jueves, 2 de febrero de 2012

La derecha mexicana.

El voto del Espíritu Santo
Soledad Loaeza



La verdad es que todo iba bastante bien. Josefina Vázquez Mota había sabido acogerse a la ola de esperanza que se ha levantado en torno de las mujeres que aspiran al Poder Ejecutivo, o que lo ejercen, para ganarse las simpatías de los sectores más modernos de la sociedad, que miran con curiosidad la perspectiva de que una mujer sea elegida presidenta el próximo 1º de julio. A la remota y chocante referencia obligada de Margaret Thatcher –ni modo–, en tres décadas se han sumado mujeres mucho más simpáticas y competentes.

Algunas de ellas francamente maternales, como Violeta Chamorro; otras, en cambio, aguerridas como Benazir Bhutto; una oenegera germana como la inesperada Angela Merkel; una política inteligente e impecable como Michelle Bachelet, y una antigua guerrillera, ahora bien peinada, como Dilma Roussef, para no mencionar a la muy emperifollada Cristina Kirchner. Josefina Vázquez parecía encarnar las cualidades de la mexicana del siglo XXI: una profesionista también madre de familia, que ha sabido desarrollarse como una política profesional, astuta y resistente, tolerante; se decía que sabía escuchar, que tenía buen juicio para rodearse de buenos colaboradores.

No, si todo iba muy bien, y de repente, el precipicio. Su verdadero yo le ganó a la aspirante panista, y el pasado martes 31 de enero, como si alguien hubiera gritado ¡Fuera máscaras!, Josefina Vázquez pidió a los militantes de su partido “que estemos todos muy temprano. Primero misa y luego votar. Yo les pido que vayan a misa a las 8 y luego a votar” (Guadalupe Irízar, “Pide Josefina ir a misa y luego a votar”, Reforma, 31/1/12).


¿Qué es eso de invitar a misa primero y luego a la urna de votación? ¿Supone Josefina que los militantes encontrarán en la homilía dominical las razones del voto? ¿Ya no recuerda que durante décadas uno de los argumentos en contra del voto femenino fue que estaría manipulado por los sacerdotes en el confesionario o desde el púlpito, y que semejante invitación por boca de una mujer sugiere esa influencia? ¿Espera que el mensaje del sacerdote a los fieles incluya algún tipo de sugerencia o instrucción? ¿Supone que para no equivocarnos a la hora de votar lo mejor es rezar tres avemarías? ¿O será que Josefina confía en que el Espíritu Santo está con ella y que iluminará a los militantes panistas para que voten por ella? ¿No debería intervenir el IFE para evitar que un Señor de tan Gran Poder induzca en forma indebida el voto de los militantes? ¿O será que Josefina ve la cosa tan fea que piensa que le urge la ayuda celestial?

La invitación de marras es una contundente refutación a quienes creíamos que el PAN no era un partido confesional, sino una organización política crecientemente plural desde el punto de vista religioso. De hecho, el exhorto de Josefina tiene un dejo cavernario, en el que resuenan los ecos de una sociedad que creíamos desaparecida y que ella, con muchos de sus correligionarios, parece empeñada en invocar y en reanimar. Pero ¿qué tanto estamos dispuestos, la mayoría de los mexicanos, a abandonar los principios del Estado laico para entregarnos con los ojos cerrados a la Iglesia católica, a los dictados de la fe religiosa? Las reacciones adversas a la modificación del artículo 24 constitucional confirman que el tema religioso es entre nosotros divisivo, y que el Papa puede venir a México cuantas veces quiera, que no habrá de modificar actitudes que se formaron hace décadas, al ritmo de transformación de la sociedad.


Es sorprendente que el gobierno haya decidido emprender una ofensiva contra la laicidad del Estado en la atmósfera de creciente descontento con las políticas económica y de seguridad que se ha instalado entre nosotros. Pero a pesar de que tiene tanto quehacer se lanzó en una dirección que lo único que promete son más piedras en el camino de salida. Bernardo Barranco sostiene que hay un nuevo anticlericalismo en México (La Jornada, 1/2/12) que no tiene que ver con la historia, como se empeñan en presentarlo los panistas ultramontanos, sino con la realidad de una sociedad plural y diversa que se ha modernizado y que ahora los católicos en el poder pretenden detener. Sin embargo, pierden de vista que lo último que busca esa sociedad es la tutela del Vaticano, ya no digamos la del obispo de Ecatepec. Y, como sugiere Barranco, lo único que están logrando con esta ofensiva que está tan fuera de lugar es provocar el distanciamiento de católicos que quieren seguir creyendo, incluso si al mismo tiempo asumen y viven los cambios de la vida moderna.

Una de las lecciones que se derivan de la Encuesta Mundial de Valores de Ronald Inglehart y otros investigadores es que los mexicanos consideramos que nuestras creencias y prácticas religiosas son un asunto privado y no tienen por qué ser utilizadas por los poderosos, ya sea que estemos hablando de políticos con sotana o sin ella. De tal manera que las implicaciones de la propuesta del Presidente a los senadores panistas, de empujar la reforma al artículo 24 constitucional para que esté aprobada cuando Benedicto XVI aterrice en territorio mexicano, son profundamente ofensivas para quienes pensamos que su verdadero objetivo es interferir en capítulos íntimos de nuestra vida personal, por ejemplo, en materia de planificación familiar o de interrupción voluntaria del embarazo, y en asuntos públicos como la educación.

Es posible que la invitación de Josefina nada tenga que ver con la batalla en torno del artículo 24; pero es inevitable que la leamos como parte del paquete panista de reformas constitucionales que buscan para el próximo 1º de julio, ya no digamos el apoyo del Papa, sino el voto del Espíritu Santo, que buena falta les va a hacer.

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