Francis Galton pasaría hoy por un viejo verde. Un tipo añoso, ceñudo y con patillas de escoba, que mira a las mujeres, mientras manipulaba un bulto en su bolsillo, hoy acabaría en el cuartelillo por conducta rijosa y machista. Y, sin embargo, si esa estampa a caballo entre Dickens y Torrente hubiese dado con su osamenta en cursillos de reeducación, la ciencia habría perdido a uno de sus practicantes más originales.
Galton, de cuya muerte se cumple este año el centenario, fue un hombre con un lema: “Siempre que puedas, cuenta”. Y lo hizo. Tantos campos de la ciencia cultivó que no caben en esta columna, pero siempre contó.
A él le debemos la regresión estadística, la desviaciónestándar y el uso empírico de la campana de Gauss. Inventó unas gafas de bucear, describió el anticiclón, publicó el primer mapa del tiempo en The Times, le afeó algún error a Darwin, definió la ciencia forense de la huella dactilar y probó estadísticamente que la oración no alargaba la vida de aquellos por los que se rezaba. En su lado negro, Galton creó la eugenesia, pero en su entusiasmo por aquel producto netamente victoriano le acompañaron coetáneos libres de cargos como H. G. Wells, George Bernard Shaw o John Maynard Keynes.
¿Qué hacía, pues, este notable heterodoxo mirando mujeres con la mano en el bolsillo? Pues lo que cualquier viejo verde: valorar su atractivo. Aunque, en su caso, lo que manipulaba era una aguja con la que perforaba un papel según la mujer fuera más o menos “atractiva” o “repelente”. Luego, contó y creó el primer (¿único?) mapa de la belleza femenina en Gran Bretaña. Londres ganó por goleada. Es probable que las escocesas de Aberdeen no celebren el centenario de Galton.
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