miércoles, 26 de junio de 2013

Ecuador, Correa otra vez.

Ecuador, del ‘correísmo’ al ‘correazo’

El presidente Rafael Correa, que ha alcanzado notoriedad mundial por su apoyo a Assange y Snowden, afronta su tercer mandato con todos los poderes en la mano

Correa, en el Palacio de Gobierno en Quito. / J. Jácome (EFE)

El presidente ecuatoriano Rafael Correa Delgado comienza su tercer mandato en pie de beligerancia contra los medios de comunicación a los que ha apostrofado, perseguido, y elevado improbablemente a la categoría de enemigo principal de su Revolución Ciudadana, el intento más sistemático y generosamente financiado de cambiar la faz del país. Para unos, Correa es un modernizador que quiere llevar a Ecuador al Primer Mundo, a favor de una excepcional coyuntura económica basada en la exportación de materias primas, y otros solo ven un caudillo populista, pero con recursos para desarrollar un gran esfuerzo asistencial. Correa, elegido por primera vez en 2005, se benefició del suicidio de las estructuras de poder, partidos y cuerpos intermedios de la sociedad, dejando la escena política como un solar, en la que Alianza País reina hoy imperialmente con 105 de los 134 escaños de la asamblea nacional. Una selección de personalidades ecuatorianas debaten aquí sobre la naturaleza del correísmo y de un posible correazo contra la libertad de expresión, sobre el presente y el futuro del presidente Correa y su idea de Ecuador, el país del medio del mundo.

Correa y el correísmo

El profesor de la Flacso (la gran universidad latinoamericana, con sede en Quito) Felipe Burbano define el correísmo como “la fusión de un liderazgo personalista, con tintes de caudillismo, con un proyecto de fortalecimiento estatal” que implica “regulación y control de la sociedad y el mercado, inversión pública y social, pero desarrollando una autonomía política con respecto a los grupos de poder”. Adrián Bonilla, director general de la citada universidad niega, por añadidura, que exista nada identificable como correísmo, a título de “cuerpo doctrinario”, y que a lo sumo entronca “con la tradición de la izquierda latinoamericana, en torno a una idea de enfrentamiento con los grupos dominantes locales, con su rechazo del neoliberalismo, y con un nacionalismo que aboga por la soberanía patria y la integración regional para contrapesar la proximidad de Estados Unidos”.
¿Pero quién es este aprendiz de atlante que recaba para sí tan titánica brega? El veterano periodista Jaime Mantilla lo ve como “un líder con carisma, duro, tremendamente conflictivo”, que “ha moldeado el correísmo en torno a su figura”. Y Rubén Darío Buitrón, cronista del Expreso de Guayaquil, lo define como “un fenómeno político, que marca un antes y un después en la historia del Ecuador”, así como explica su formidable éxito electoral, porque representa “para una inmensa mayoría de compatriotas los funerales de la partidocracia y el nacimiento de una nueva época”. Rafael Correa Delgado es un guayaquileño que apenas había pateado los corredores del poder en Quito, que estuvo o supo estar en el momento y el lugar adecuados. Y en el vacío de poder creado en 2005 por el derrocamiento del militar Lucio Gutiérrez, a causa de la masiva protesta indianista, llegó a ser brevemente ministro de Economía en el Gobierno provisional de Alfredo Palacio. Ahí se inicia la fulgurante carrera política del que en 2006 sería democráticamente elegido presidente.
Una investigadora universitaria, que prefiere permanecer en el anonimato, sostiene que el correísmo “es un mix de pensamiento político en el que se mezclan, malamente, principios del boy scoutismo, como autoridad y disciplina, con Teología de la Liberación y comunidades cristianas de base, preocupación por los pobres y los indios entre ellos, teoría económica basada en el marxismo, pero dominada por el criterio del eficientismo, con el Estado como rector, proveedor, vigilante, sancionador, y concentrador de la propiedad”. Luis Esteban G. Manrique, historiador peruano redactor jefe de Política Exterior (Madrid) sigue parecida línea cuando afirma que Correa es “básicamente un católico de izquierdas y un reformista radical”. Luis Eduardo Vivanco del diario La Hora de Quito, remata el retrato presidencial caracterizándolo como “una personalidad abrasadora, con una prepotencia que ha desdibujado la imagen de aquel joven de aires reformistas de su primera elección”. Y el politólogo Luis Verdesoto subraya “su gran sentido de la ubicuidad”, puesto que “aunque no fue el causante del desplome del sistema, sí su principal beneficiario, pues fue el primero en percibir la hondura de la crisis y dar paso a una constituyente, que movilizó y cooptó a la sociedad civil”.

