La leyenda del papa Francisco
En Buenos Aires flota por todas partes un aire de triunfo casi mundialista
Leila Guerriero
Buenos Aires
14 MAR 2013 - 20:18 CET18
El papa Francisco (centro) saluda este miércoles en la basílica Santa María la Mayor de Roma. / CIRO FUSCO (EFE)
Las leyendas no suelen tener muchos matices. Se cocinan en base a
héroes monolíticos o villanos minuciosos, y no admiten otros
ingredientes. El miércoles, a las nueve de la noche, un taxista que
recorría la avenida Las Heras, en el barrio Norte de la ciudad de Buenos
Aires, daba cuenta de una leyenda recién salida del horno: “Se fue a
Roma en clase turista y cruzó la plaza del Vaticano caminando, con un
maletín y sin custodia”. Ya desde la tarde, apenas después de conocido el nombre del nuevo Papa,
las radios, los diarios y los canales de televisión rastreaban a amigos
de la infancia, vecinos, sobrinos y primeras novias y, entrevista tras
entrevista, la leyenda, simple, pródiga, se afianzaba: que el hombre
llamado Jorge Bergoglio,
que había partido desde la Argentina con rumbo a Roma para participar
del cónclave para la elección del nuevo papa, había dicho “recen para
que vuelva”; que antes de viajar alguien le había comprado zapatos
decentes porque los que tenía estaban en los huesos; que aún siendo
arzobispo de Buenos Aires no viajaba en auto con chofer sino en
subterráneo; que entraba caminando en barrios peligrosos; que no usaba
reproductor de cd y escuchaba, por ejemplo, a Edith Piaff en casette.
Desde el miércoles, en la Argentina se habla del nuevo Papa como si se
tratara de un logro nacional. Se ensalza su figura de hombre humilde y
austero, los diarios utilizan con generosidad —más bien inédita— el
término “latinoamericano” aplicado a lo argentino, y circulan los
chistes previsibles: que esta es la confirmación de que Dios es
argentino y que ahora, con Messi
y el Papa, quién nos para. Se menciona el fuerte apoyo de Bergoglio a
los llamados “curas villeros”, que trabajan en barrios muy pobres; se
recuerda que, para Semana Santa, lavaba los pies de reclusos y adictos
en rehabilitación, y, claro, se repasa su enfrentamiento con el
Gobierno, que comenzó durante la presidencia de Néstor Kirchner y
continuó durante el mandato de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En 2010, el año del Bicentenario, Bergoglio dijo, durante el Te Deum
tradicional del 25 de mayo, al que la presidenta nunca asistió, que “la
Patria es un don, la Nación una tarea que merece un clima social y
espiritual distinto al que estamos viviendo que nos permitan superar el
estado de permanente confrontación”.
Aunque no se lo tiene por un sacerdote ultraconservador (ente otras cosas, su cercanía con quienes trabajan en las villas y su oposición a sectores ultraderechistas de la iglesia fueron notorias), tampoco parece todo lo contrario, y una de las manifestaciones más fuertes de su enfrentamiento con el Gobierno ocurrió cuando se opuso a la ley de matrimonio igualitario con frases como esta: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”. Pero las leyendas no tienen matices: no los necesitan. Y menos cuando esos matices son un poco incómodos, como los que mencionan su actuación durante la dictadura militar en el caso de dos sacerdotes jesuitas, Orlando Yorio y Francisco Jalics, que trabajaban en barriadas pobres y a quienes su orden les retiró la protección. Los sacerdotes fueron secuestrados y torturados durante cinco meses del año 1976 pero, confrontado con el tema, Bergoglio dijo que, al contrario, había ayudado, durante aquellos años, a muchos de sus pares en problemas. La sola mención del asunto pone incómodos a muchos —muchos: políticos, miembros de la iglesia, amigos—, pero a Miriam, la encargada de un edificio del barrio de Villa Crespo, le interesa muy poco.
El miércoles en la tarde, cuando supo que Bergoglio había mutado en Francisco, empezó a llorar y a gritar “¡Ganamos!”, aunque ni siquiera es católica practicante. Por todas partes flota un aire de triunfo casi mundialista, atravesado por un misticismo pudoroso: como si el país entero hubiera hecho un gol, pero con todo respeto y en la catedral. Y el aire de triunfo llega lejos: Nicolás Maduro, presidente encargado de Venezuela, sugirió que Chávez había influido sobre Cristo para que hubiera un Papa sudamericano, probablemente olvidando que Bergoglio está enfrentado con uno de los gobiernos más cercanos al de su país y que, por tanto, quizás también hubiera sido un dolor de cabeza para Chávez. Pero Francisco parece ser, sobre todo, antes que nada, el primer Papa latinoamericano de la historia. Un título que tiene todo lo que se necesita para ser, desde el principio y hasta el fin, una leyenda monolítica.
Aunque no se lo tiene por un sacerdote ultraconservador (ente otras cosas, su cercanía con quienes trabajan en las villas y su oposición a sectores ultraderechistas de la iglesia fueron notorias), tampoco parece todo lo contrario, y una de las manifestaciones más fuertes de su enfrentamiento con el Gobierno ocurrió cuando se opuso a la ley de matrimonio igualitario con frases como esta: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”. Pero las leyendas no tienen matices: no los necesitan. Y menos cuando esos matices son un poco incómodos, como los que mencionan su actuación durante la dictadura militar en el caso de dos sacerdotes jesuitas, Orlando Yorio y Francisco Jalics, que trabajaban en barriadas pobres y a quienes su orden les retiró la protección. Los sacerdotes fueron secuestrados y torturados durante cinco meses del año 1976 pero, confrontado con el tema, Bergoglio dijo que, al contrario, había ayudado, durante aquellos años, a muchos de sus pares en problemas. La sola mención del asunto pone incómodos a muchos —muchos: políticos, miembros de la iglesia, amigos—, pero a Miriam, la encargada de un edificio del barrio de Villa Crespo, le interesa muy poco.
El miércoles en la tarde, cuando supo que Bergoglio había mutado en Francisco, empezó a llorar y a gritar “¡Ganamos!”, aunque ni siquiera es católica practicante. Por todas partes flota un aire de triunfo casi mundialista, atravesado por un misticismo pudoroso: como si el país entero hubiera hecho un gol, pero con todo respeto y en la catedral. Y el aire de triunfo llega lejos: Nicolás Maduro, presidente encargado de Venezuela, sugirió que Chávez había influido sobre Cristo para que hubiera un Papa sudamericano, probablemente olvidando que Bergoglio está enfrentado con uno de los gobiernos más cercanos al de su país y que, por tanto, quizás también hubiera sido un dolor de cabeza para Chávez. Pero Francisco parece ser, sobre todo, antes que nada, el primer Papa latinoamericano de la historia. Un título que tiene todo lo que se necesita para ser, desde el principio y hasta el fin, una leyenda monolítica.
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