martes, 2 de agosto de 2011

Noruega, Sangre en el paraíso.

Noruega. Sangre en el paraíso: “Vengan a jugar conmigo”
Crónica del día más trágico de la historia contemporánea del país nórdico, producto de los ataques de un joven xenófobo que se opone a “la invasión musulmana de Europa”.


BRUSELAS, Bel.- Un estallido rompió la quietud de Oslo al atardecer del viernes 22 de julio. Fue en la Plaza Nygaardsvolds, ubicada en la mayor zona política y económica de la capital. Más tarde, se vivió otra conmoción en Utoya, una pequeña isla ubicada a 40 kilómetros de Oslo. No se había escuchado nada así desde la invasión nazi de abril de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial. El hecho sorprendió a todos debido a la calma con que se desenvuelve normalmente la vida en Noruega. Los 76 muertos resultantes pondrían de manifiesto la realidad xenofóbica de algunos sectores europeos.

A las 15:21 horas de ese viernes las alertas de la policía noruega, que generalmente va desarmada por las calles, se encendieron. Un coche bomba colmado con carga explosiva había detonado en el área conocida como “el barrio ministerial”, ubicado en el centro de la capital noruega, justo frente a las oficinas del Primer Ministro, Jens Stoltenberg —perteneciente al Partido Laborista (PL)—, sin que éste se encontrara en su interior. La potencia de la explosión mató a ocho personas y destruyó por completo dos de las 17 plantas que componen las oficinas de Stoltenberg. Además, causó severos daños en las sedes de los ministerios de Finanzas y del Petróleo, así como en el edificio del tabloide noruego Verdens Gang.

Como si no fuera suficiente, minutos más tarde la policía recibía una segunda serie de llamadas. Esta vez provenían de la paradisiaca isla de Utoya, al noroeste de Oslo, en donde se llevaba a cabo un tradicional campamento de verano del PL noruego al que asistían 700 jóvenes de entre 16 y 22 años de edad, al cual el propio Primer Ministro tenía planeado asistir al día siguiente. Según narraban las llamadas de auxilio, un hombre vestido de policía disparaba con un arma larga a toda persona que encontraba a su paso. El ataque, perpetrado con balas expansivas, dejó 68 muertos. El bombazo en Oslo pareció una maniobra de distracción para la masacre en Utoya.

Tras conocerse las primeras informaciones, y como ha sido costumbre desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, El País, la BBC y The New York Times (NYT) especularon sobre un doble atentado islamista. “Noruega había recibido amenazas de islamistas radicales por su implicación en la guerra de Afganistán y su participación en la campaña militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Libia”, señalaba el diario español. A su vez, la cadena informativa británica aventuraba la tarde de ese mismo día que “desde 2001 Noruega ha integrado en Afganistán la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad y por lo tanto ha sido vista por muchos musulmanes como un ‘cruzado’ en guerra con el Islam”. El NYT, por su parte, publicó que un grupo islamista radical denominado Ansar al-Yihad al-Alami se había atribuído los dos ataques.


Un grupo de mexicanos se encontraba de vacaciones en el país nórdico. “Al escuchar el estruendo se sintió como un terremoto”, contó en entrevista para M Semanal desde la capital noruega Luis Enrique Gómez Verdejo, quien en el momento del atentado se encontraba en una tienda a unos metros del lugar de la explosión. “El movimiento sólo duró como dos segundos. Al salir de la tienda y caminar por el centro observé que muchas ventanas estaban estrelladas y rotas. La gente se asustó mucho. Al principio no sabíamos qué había pasado. Se veía humo en las calles”, relató Luis, quien se alojaba con su familia en un hotel frente al Parlamento noruego.

Unos segundos después, el joven de 19 años, quien dijo ser originario de la zona metropolitana del Distrito Federal, decidió tomar su iPhone y salir a la calle. En el video, que subió minutos más tarde a YouTube, se puede observar a un grupo de personas que caminan confusas sobre una alfombra de metal, vidrio, hojas y palos sobre la calle Grubbegata, donde se encuentran las oficinas del Primer Ministro.

