ahijada, y tambièn a mi madre anciana. Ambas estan hospitalizadas y no tengo dinero para sacarlas de ahì. Aparte, el dueño del taxi no quiere prestarme el dinero necesario para pagar el hospital. Llevo manejando màs de ocho horas y solamente he podido juntar unos tres dòlares, que no alcanza ni para pagar la cuenta del patròn".

En el trayecto hacia casa de mi hija, el chofer no dejò de llorar y lamentarse de su mala suerte, y me dijo que querìa asesinar a su compadre y suicidarse de inmediato. La vida se le complicaba demasiado para enfrentarla solo.

Despuès de veite minutos de viaje, llegamos al sitio del destino, me bajo del taxi y le entrego un rollo de billetes mexicanos que le alcanzarìan para pagar la cuenta del hospital. El taxista me vio con ojos de agradecimiento y afecto.

No sè si la historia del taxista era verìdica o no, no me importa tanto el dato de veracidad. Yo pienso que era real el relato, eso me dice la experiencia de muchos años como psicoanalista.

La literatura que suelo escribir se nutre de estos magnìficos relatos fictìcios o no, lo estoy relatando ahora de un modo que parece real y convincente.