jueves, 27 de junio de 2013

Brasil. solo fútbol

Brasil cumple con su papel

La Canarinha hace valer su versión más bregadora y llega a la final tras derrotar con un gol postrero de Paulinho a Uruguay (2-1)

Forlán falla un penalti y Neymar está muy difuminado

Paulinho marca el gol de la victoria ante Uruguay. / CHRISTOPHE SIMON (AFP)

Brasil ya pide rival en Maracaná, de donde ayer cerró el paso a Uruguay. Lo hizo con apuros, al límite, tras un encuentro cerrado y nada poético. En Belo Horinzonte esta vez no hubo maracanazo previo y los brasileños lograron su propósito clavado a fuego, alcanzar la final por cualquier atajo, aunque sea sin fútbol de por medio. Uruguay resistió con los dientes apretados, con ese encomiable voluntarismo que le resalta, pero no le fue suficiente y quién sabe cuánto pagó por el penalti errado por Forlán al inicio del duelo. Paulinho, finalmente, le venció a unos minutos de la prórroga tras un saque de esquina lanzado por Neymar, que ayer se quedó sin gol y sin apenas focos. La espesura del encuentro le devoró, pese a su participación en las dos dianas canarinhas.En este Brasil utilitarista, su estrella es un forastero.

BRASIL, 2 - URUGUAY, 1

Brasil: Julio César; Dani Alves, David Luiz, Thiago Silva, Marcelo; Luiz Gustavo, Paulinho, Óscar (Hernanes, min.73); Hulk (Bernard, min.64), Neymar (Dante, min.92) y Fred. No utilizados: Cavalieri y Jefferson; Réver, F. Luís, L. Moura, Jádson, F. Lucas, Jean y Jo.
Uruguay: Muslera; Maxi Pereira, Godín, Lugano, Martín Cáceres; Álvaro González (Gargano, min.83), Arévalo, Cebolla Rodríguez; Cavani, Forlán y Luis Suárez. No utilizados: Castillo y Silva; Agurirregaray, Coates, Lodeiro, A. Pereira, Pérez, Ramírez, Hernández y Eguren.
Goles: 1-0, M. 41. Fred. 1-1. M. 48. Cavani. 2-1. M. 85. Paulinho.
Ábitro: Enrique Osses (Chile). Amonestó a Cavani, Álvaro González, David Luiz, Luiz Gustavo y Marcelo.
57.483 espectadores en el Estadio Mineirao de Belo Horizonte.
Brasil ya no hechiza. No juega, resultea. Se provisiona para el combate, y nada le importa llevar los partidos al cuadrilátero. Es el libreto de Scolari y Parreira, que hoy conviven en el banquillo tras ser los últimos seleccionadores en conseguir el Mundial para Brasil. Mero materialismo, un simple ejercicio pragmático que racanea con el fútbol, convertido en una sucesión de asaltos, encontronazos y todo a la carrera, sin pausa, sin otro orden que evitar el destape. Una vía por la que se puede llegar al éxito, claro, pero que en nada fascina. Brasil no embriagó al mundo por sus tronos, sino por el estilo, por convertir el fútbol en un espectáculo de fantasía, por su aire lúdico. Hoy es el Brasil de Luiz Gustavo y Paulinho, de Hulk y de Fred, bregadores que ejercen de centuriones sin apego por la pelota. Nada destila este Brasil, pura corteza, que se plantó en la cancha con la contrariedad que estos días vive el país: protestas externas y júbilo en las gradas.
Sin la gracia brasileña, Uruguay sí es reconocible. Batalla de forma encomiable sin rendición. Ni siquiera cuando se mide a un coloso en su feudo y se le empina el camino. No es una selección que mengüe en los grandes escenarios y lo demostró en Belo Horizonte, donde marcó la línea desde el inicio. De cara al partido, su impetuosa salida le acercó a Julio César. Hasta que casi canta bingo. Tras un córner ejecutado por Forlán, David Luiz hizo de yudoca ente Lugano. El árbitro chileno Enrique Osses no se arrugó. Forlán, sonriente, lanzó a la izquierda de su excompañero en el Inter de Milán, que adivinó el tiro, raso y ajustado, a su poste izquierdo. La ley del penalti, esa suerte futbolística en la que la víctima puede convertirse en verdugo. Un azote para los uruguayos. Un alivio en todo Brasil.
El conjunto de Scolari no hechiza, no juega, ‘resultea’ y lleva el duelo al cuadrilátero
Tras el resoplido, el equipo de Scolari padeció un ataque de precipitación. El partido se convirtió en una sucesión de pelotazos, jugadores por los suelos y la pelota cosida a palos. A Uruguay no le ruboriza movilizar a propio campo a todo el pelotón, sin excepciones. Es muy frecuente observar a Suárez, Cavani y Forlán maniobrar con el pico y la pala en situaciones defensivas. Un desgaste notable que, además, evita que durante muchos tramos del encuentro ni siquiera el equipo pueda contragolpear, porque las distancias son lunares incluso para sus tres ilustres atacantes. La situación no se corrigió hasta el segundo tiempo. Mientras, la respuesta de Brasil fue más bien decepcionante. Su tendencia es bloquear el eje del campo y remar con sus laterales. No hay tránsito y a Neymar, en medio del enredo, le cuesta encender la luz. El juego solo encuentra pausa en sus botas, por mucho que en ocasiones se regodee más de la cuenta.
Con Neymar por el medio siempre queda la esperanza de que algo imprevisto suceda. Ocurrió a un paso del intermedio. El exjugador del Santos cazó al vuelo una asistencia kilométrica mientras le esposaban varios zagueros celestes. El chico amortiguó la pelota con el pecho y tuvo un segundo para rematar ante la salida de Muslera. El portero uruguayo rechazó el disparo y Fred cazó el gol a bote pronto. Segunda pena para el grupo de Tabárez tras el penalti de Forlán. Pero en Uruguay la credulidad siempre fue el mejor consuelo.
Los charrúas sí son reconocibles. Batallan siempre de forma encomiable
Una cadena de rebotes y una pifia final de Thiago Silva al querer dar un pase a Marcelo dentro del área propia derivaron en el gol de Cavani recién comenzado el segundo tramo. Con el empate, las líneas uruguayas, al menos su delantera, avanzaron un escalón. Suárez y Cavani ya entonces sí fueron una amenaza para Julio César y sus escoltas. Son tipos acostumbrados a buscarse las habichuelas por su cuenta, sin el gancho de sus mediocampistas, más dispuestos para el tajo.
Pese a la avanzadilla visitante, el partido mantuvo sus constantes. El utilitarismo brasileño frente a la tenacidad uruguaya. La ruleta, finalmente, cayó de forma local. Y otra vez con Neymar por el medio, de forma puntual, porque el choque le difuminó demasiado. Un córner lanzado por él a cinco minutos del final fue cabeceado por Paulinho, más decidido que Cáceres, su marcador, y con Muslera a media salida, en tierra de nadie. En ventaja, a Neymar le sobraron gestos, besitos a los rivales y algún piscinazo. La causa estaba ganada. Es lo máximo para este Brasil que suma triunfos por la directa, lo mismo da lo que se ahorra en el juego. Se trata de cumplir sin más con su papel. El torneo le esperaba en Maracaná, como aún lo hace con España, y ya está a una estación de la meta. En Brasil, en lo futbolístico, también son otros tiempos.

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