No sé que le pasa a mis parejas amorosas, que terminan erosionando el sentido de las palabras. No solo porque abusan del uso de las palabras como: "Cariño", "Cielo", "Corazón" y otra infinidad de términos semejantes.
Desde ahora declaro que me gusta más que me llamen por mi nombre. Porque todos estos términos sustitutivos del nombre propio, al final es para no incurrir en los famosos lapsus, que el doctor Freud encontró como "actos fallidos" del inconsciente, que consisten en llamar con el nombre equivocado a alguien.
Para Jacques Lacan, por el contrario, los lapsus eran verdaderos "actos logrados" del inconsciente.
Las palabras genéricas e impersonales que utilizan los amantes para referirse el uno al otro, son artilugios ingeniosos pero carentes de significado real. A menos que se llamen entre si con los términos de papá, mamá, hijo o hija. Eso tiene relevancia para la pareja en su trato subjetivo con la pareja.
A mis últimas parejas se les ocurrió llamarme con el apelativo de "cariño", lo cual me fastidiaba demasiado escucharlo pero que no podía impedírselos. El desagrado era mayúsculo al constatar que las relaciones afectivas empezaban a deslizarse por el tobogán de la ruptura inminente, y ellas persistían en decirme "cariño".
Todo el lenguaje amoroso suele desgastarse de forma inevitable, hasta convertirse en un mántra insulso, soso, que se repite hasta la saciedad.
Yo acostumbro a llamar a mis amantes con sus nombres propios, sin diminutivos. Eso me ha traído reclamos de no ser tan cariñoso como ellas lo esperaban. Pienso que soy más amoroso y auténtico cuando les llamo por su verdadero nombre de pila.
Debo reconocer que en un par de ocasiones a mi amante en turno le dije el nombre de mi anterior pareja. Son lapsus tremendos que mi inconsciente me jugó en forma artera. No explico nada, porque no hay nada que explicar de un acto fallido o logrado como ese. El bochorno de ese desliz pasa de inmediato.
Lo que las parejas creen equivocadamente es que si se emplean términos cariñosos, en vez del nombre propio, se está cumpliendo con una norma social aceptada por todos. Que así deben ser los tratos entre novios, esposos o amantes. Falso.
El lenguaje del amor en esta sociedad posmoderna, urbana, de clase media y alta, es ridículo, cursi, y acartonado.
Mucha de la culpa de usar términos amorosos insustanciales, la tienen el cine y la televisión, en su faceta telenovelera.
Ahora que iniciaré tratos con una mujer, nada más que la consiga, lo primero que habremos de establecer es la prohibición de usar palabras carentes de significado para mi. Me niego a llamar a mi amante con palabras ridículamente vacías de contenido, su nombre será la divisa única para ser nominada.
Aclaro de antemano, la próxima vez que una mujer me diga, melosamente, cariño. La voy a reprender severamente por estar usando palabras altisonantes.
Que conste...
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