Un encuentro con Juan Rulfo en México
Por: José Luis Merino
.Juan Rulfo (1918 - 1986)
Una tarde de otoño de 1970 mantuve en México un encuentro con Juan Rulfo. El autor de adoloridos relatos como El llano en llamas (1953), y la impresionante novela corta Pedro Páramo (1955), me recibió en el Instituto Indigenista del Distrito Federal de la capital azteca. Pasamos a la sala de juntas. La conversación discurrió por cauces normales, hasta que llegó la última pregunta. En ese momento, mi interlocutor dijo de improviso, “me llaman por teléfono”, y salió precipitadamente...
Quedé desconcertado, sin comprender la razón de su intempestiva marcha. En aquella sala no había teléfono alguno a la vista. La pregunta que provocó su salida fue la siguiente: “perdóneme que sea algo brusco y no sé si entrometido, pero le aseguro que somos muchos los que admiramos su obra y nos preguntamos por qué lleva tantos años sin escribir ni publicar”.
Pasados quince minutos, contados uno a uno, volvió Rulfo. Mientras daba cuerpo a su respuesta iba derramando ceniza sobre su realidad escrituraria: “Yo creo que en mi caso lo tratado hasta ahora es un principio. Es tal vez verdad aquello de que una obra no sea más que un fragmento de lo que un autor quiso decir. Claro, si los demás dicen que en esa obra se completó un ciclo, una determinada etapa, tal vez el autor se puede desorientar.
Esto le puede llevar a seguir rodando por esas sendas, como a intentar buscar otras. Ya he dicho que en mi caso lo tratado hasta ahora es un principio; sin embargo, me detuvieron allí, y me dijeron: ‘bueno, hasta allí éste quedó liquidado; acabó una fase, tiene que seguir la siguiente’... Desgraciadamente, hay personas que nos dejamos influir mucho por lo que se dice, por lo que dicen los demás. Aunque no soy de esas personas, porque casi no me oriento por las opiniones ajenas, sino por mis propias convicciones. Trato, simplemente, como es natural, de ver que yo no he agotado todo lo que quería decir. Yo siento que todavía tengo cosas que decir; quiero que no me dejen con la palabra en la boca o hablando solo. También puede suceder, en caso de que yo insistiera en tratar los temas rurales, que son los que he tocado hasta ahorita, puede suceder que digan por ahí que la literatura urbana ha desplazado a la literatura rural, porque está liquidado el problema de lo rural.
En América Latina, y en especial en México, el problema rural es uno de los difíciles de resolver, justamente porque es donde están las causas más grandes de la miseria y subdesarrollo. Yo no estoy planteando soluciones ni denunciando hechos. Lo que puedo hacer es dar testimonio de que existen esos hechos. Tengo algunas cosas que todavía no he publicado, porque no trata de esos mismos temas de mi obra anterior, pero sí están ubicados en esos mismos ambientes, se desarrollan lejos de la ciudad. Y están sin publicar, tal vez, por ese temor a que digan: ese señor nos está dando la misma cosa, nada más que con otra forma”.
Lo dijo un hombre triste como una pared de adobe, en apretada y flébil defensa de sí mismo. Luego se ofreció para llevarme en su automóvil hasta mi hotel. Invirtió más de una hora de volante. Tras la despedida, sentí que con él iba lo más parecido al desgarrón de una estrella.
A partir de su muerte, se supo que no había dejado nada escrito, con la excepción del prodigio de lo ya publicado. Para Jorge Luis Borges, Pedro Paramo es una de las mejores novelas de la literatura en lengua hispánica, y aún de la literatura.
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