Del socialismo al bolivarianismo 

Simón Pachano, escritor y profesor universitario en Quito y Salamanca, recuerda que el llamado Socialismo del siglo XXI, expresión acuñada por el desaparecido presidente venezolano, Hugo Chávez, “cayó en el olvido durante los últimos tres años, para renacer en la toma de posesión del 24 de mayo pasado, pero lo hacía cuando, paradójicamente, abandonaba el modelo ecologista y pachamamista” (medio ambiental e indígena), por un modelo económico extractivo basado en la minería. “No creo que haya un giro a la derecha porque Correa siempre ha sido así, pero requería una retórica de izquierda, mientras que ahora profundiza el modelo contrario al que impulsan las izquierdas de Ecuador y toda América Latina”. Adrián Bonilla cifra lo que el oficialismo también llama “socialismo del buen vivir”, como “una búsqueda de las políticas de equidad, igualdad política y lucha contra la exclusión social”. El periodista Mantilla no duda de que el “Gobierno es de centro-derecha, con reivindicaciones sociales para unir y utilizar a las masas, profundizando, así, las divisiones de la sociedad”. Y añade que el presidente practica “una receta de clases altas que hacen buenos negocios con el Estado, clases medias entusiasmadas por un inmenso consumismo sostenido por las inversiones estatales, y clases bajas que se acostumbran al régimen de subsidios”. Como subraya el peruano Manrique, “algunos llaman al modelo clientelista porque la Administración ha pasado de 16.000 a 90.000 empleados, incluido un Gabinete de 40 ministros”. Pero también hay “escuelas rurales que no tenían cristales ni puertas, dotadas hoy de ordenadores, y donde las comidas, los útiles escolares y los uniformes del alumnado son gratuitos”. Pese a ello, Luis Eduardo Vivanco no cree ni por asomo que haya socialismo en el país: “Los socialistas clásicos lo niegan, el indígena lo rechaza, los sindicatos lo desmienten, y los ambientalistas ponen el grito en el cielo”. El politólogo Verdesoto cree que Correa se enfrenta al “reto de crear la versión ecuatoriana del antiguo PRI mexicano, tecnocrático, corrupto y despótico” así como “una sociedad estandardizada, homogénea, que conforme mayorías electorales –y en palabras de un exfuncionario- abocada al consumo de una redistribución manejada desde arriba”. Pero donde estén los textos legales huelga la discusión. Nila Velázquez, del diario El Universo de Guayaquil, recuerda que la Constitución es explícita: “El sistema económico se integrará por las formas de organización económica pública, privada, mixta, popular y solidaria y las demás que la Constitución determine”. De todo hay en botica.
Correa ha tratado de reforzar su imagen de izquierda radical ante el mundo concediendo asilo político a Julian Assange, el creador de Wikileaks, que este mes cumple un año de reclusión en la embajada ecuatoriana en Londres, de donde no puede salir por el peligro de ser extraditado a EE UU, que le acusa de divulgación a través de su red digital de secretos de estado. Y a fin de este mes parece dispuesto a reeditar la operación otorgando asimismo asilo, aunque esta vez en la seguridad de la capital quiteña, a Edward Snowden, un ciudadano norteamericano que le ha hecho el peor favor imaginable al presidente Obama divulgando, siempre por el espacio digital, la vastísima operación de espionaje a amigos y enemigos que tiene montada la CIA con la disciplinada colaboración de los primos británicos.

