¿Premiar por estudiar?
“Te regalo una moto si apruebas todo el curso”. ¿Os suena de algo? ¿Habéis oído esa frasecita? Peor aún, ¿la habéis pronunciado? Mil perdones, pero debo decir que, normalmente, es un gran error, y que me disculpen también los fabricantes de motos, los motoristas, los mecánicos de motos e incluso William S. Harley y su amigo Arthur Davidson en persona.
Utilizo la moto como símbolo. No tengo nada contra las motos conducidas como si fueran skateboards
en el Paseo de la Castellana, de Madrid, por estudiantes de
Bachillerato, como tampoco contra los coches deportivos de color rojo en
manos de chicos de 18 años y un mes. Pobres motos y pobres coches.
Pero, dejando a salvo posibles excepciones, lo tengo, y mucho, contra el trasfondo educativo que hay en esas situaciones.
Cuando los padres utilizan la moto (insisto, como símbolo) como premio, convendría que tuvieran en cuenta esta especie de diez mandamientos sobre
el arte de premiar conductas adecuadas, con el fin de que los premios,
en lugar de ser perniciosos, sirvan de refuerzo de los comportamientos
positivos:
- Explicar las razones concretas del premio (no dejarlas en la niebla de una conducta general).
- Premiar más pronto que tarde (el retraso diluye el vínculo con la conducta premiada).
- Premiar algo realmente destacado dentro del contexto general (no cualquier cosa, aunque sea positiva).
- Premiar más bien pocas que muchas veces (los premios continuos se perjudican unos a otros en su respectiva capacidad de refuerzo).
- Premiar con algo que sea apreciado por el premiado (no solo por el premiador).
- Premiar con algo que no sea considerado negativo por el premiador (aunque sea deseado por el premiado).
- Premiar especialmente las conductas que supongan un cambio a mejor (más que las rutinarias, aunque puedan ser positivas: esas no necesitan apenas refuerzo).
- No incumplir jamás la concesión de un premio cuando se cumplan las condiciones preestablecidas.
- Distinguir las situaciones en las que un reconocimiento sincero tiene igual o más valor que un premio material.
- Premiar de forma ponderada (no dar premios exagerados por conductas normales o incluso exigibles).
A
la luz de esta decena de pautas, la mayoría bastante reconocidas por
todos a poco que las piensen, creo que podremos mirar de otra manera la
situación en la que los padres (generalmente el padre) le prometen una
moto a un chico de 17 o 18 años simplemente por aprobar (habrá ocasiones
en las que solo aprobar ya es muy meritorio, pero no son, ni mucho
menos, la mayoría).
En términos generales, prometer una moto a un chico o una chica para que haga aquello que tiene obligación de hacer incumple
sobre todo el punto 10 y el 3, y probablemente también el 6 y el 7. Si a
ellos sumamos que, a menudo, la razón de la moto de un joven es
simplemente que su amigo o su amiga ya la tienen, hay que reconocer que
la moto puede ser cualquier cosa, menos un premio razonable. En muchos casos se ha convertido en una especie de derecho básico de la juventud. Lo
cual es una aberración. Todo ello, sin contar con la cuestionable
capacidad de conducir con sensatez y sin sobrevalorarse de muchos
adolescentes, que raramente llega a ser de aprobado raspado.
Dejando
aparte el motorismo deportivo, el síndrome de la moto adolescente es
una moda, una tendencia, un sueño juvenil, una exigencia filial o todo
lo que se quiera, pero, desde luego, en la mayoría de los casos, no es precisamente un acierto educativo.
Con el permiso de nuestros campeones mundiales y de los numerosos aficionados al género.
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