jueves, 27 de junio de 2013

La Roja avanza , firme

España no tiene punto final

Navas conduce a La Roja a Maracaná, donde le espera Brasil el domingo, tras un partido extenuante y de máxima igualdad contra Italia solo decidido después de 14 penaltis

Jesús Navas bate a Buffon en el penalti decisivo. / Felipe Trueba (EFE)

España está consagrada, en un estado de gracia tal que en los grandes campeonatos se mueve entre partidos embriagadores y encuentros de emoción infinita. De esta guisa fue el que le condujo hasta Maracaná tras ser llevada al límite, en lo físico y en lo futbolístico, por una Italia muy competitiva. Una Italia ya harta de esta España que se cruza y se cruza en su camino, y que lo mismo le golea con un título por el medio como le deja en la cuneta del trono en los penaltis. Ya sucedió en los cuartos de final de la Eurocopa de 2008, con Iker Casillas de héroe. Se repitió en la Confederaciones; esta vez, con otro paladín de por medio, Jesús Navas, un tímido futbolista sevillano de Los Palacios que primero fue decisivo en el remonte español en el segundo tiempo y luego anotó el penalti decisivo. Solo falló Bonucci, y hasta 14 hubo que lanzar, señal de la extrema igualdad de un choque con un primer asalto para Italia, un segundo equilibrado y un tercero, ya en la prórroga, para los españoles.

ESPAÑA, 0 (7) - ITALIA, 0 (6)

