jueves, 20 de octubre de 2011

Argentina: voto cantado.

Por: Martín Caparrós
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Son días bobos. Nunca, en mi larga/corta vida de votante argentino, ví elecciones tan poco apasionadas como las que sucederán este domingo. Clima gris, tedioso, desinteresado. O, por decirlo claro: hay presidenciales y parece como si jugara River. Son comicios de compromiso, donde nadie espera la menor sorpresa: el resultado está cantado porque el gobierno no tiene rivales y porque hace dos meses convocó a unas primarias en las que no se dirimía ninguna precandidatura pero se establecieron números que, con pocas variantes, se van a repetir este domingo: la doctora Cristina Fernández, peronista, va a salir primera con el 50 por ciento de los votos, y después de ella nadie, y después de nadie quizás el doctor Binner, progresista.

Así que no hay casi campaña, no hay debates en los medios, no hay marchas en las calles; sólo quedan, casi por omisión, los videos en los espacios gratuitos de la tele, que cumplen con la noble función de recordarnos que el domingo hay que hacer cola y, de paso, decir algo –lo menos posible– sobre sus protagonistas.

Aún así, pensé que un paseo por esos relatos era una buena forma de entender quién juega a qué: breve turismo electoral.

La presidenta semirreelecta basó su campaña en una serie llamada “La Fuerza” –como en la Guerra de las Galaxias. La serie, faltaba más, no podía sino empezar con una "Fuerza de Él" –donde todos sabemos que Él no es el dios innombrable de la Biblia ni un muchacho mayúsculo cualquiera ni un apócope de Elebenezer sino Él, el único Él, el Él que ha monopolizado el pronombre personal de tercera persona singular en la Argentina.



La Fuerza de Él fija el tono general: imágenes bonitas, la musiquita épica, su texto sensiblero. Y, por supuesto, los deslices donde cierta verdad asoma el morro: “Cuando uno tiene convicciones no importa ganar o perder”, recita la jefa de un partido que se llama Frente para la Victoria. No Frente de Tales o de Cuales, no Frente para la Igualdad, para la Justicia, para una República Conservadora, para la Conservación de la Flora Intestinal; no, Frente para la Victoria, antes que nada, por encima de todo, la Victoria. "Cuando uno tiene convicciones...", dice.

Después hay otras Fuerzas y, sobre todo, una serie de fuerzas conceptuales: la Fuerza del Trabajo, Futuro, Inclusión, Dignidad, Verdad, Ciencia, Igualdad –entendida, por supuesto, como igualdad de oportunidades conyugales: es curioso cómo, en el discurso kirchnerista, la gran idea revolucionaria de la igualdad social se ha convertido en igualdad de género, un concepto necesario pero tanto menor.

Las Fuerzas son breves, bien presentadas, emotivas, resultonas, patrioteras, ligeramente épicas. Salvo la Juventud, que es muy muy épica:



“Me gusta ver las banderas flameando, me gusta ver cómo cantan el himno. Pónganse a pensar: ¿cuándo nuestra juventud cantaba el himno con la pasión que hoy lo canta…?”, dice Fernández y nos ponemos a pensar: la clásica reescritura kirchnerista de la historia. Porque es sabido que “nuestra juventud” ha cantado muchas veces el himno con la pasión –con la– que hoy lo canta. En general, en situaciones deleznables: cuando la dictadura militar consiguió comprar el Mundial ’78, por ejemplo. O, peor: cuando esa misma dictadura produjo aquella cumbre del argentinismo que fue la invasión a las islas Malvinas. Ese día –esas semanas– millones de jóvenes argentos cantaban el himno con la pasión más desbordante. Alguna vez –cuando la política deje de ser avisos en la tele– habría que volver a discutir los usos de la Patria.

Hasta tanto, una última encarnación de la Fuerza: el relato biográfico, los personajes que sintetizan un proceso. Hay varios: en ellos debería verse el éxito supuesto de un país –que el gobierno se atribuye como si la decisión de convertirnos en un campo sojero hubiera sido suya.



Federico, programador de software, cuenta que se quería ir a Australia porque “se había matado estudiando y el país no le tiraba un centro”. Crítico de Izquierda buscó su curriculum para un artículo muy documentado: http://www.twitlonger.com/show/dkl61i Allí cuenta que el tal Federico estudió en instituciones privadas y caras, que trabajó en un instituto de la Policía Federal y que después tuvo empleos en multinacionales: Accenture, Citi y, últimamente, una compañía Globant que ofrece servicios tercerizados a IBM: el truco de pagar sueldos baratos en el Tercer Mundo por trabajos para el Primero. Nada de lo que un país o un gobierno puedan jactarse demasiado. ¿O sí?

Pero cuando empiezan los problemas oficiales llegan los demás partidos, y sus videos explican por qué este gobierno se va a reelegir como si fuera bueno.



El anuncio es una síntesis de la deriva de los partidos argentinos en los últimos años: la razón por la que van a sacar migajas el domingo. Son partidos que sólo saben subordinarse a este gobierno, existir en función de él, pensarse como “la oposición”. Aquí, sin velos: el candidato radical Ricardo Alfonsín (h) cierra su campaña hablando de cómo va a enfrentar al próximo gobierno peronista. No les habla a los ciudadanos argentinos sino a Cristina Fernández, y en todo su texto no hay una sola línea de proyecto, una idea que no sea pura reacción. Aunque, al final, después de conceder que no puede ganar, el aviso termine proclamando “Ricardo Alfonsín presidente”: hay tics que tienen la piel dura.



¿Por qué en los futuros venturosos siempre sopla el viento? Hermes Binner, el gobernador “socialista” de la provincia de Santa Fe, probable segundo, apela a su gobierno en la provincia para presentarse como una opción tranquila, música de cuerdas en crescendo, “un sueño” que poco a poco avanza. No queda muy claro en qué consiste el sueño: “dignidad, esperanza”, dicen, con la vaguedad del progresismo cuando los vientos bailan. Mientras, desde otras calles, nos soplan pesadillas.



Francisco de Narváez es un empresario riquísimo que, como nació en Colombia, no puede ser candidato a presidente. Pero querría gobernar la provincia de Buenos Aires agitando una Kristallnacht sin camisas pardas, con sólo cabecitas negras convertidos en rompedores de vajillas, hogares, ventanales: la necesidad de un hombre fuerte y una mano dura, sus ofertas. Segurismo a tope.

El trotskismo, en cambio, se pone populista y futbolero para buscar un diputado con un aviso que parece un condensado de la izquierda argentina: bienintencionado, malhecho –y no muy ambicioso.



Hay más, por supuesto, y son tan inanes como éstos. Que sirven, espero, para presentar el panorama de un voto ya cantado. Tanto que, por ejemplo, Perfil, un periódico que aparece sábados y domingos pero suele hacer ediciones especiales los lunes postelectorales, ha decidido publicar esa edición -donde intenta explicar la Argentina que se viene- el mismo domingo a la mañana.

Son días venturosos. Como lo eran los de este bonus track para nostálgicos de los buenos viejos tiempos felices y -como éstos- peronistas:

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