Luis captó el rostro de asombro de los turistas y la impasibilidad de los habitantes. “¡En la madre!”, expresó al pasar justo donde debió haber estado minutos antes el coche-bomba, del cual no quedó rastro. Unos pasos más adelante se ve a un grupo de personas que ayudaban a un herido junto a lo que pudo haber sido una fuente. “Más de la mitad de las personas estaban hablando por teléfono, asustadas”, indicó el joven. Según Luis, la policía tardó alrededor de una hora en acordonar la zona mientras el Ejército, nunca antes visto en las calles de la ciudad en tiempos de paz, custodiaba el Palacio Real, ubicado a unos metros del lugar de la explosión. Informaciones de la policía de este país, que cuenta con cinco millones de habitantes, darían a conocer que la detonación de Oslo, capital con algo más de medio millón de habitantes, se había logrado al utilizar una mezcla de fertilizante químico comprimido.

Minutos después del ataque y aprovechando la confusión en la capital, un hombre vestido como policía llegó al embarcadero del lago Tyrifjorden. Abordó el ferry para cruzar a la isla de Utoya, de no más de un kilómetro cuadrado de extensión. En la embarcación viajaba también Mónica Boesei, una voluntaria que asistía a la asamblea de las juventudes del PL, reunión que cumplía 29 años de llevarse a cabo y en la que tradicionalmente se forman los futuros socialdemócratas. A la mujer le pareció raro que un policía visitara la isla. Le cuestionó si había escuchado del bombazo en Oslo. El hombre le dijo que su visita era una revisión de seguridad de rutina. Ambos llegaron al embarcadero de la isla junto a los demás pasajeros.

Una vez en Utoya, el hombre llamó a los chicos de entre 16 y 22 años que se encontraban cerca, “acérquense, tengo información importante”, dijo. Sospechando, Mónica se acercó al único otro guardia de seguridad que estaba en el lugar cuando, en una escena extraída de una novela nórdica negra, el hombre empuñó su rifle y gritó: “Este es su último día, los voy a matar a todos, hijos del diablo”, y abrió fuego a mansalva. Las balas alcanzaron a Mónica y al otro guardia, quienes murieron al instante.

El hombre se movió buscando más jóvenes. Cruzó el edificio de conferencias, luego el edificio principal hasta la zona de campamento, dejando cuerpos regados a su paso. “Yo y otros dos compañeros nos quedamos tumbados boca abajo. Sobrevivimos por los cuerpos que pudimos ponernos encima y fingir que estábamos muertos”, contó a la prensa Adrian Pracón, de 21 años, quien recibió un balazo en el hombro. “Podía sentir su respiración; podía oír sus botas”. Mientras cientos de chicos huían el hombre disparaba indiscriminadamente y les gritaba: “Vengan a jugar conmigo, no sean tímidos”.

Muchos de los jóvenes sí se acercaron al hombre uniformado, creyendo que venía a auxiliarlos. Entonces les disparaba. Al percatarse de la balacera algunos decidieron arrojarse al agua helada e intentar nadar hacia la orilla. “Prefería morir ahogada que por un tiro. Me quité la ropa y empecé a nadar”, relató la joven Khamshajing Gunaratnam, de 22 años. No todos pudieron recorrer a nado los 620 metros que separan la isla de la orilla del lago, y unos más fueron alcanzados en el agua por el tirador durante su huida.

Las llamadas de emergencia desde Utoya ya se producían; algunos jóvenes desesperados preguntaban por qué los servicios de emergencia no llegaban al lugar; los habitantes del poblado de Sundvollen, ubicado a la orilla del gran lago, decidieron ayudar con algunas embarcaciones para rescatar a quienes regresaban nadando. Para entonces un helicóptero de la televisión noruega ya sobrevolaba la isla y captaba al hombre que para entonces caminaba entre cuerpos. Las imágenes revelaron sus rasgos físicos: joven, de 1.90 de estatura, de complexión fuerte y rubio. Ningún musulmán.

La que fue calificada como “la mayor y más sangrienta tragedia vivida en Noruega”, duró 90 minutos y dejó 73 muertos. La policía llegó a las 18:15 horas, según narró a su madre Julie Bremnes, de 16 años; casi una hora después de iniciado el incidente. Hasta el momento no está claro cómo fue detenido el asesino, pero algunas versiones periodística apuntan a que el sospechoso fue sometido con gases lacrimógenos mientras otras señalan que él mismo se entregó. La madre de Julie le envió un mensaje a su hija, que se escondía detrás de unas piedras, a las 19:01 horas: “Ya lo capturaron”.

