La posibilidad de mirar de más maneras, no sólo de otra manera. El viento mueve papeles en una plaza, los eleva, los zarandea, los sacude y los tumba. Mueve cosas sin vida. ¿Y si las cosas con vida fueran movidas de la misma forma? ¿No dice la Biblia "acaso sabes de dónde vienes y adónde vas"?
Una ciudad. Esa sensación de que hay algo alrededor que no puede morir, que vive, y que sólo se relaciona y respira por estar en el mismo lugar en que existimos.
Y también hay cosas en la tierra que no pueden separarse unas de otras, porque si las separas dejan de verse o de entenderse. Una pareja que al cabo de los años empieza a parecerse físicamente. Un marionetista en el que se detectan rasgos de sus muñecos. Un barrio triste que desanima a sus habitantes en voz baja -tan baja que no se oye, pero se siente- cada noche.
¿Lo que llamamos realidad no está poblado de monstruos, de espectros, de invisibles, de figuras inciertas, de paisajes con alma, de objetos reincidentes que parlotean todo el rato? ¿No están más del lado de los sueños que el sueño mismo?
De todas estas cosas habla Gustav Meyrink, el autor de "El Golem", que también escribió sobre el yoga ("El rostro verde"), el Tao ("El dominico blanco") y la alquimia ("El ángel de la ventana de Occidente"), aparte de su clásico cabalístico. Pero si aún no se han acercado a este autor contemporáneo de Kafka, y con aires semejantes, no se equivoquen: odiaba el esoterismo y se pasó la vida echando pestes de ello y anunciando que por ahí venían tiempos delirantes. Le interesaba otra cosa: las otras miradas, que están en nosotros, pero ciegas.
Aquí se lo propongo, también para empezar el año.
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