Los medios y el presidente

Corea ha prometido repetidas veces que en 2016 se retirará a Bélgica con su señora, que es belga. Pero casi nadie le cree. Pachano vincula la decisión presidencial a cómo se desarrolle su tercer mandato, porque el proceso transformador del país “depende de su liderazgo. La gran duda es lo que vendrá después, lo que quedará y lo que será desmontado”. Burbano coincide en que habrá o no un cuarto Correa, si Alianza País es capaz de “encontrar un líder que pueda renovar sus horizontes políticos, de institucionalizarse y procesar las diferencias en su interior”. Pero intuye que “el Gobierno reconoce los límites de su modelo basado en el gasto estatal, de ahí que deba abrirse al mercado internacional para generar inversión privada y mayor crecimiento". Y cabe preguntarse si esa apertura necesaria, notablemente a Europa y China, puede influir en su hostigamiento a los medios. Mauro Cerbino, director de la revista Íconos, es poco caritativo con la prensa ecuatoriana que califica de “mediocre, ligada a la propiedad y preferencias particulares de familias, que han pretendido ejercer el periodismo ocupando cargos de dirección en un claro conflicto de intereses, más la constatación de que se ha maltratado a los trabajadores, quienes, además de padecer otras precariedades laborales y económicas, no han podido ejercer el derecho a la cláusula de conciencia”. Por todo ello, dice Cerbino, hay que “crear las condiciones para tener medios públicos plurales que sepan resistir la acción de los Gobiernos, cuya consolidación aportaría una mayor competencia de perspectivas en beneficio de la ciudadanía”. Y la gran preocupación de Correa se centra precisamente, como señala el director Bonilla, en que “los medios de comunicación privados de alcance nacional, ante la catástrofe de los partidos, son los únicos actores capaces de generar oposición y el presidente siempre los ha connotado como agentes políticos, antes que como medios de comunicación”. Luis Verdesoto piensa que Correa decidirá sobre la marcha si opta a un cuarto mandato, y da por seguro que “sostendrá la guerra contra los medios mientras le sea útil; esto es, hasta que consiga una franja mayor de medios públicos y un grupo de medios adheridos entre los comunitarios”. Manrique recuerda que ha llegado a demandar “a dibujantes por caricaturas que no le han gustado o a tuiteros por faltarle al respeto, mientras que él mismo se ha revelado como un virtuoso del insulto y el agravio personal”.
Rubén Darío Buitrón sostiene, diferentemente, que sí que puede haber recambio en el correísmo: “Si en algo ha trabajado la Alianza es en la formación de cuadros. La presidenta de la Asamblea es Gabriela Rivadeneira, de 29 años, y más de un tercio de los legisladores del movimiento, y unos cuantos ministros, no llegan a 35 años. Hay voluntad de entregar el relevo a una nueva generación. Si logra acabar con los últimos obstáculos que levanta la derecha y la izquierda radical, Correa dejará camino libre para quien lo reemplace”. Pero cautamente añade: “o para él mismo”.
La nueva Ley de Comunicación está aparentemente diseñada para el micro-control de los medios con una Superintendencia de Información, en la que los profesionales dan masivamente por descontado que habrá una confortable mayoría oficialista con graves poderes sancionadores, y la exótica figura del linchamiento mediático; como si la injuria, calumnia, mentira y dolo no estuvieran ya tipificados en cualquier ordenamiento jurídico democrático. Finalmente, la investigadora sin nombre redondea el juicio de personaje y obra: “Posee la capacidad de adaptar su lenguaje al público sea académico, profesional o popular; aplica motes a los adversarios o descalifica movimientos sociales o dirigentes de otros medios. Más que un Estado de ciudadanos lo que busca es una ciudadanía estatizada”. Y por ello está persuadida “de que Correa no dejará el poder”.

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