En la práctica del arte de la Medicina, la adecuada relación médico-paciente es vital para asegurar un clima de confianza que permita el mejor bienestar psicológico del enfermo y los mejores resultados clínicos.
En la actualidad los sistemas de salud se preocupan más del rendimiento del médico que de la calidad de la prestación. Se miden bajo distintos parámetros los números de consultas / hora, la cantidad de procedimientos y cirugías, pero es muy difícil valorar lo intangible que es el bienestar profundo del ser humano que sufre y al que, le tocó la desgracia de ser portador de una enfermedad maligna probablemente mortal.
Evidentemente, la forma de relacionarse con el paciente está muy influenciada por la cultura de nuestra sociedad, que aunque se considera bastante liberal, enfrenta con precariedad el área de las malas noticias.
Como cirujano especialista en oncología, los pacientes nos son referidos por otros colegas, que se inhiben de comunicarle al paciente el resultado de su evaluación clínica que concluyó con la existencia de una enfermedad tumoral.
Entonces sentados frente al ser humano doliente, después de haberlo examinado y revisado sus exámenes, lo miramos a los ojos intentando indagar en silencio el grado de conocimiento que tiene de su enfermedad; con frecuencia, los familiares nos han señalado al ingresar a la consulta o durante la misma a través de algunos gestos, que no desean que su pariente se entere de su condición.
Siempre, en ese momento, reaparecen en mi mente las imágenes de lo experimentado en Francia, donde el médico a solas con su paciente le explicaba las características de la situación, las alternativas de tratamiento, los porcentajes probables de curación y por ende de sobrevida.
Pero, heme aquí, enfrentado a un desconocido que ignora su destino y que, a veces, será confundido en la comprensión y en la vital toma de decisiones, por parientes que, opinaran a destajo, con una mínima información al respecto. Incluso, intereses desconocidos, intenciones ocultas pueden estar influyendo en la postura de algunos parientes, situación desconocida, por supuesto, por el tratante.
Le pregunto tranquilamente ¿Qué sabe Ud. de su enfermedad?
Me mira y generalmente me contesta: No sé bien pero el médico que me derivó me dijo que Ud. me explicaría. En ese momento, me enfrento a una situación relevante para el futuro del paciente. En el poco tiempo disponible deberé explicarle lo esencial, para que el enfermo, en virtud de sus derechos decida libremente las posibilidades que les serán planteadas.
Estamos enfrentados a comunicar noticias que impactarán notablemente el núcleo existencial y el estado anímico del sujeto y para ello debemos inspirar confianza e intentar crear un ambiente de seguridad, paz y tranquilidad. La comunicación no verbal del médico y el conocimiento profundo de su especialidad serán muy importantes para que el paciente tenga la posibilidad de escoger la alternativa terapéutica que llene sus expectativas. Muchas veces lo citamos para una segunda sesión, y así, en ese instante, concretar la decisión final.
No es inusual que la situación clínica del enfermo sea crítica y no tenga alternativas terapéuticas curativas. ¿Cómo explicarle que tendrá pocos meses de vida?
Es difícil dar normas precisas, porque aunque los derechos del paciente han sido el motivo de sendas conferencias y de muchas publicaciones, las consideraciones éticas se entremezclan con aspectos de la cultura local.
El enfermo deberá estar informado de su situación y el tratante sabrá entregar con criterio, discreción y confidencialidad un mensaje veraz que contribuya al bienestar del paciente, sin agobiarlo y sin entorpecer el camino futuro, que en caso de ser una enfermedad terminal, también puede ser una senda de crecimiento personal. En este momento del proceso, deberemos conducir con paciencia la relación con la familia, para que ella, ayude a su ser querido a lograr las mejores condiciones.
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