viernes, 14 de enero de 2011

Imbécil mata genio.

Bruno Schulz caminaba en 1942 por una calle de su natal Drogóbich, cuando el imbécilnazihijodeputa Karl Günther le pegó un par de tiros. Al tal Karl le pareció justificada y hasta graciosa su hazaña, pero la humanidad salió perdiendo ese día.

En la cabeza de Schulz había novelas y cuentos que ahora yo quisiera leer. Había imágenes que me gustaría ver. Sensaciones que quisiera experimentar. Ideas que me gustaría recibir. Revelaciones. Todo eso se esfumó, y a cambio nos quedó la estupidez de Karl Günther.

Se va algo grande, y queda algo insignificante. Mentira que todos los hombres valgan lo mismo.

John Lennon valía más que Mark David Chapman.

Alexandr Pushkin, mucho más que Georges d’Anthès.

Rodolfo Walsh, más que los gorilas que enviaron para ultimarlo.

Y la lista es larga. En México, tan sólo en el 2010, tenemos muchos ejemplos donde es claro que no todos cotizan igual en el mercado de valores.

A Naguib Mahfouz trató de asesinarlo un patán a cuchilladas. Por suerte su incompetencia fue tal que no pudo contra un anciano de 82 años.

Pienso en estas cosas porque hoy amanecí con enormes ganas de ir a la librería, hurgar en los estantes de bellas letras, avanzar hasta la letra S, y tomar El mesías, de ´Bruno Schulz, edición de bolsillo o tapa dura o electrónica, me da lo mismo. Volver a casa de inmediato y aprovechar este día
breve y frío para sumergirme en su lectura mientras
voy apurando una botella
de vodka.

Tiene que ser vodka, en honor a Schulz.

Pero en ninguna librería encuentro El mesías. No existe en polaco ni ninguna traducción al español o inglés o francés o checo.

El manuscrito desapareció en 1942 junto con la vida de Schulz. Ambos irrecuperables.

Herr Karl Günther, pedazo de animal, ¿en qué diablos estabas pensando cuando jalaste del gatillo? ¿Acaso no reconociste que Schulz era imprescindible, y tú, apenas una basurilla?

A mi librero le falta un libro. Le faltan varios.

Schulz vivía fascinado por los mitos. “Toda la poesía es creación de mitos”, escribió. Y yo ni siquiera puedo imaginar lo maravilloso que hubiese sido el mito del mesías en sus palabras.

Su cuerpo cayó ensangrentado sobre la banqueta; unas breves convulsiones y adiós. El asesino no actuó a escondidas, sino con el desparpajo que da la impunidad.

Hubo indignación e iracundia en los habitantes de Drogóbich, pero ninguna hipócrita autoridad prometió castigo para el asesino, el peso de la ley.

Se hizo lo que se hace en estos casos: se recoge el cadáver y se entierra. Se le reza y se le llora.

Destapo mi vodka y saco del librero lo que Schulz sí alcanzó a publicar. Lo tengo en inglés; una edición de Penguin. Difícil hallarlo en español. No debemos permitir que los editores lo acaben de sepultar.

Lo abro en la página 63: “Mi padre guardaba en el cajón inferior de su enorme escritorio un viejo y bello mapa de nuestra ciudad”.

No sé qué calle de ese mapa habría que marcar con una cruz. Alzo mi vaso. Salud por Bruno Schulz.

Sólo hubo uno como él.

Es una lástima que haya muchos más Karl Günthers de los que quisiéramos.

David Toscana

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