A pesar de que Anders Behring Breivik, de 32 años, se dijera autor de la masacre, no se declaró culpable. En su primera declaración aseguró tener contacto con dos células extremistas. Breivik se ha comunicado a través de su abogado, Geir Lippestad, famoso por defender neonazis. Lippestad declaró que su cliente no se siente arrepentido y dijo que “lo había hecho para salvar a Europa del Islam”. Agregó que el objetivo de su cliente era castigar a los socialdemócratas por importar musulmanes. Además, sostuvo que los sangrientos atentados eran necesarios para salvar a Noruega y a Europa Occidental. “Son hechos horrendos, pero eran necesarios”, dijo, en voz de su abogado.

Breivik fue descrito como un ultranacionalista que odiaba a muerte el Islam y el mestizaje cultural. En su cuenta de Facebook era hasta hace dos semanas un granjero, se definía como políticamente conservador y se decía admirador de George Orwell y de Kafka, además de John Stuart Mill. Aparte de hacer uso de las redes sociales para alimentar su narcisismo mediante fotos donde se muestra un hombre atlético, joven, bien vestido y educado, Breivik era frecuente forista de “document.no” y otras páginas usadas para alertar contra la invasión de Europa, en general, y de Noruega, en particular, por extranjeros, incluidos los musulmanes. “Dígame un país donde los musulmanes hayan convivido pacíficamente con los no musulmanes”, escribía hace unos meses.

Breivik fue miembro del derechista Partido del Progreso hasta el año 2000, y plasmó su forma de pensar en un manifiesto de mil 500 páginas titulado “2083: Una declaración de independencia europea”, subido a internet antes del atentado y donde explica por qué es necesario iniciar una cruzada contra la “invasión musulmana a Europa”. Llama la atención, sobre todo, la última parte del texto, en donde a manera de diario, relata su macabro plan.

El dedo señalaba a los grupos de ultraderecha, que han esparcido su pensamiento xenófobo no sólo en los países nórdicos sino en gran parte del viejo continente. Analistas como Johan Galtung, un reconocido sociólogo noruego que ha dedicado su vida a los estudios sobre la paz, cree que “las ideas que hay detrás de la matanza es preciso confrontarlas, no ignorarlas”, declaró a El País. “La solución fácil es psiquiatrizar lo ocurrido, ver a Breivik como un loco con una adolescencia complicada. Pero entonces se pierden las ideas detrás de su acto, que están en el manifiesto que ha escrito y que están diseminadas en toda Europa”, sostiene Galtung, a lo que el reportero le cuestiona: “¿Cuáles son?”. “Que hay una guerra civil entre cristianismo e Islam; que lo más peligroso para Europa es la multiculturalidad, que el Islam penetre bajo el paraguas de la tolerancia. También propugna que hay que expulsar a los musulmanes pagándoles 25 mil euros y que, si no aceptan, hay que matarlos. Es como Hitler, pero con los musulmanes. Por último, habla del ‘marxismo cultural’, al que considera traidor y que está encarnado por la socialdemocracia”, concluye.

Luego de una marcha el lunes 25 de julio en Oslo —donde se entrega cada año el Premio Nobel de la Paz—, que reunió a más de 100 mil personas que portaban una rosa en la mano, se difundió que Breivik podría alcanzar por sus actos una pena de tan sólo 21 años de prisión. Si la justicia noruega logra condenarlo por crímenes contra la humanidad, alcanzaría, a lo más, 30 años de cárcel.

El manifiesto de Breivik y México
Anders Behring Breivik convocó a una revolución conservadora, nacionalista y antimarxista en un manifiesto de mil 500 páginas titulado “2083: Una declaración de independencia europea”, el cual subió a internet antes del atentado. En ese documento existe, además, una mención a México en la página mil 484: Breivik estudió al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) de Chiapas para entender cómo funcionan las revoluciones de izquierda y adaptar estrategias para su propio movimiento extremista. El noruego examinó el levantamiento zapatista como un ejemplo de lo que define como “una revolución ordinaria contemporánea”, que ocurre a pesar de la nula posibilidad de cambio.

Breivik, quien afirmó haber “tenido el privilegio” de visitar México y otros 23 países, incluye en su bibliografía un artículo titulado “Marcos y la guerrilla del EZLN en Chiapas”, de la investigadora mexicana Luisa Ortiz Pérez. En breve conversación desde México, Ortiz Pérez asegura sentirse sorprendida, pero no extrañada: “Son textos académicos. No siento agresión con que me cite; lo que lamento es que ponga al EZLN como una organización extremista. Este hombre buscó cosas que no existían”, comenta Ortiz a este semanario. (Julio Godínez)

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