La Brenda ha sido una presencia importante en mi vida en los últimos años. Aparte de que fuimos amantes y vivimos al máximo la pasión amorosa de la edad adulta, ella me rescató de un largo periodo de enfermedad y recuperación, sin importarle lo mal que me veía y me sentía por efectos de la quimioterapia salvaje.
La Brenda aceptó estar a mi lado, en el lecho del dolor, aunque ya iba de salida de ese trance tan patético y deprimente que es el estar enfermo de cáncer, sin cabello en la cabeza, con muchos kilos menos de peso, con un humor menguado y con severos trastornos en la alimentación, que hasta beber agua natural me provocaba grandes arcadas. Ella estuvo ahí, viéndome con esos bellos y grandes ojos verdes, color esmeralda. No era lástima lo que yo le provocaba, sino compasión por el dolor humano. Ese fue el acto amoroso más bello que me han demostrado en la vida.
Fuimos amantes algunos años, años gozosos y divertidos, llenos de aventuras insólitas a su lado. Pero yo recién recuperado de la enfermedad mis energías no estaban al cien por ciento, como yo hubiera deseado para estar a la altura de las ganas y deseos de vivir la vida que me infundía ella.
Hice muchos esfuerzos por seguirle el paso, no solo en los bailes, sino también en los desvelos, en las parrandas donde nos daban las dos y las tres y nos amanecíamos, muertos de la risa y con muchas ansías de acostarnos a disfrutar del amor sensual.
Algunas veces, cenando cerca de su casa, en el San Angel Inn, a ella se le ponía en la cabeza que deberíamos irnos de inmediato a Acapulco a esas horas, 11 de la noche, y yo aceptaba encantado su propuesta. Claro que eso me obligaba a cancelar las citas de mis pacientes los siguientes tres días al menos. Ella no tenía objeciones para irse de viaje los días que fueran necesarios y adonde quisiera, ella era la directora general para América Latina de una prestigiosa marca de cosméticos de origen francés.
Yo conducía su camioneta último modelo siempre que viajabamos. Ella dormitaba y yo procuraba no dormirme al volante, después de una larga noche de farra, así que ponía mi música favorita y disfrutaba de la carretera México-Acapulco, me la sabía de memoria.
Llegabamos a hospedarnos a los mejores hoteles del puerto de Acapulco, en las suites que a ella le gustaban más.
Fuimos felices muchos años juntos, hasta que un día, agotado por ese frenético tren de vida que llevabamos, decidí terminar la relación con ella. No podía más, mi cuerpo estaba agotado permanentemente. Mis pacientes se desesperaban por mis súbitas desapariciones y mis estudiantes de la universidad me reclamaban lo mismo. La amaba intensamente, lo confieso, pero La Brenda se había convertido en una relación tóxica para mi, además ella me pedía que nos casaramos pronto. Eran demasiadas cosas juntas que no podía yo resolver con inteligencia. Nos dejamos pero con un inmenso dolor de los dos, sabíamos de nuestro sólido amor pero los inconvenientes de la vida cotidiana no me permitían seguir adelante con ella.
De hecho, un año después de la separación, La Brenda conoció a un rico industrial vasco y se casó con él, con mi consentimiento. Y se divorció de inmediato, no duró ni tres meses casada y se devolvió a México. Me dijo que el único hombre en su vida era yo.
Todo ese largo relato, es para contarles que ahora La Brenda está a mi lado, acá en Guatemala, tratando de aliviar mis penas después de la ruptura con Aura Marina y cancelación de la boda.
Ella y yo siempre estamos en contacto, La Brenda me cuenta todas sus cosas y me pide consejos como su expareja y psicoanalista de cabecera que soy yo.
Pués vino La Brenda a Guatemala, alquilamos una camioneta nueva, como la suya, y viajamos por todo el altiplano, la montaña fría, recorriendo los pueblos indígenas de mi país. Primero nos quedamos en la bella y colonial Antigua Guatemala, dos días, que pasamos contentos y divertidos. Luego nos fuimos a Panajachel, que está situado a la orilla del famoso Lago de Atitlán. Ahí tuve un pequeño tropiezo con ella, ya que insistía en alojarse en un hotel de cadena americana, bueno y muy caro, pero aunque ella tiene muchos recursos económicos a su disposición, a mi me disgusta que gaste tanto en mi. Finalmente, ella salió ganando, nos quedamos en ese hotel.
Los siguientes días del viaje los aprovechamos para que ella conociera Chichicastenango, pueblo indígena lleno de colorido por sus prendas textiles y artesanías maravillosas. Terminamos yendo a Quetzaltenango, la ciudad donde pasé algunos años de mi juventud. Ella quería conocer todos los sitios donde he vivido y he estudiado. Como si fuera mi biógrafa me interrogaba acerca de todos los detalles que observaba en el recorrido y que se relacionaban conmigo.
Han sido los días más fantásticos que he tenido ocasión de vivir con ella, por sus atenciones infinitas conmigo, por su acompañamiento generoso y lleno de amor hacia este ser humano que sufría las inclemencias de un fracaso amoroso.
La Brenda, solo atinaba a verme, a mirarme con dulzura,a través de esos ojos verde que jamás olvidaré.
La llené de besos antes de partir de nuevo a México, no me dejó decirle una sola palabra de despedida, porque pronto nos reuniremos de nuevo en México, cuando iba yo a decir algo, ella me tapaba la boca con un beso largo y apasionado.
Hoy me siento mucho mejor, con ánimo. La Brenda es mi medicina mágica. Por algo será...
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