España: Casillas; Arbeloa, Ramos, Piqué, Jordi Alba; Xavi, Busquets, Iniesta; Pedro (Mata, m. 79), Silva (Navas, m. 52) y Torres (Javi Martínez, m. 94). No utilizados: Valdés, Reina; Azpilicueta, Monreal, Albiol, Cesc, Cazorla, Soldado y Villa.
Italia: Buffon; Maggio, Barzagli (Montolivo, m. 46), Bonucci, Chiellini, Giaccherini; Candreva, De Rossi, Pirlo, Marchisio (Aquilani, m. 80); y Gilardino (Giovinco, m. 93). No utilizados: Sirigu, Marchetti; De Sciglio. Astori, Abate, El Shaarawy, Cerci y Diamanti.
Penaltis: 0-1. Candreva. 1-1. Xavi. 1-2. Aquilani. 2-2. Iniesta. 2-3. De Rossi. 3-3. Piqué. 3-4. Giovinco. 4-4. Ramos. 4-5. Pirlo. 5-5. Mata. 5-6. Montolivo. 6-6. Busquets. 6-6. Bonucci lanza fuera. 7-6. Jesús Navas.
Árbitro: Howard Webb (Inglaterra). Amonestó a De Rossi.
Unos 57.000 espectadores en Estadio Castelao de Fortaleza. Los jugadores italianos lucieron brazalete negro en memoria del exfutbolista Stefano Borgonovo, fallecido por la ELA.
España disputará el domingo su tercera gran final consecutiva, la cuarta en los cinco últimos grandes eventos. Una racha solo interrumpida por Estados Unidos en la pasada Confederaciones. En esta, con gran fútbol ante Uruguay y sin púrpura, pero con los dientes apretados frente a una huesuda Italia, ya está donde soñaba: en Maracaná y ante Brasil, cuya torcida volvió a airear claramente su afiliación indisimulada por todo adversario español. Un homenaje al equipo que se teme. Eso parece del clima sembrado contra el campeón del mundo, sin que se adivinen motivos para semejante animadversión. Deportiva, se entiende de momento.
El choque nada tuvo que ver con la final de Kiev de hace un año. Como ya hiciera en la primera fase de la última Eurocopa, que concluyó 1-1, Prandelli volvió a enredar a España, de inicio encomendada a Casillas. La Azzurra alistó a tres centrales, lo que podía destilar un tufillo defensivo. Falsa impresión. Con dos laterales como Maggio y Giaccherini aplicados para defender y extremos con la pelota a favor, sumados a dos volantes centrados como Candreva y Marchisio, España se quedó a la intemperie. El equipo azzurro se perfiló de maravilla con un sistema acordeón: tensa las filas cuando el rival está al mando, pero su juego es expansivo y sin especulaciones con el balón en propiedad. Como prueba, al llegar a la prórroga, la posesión española era del 53%, bajo mínimos tratándose de este equipo. Esta Italia tiene otro manual y no afloja, pese al varapalo del último Europeo. No es una selección que derroche talento, pero tiene interesantes recursos tácticos y no rehúye el protagonismo. Es un conjunto que sin perder oficio le busca el gusto al juego. La Liga italiana ha perdido pujanza y sus futbolistas locales siempre fueron reacios a emigrar. Puede que por ello le falte cartel en la actualidad, pero Prandelli ha estructurado un grupo de notables sin recurrir a la tradicional fortificación del calcio.
Empecinados en enjaularse en el embudo central italiano, los españoles no hicieron la lectura correcta del choque hasta pasar por el intermedio. Con su formato, Italia lograba superioridades en todas las zonas. Alba y Arbeloa padecían en las orillas, sin auxilios de Pedro y Silva, sobre todo del canario, fuera de pista. Tampoco hubo remedios para Busquets, aislado frente a los interiores de Prandelli. La Roja no encontraba el camino, obligada muchas veces al saque en largo de Casillas, un chollo para los centrales adversarios. Cada asistencia a las bandas, y Pirlo es catedrático en el pase preciso, veloz y a un toque, era un suplicio para el campeón del mundo.
Gilardino dio el primer susto a Casillas, con un remate cruzado. Incomparable con el que se llevó poco después la Roja. Maggio, cómo no, arrancó desde el extremo en diagonal a la portería española. Recibió un servicio larguísimo y cabeceó cara a cara con Casillas. En situaciones extremas, Casillas, el de antes y el de ahora y, seguramente, el de siempre. Sus extraordinarios reflejos ante Maggio dieron vidilla a España. Por si hubiera dudas sobre el capitán español, repitió con éxito en una jugada muy similar ante el mismo protagonista.
España estaba aturdida, sostenida por Casillas y un imperial Sergio Ramos, y sin más dictado en ataque que el de Iniesta. Hasta que Navas puso el turbo, el único capaz de ventilar adversarios. No era la España fluida de costumbre, las respuestas adecuadas eran italianas. Tan solo Fernando Torres, en un giro muy coordinado dentro del área de Buffon, logró inquietar al veterano capitán, pero el disparo esquivó la red por dos dedos.
Los españoles no hicieron la lectura correcta hasta el intermedio
Del Bosque corrigió al equipo tras el descanso. Era elocuente ver a Del Bosque dando instrucciones a los suyos hasta el último segundo en el túnel de vestuarios. Síntoma de lo mucho que había que repasar la lección, porque no es este seleccionador alguien que agobie a los suyos. Pedro cumplió la ordenanza y se ocupó de cerrar el carril de Maggio; Silva, de puntillas desde el inicio, no tardó en dejar el partido. Con Navas en su lugar, España cogió impulso, por fin remó por los laterales y puso freno a los italianos. Bajo el sofoco de Fortaleza —a la prórroga se llegó por encima de los 30 grados y casi un 70% de humedad—, el segundo tiempo se emparejó. Nunca estuvo la España de altos vuelos, pero al menos consiguió un equilibrio. El bochorno poco a poco fue derritiendo el partido, y a unos y otros se les hizo extenuante, una asfixia. Los dos conjuntos se protegieron, a la espera de algún episodio favorable. Italia, al pie de Pirlo, apuró sus opciones en las jugadas a balón parado. España, a un sprint de Torres y Navas. En uno de ellos, Piqué, en cruzada, irrumpió ante Buffon para disparar alto, en la mejor oportunidad de los de Del Bosque hasta llegar a la prórroga con los dos equipos sudando como regaderas.
Buffon y Casillas se abrazan tras el duelo. / Claudio Villa (Getty Images)
En el tercer tiempo, Piqué y Ramos se aproximaron al gol. Con los equipos con el depósito vacío, las acciones con la pelota retenida se convirtieron en capitales. Así lo entendió Del Bosque, que sorprendió al personal con la entrada de Javi Martínez como ariete en detrimento de Torres y antes que envidar por Villa. Lo del nueve español es un algoritmo sin solución vigente. En el Castelao, sin nueve auténtico llegó el mejor momento de España, en una prórroga que controló por completo tras el susto de Giaccherini y su remate al poste. Igualado posteriormente por otro de Xavi muy lejano. Con Navas y Mata de agitadores, y un pelotón de italianos acalambrados, la Roja se quedó al borde de evitar los penaltis. No fue así y de nuevo la lotería. De las víctimas y verdugos de Viena solo repitieron Casillas, Buffon y De Rossi. Todos embocaron salvo Bonucci. Navas cantó el bingo final e Italia ya piensa en algún tipo de maldición. Ni en las buenas, como en esta ocasión, ni en las malas, como en Kiev. Mientras, esta España, fascinante o sufridora, no tiene punto final. Al menos hasta Maracaná, donde no pocos forjaron sus leyendas y donde, en caso de derrota, en un año tendrá otra opción.

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