La Brenda siempre está pendiente de mi, de mis cosas amorosas, sabe perfectamente lo ocurrido entre Aura Marina y yo. Algunos comentarios mios acerca de mi reciente fracaso amoroso, han puesto en alerta máxima a La Brenda, porque ella no quiere que yo sufra, y desea mi bienestar emocional.
La Brenda ya tomó cartas en el asunto. Aparte de recibirme en su residencia de San Angel, en la ciudad de México, cuando tenga que estar en el distrito federal el próximo mes de febrero, también me ha ofrecido venir a verme a la ciudad de Guatemala en este mismo mes de enero.
Yo acepté el ofrecimiento de La Brenda, el que venga a verme de inmediato, porque me he sentido deprimido y en duelo por la pérdida de Aura Marina. Hacía mucho tiempo que no me ocurría algo semejante. Salvo hace algunos años, cuando mi última esposa dispuso abandonarme en el lecho del dolor.
Mi última esposa, al enterarse que yo padecía un cáncer terrible, se asustó y decidió abandonarme a mi suerte en el hospital, y me dejó solo enfrentándome a médicos insensibles, medicamentos agresivos, y tratos despóticos de los empleados del hospital público.
En esa circunstancia la depresión se hizo presente en mi existencia, lo cual constituía un virtual peligro para mi sobrevivencia, porque como todos saben cuando la depresión afecta al paciente, se debilita el sistema inmunológico y los ataques por simples que sean se tornan mortales. Sabedor de esa cuestión tan peligrosa, tuve que hacer enormes esfuerzos por vencer la depresión, cuya causa era real y evidente, me abandonó mi esposa, no era para menos.
Habiendo superado todos los obstáculos para vencer en definitiva el cáncer, me encontré en la vida, meses después, con La Brenda, mi salvadora.
La Brenda fue un salvavidas maravilloso, con ella volví a reír y a divertirme bailando y comiendo deliciosamente. Por eso le guardo enorme aprecio y cariño verdadero, supo estar a la altura de las circunstancias mías. Sin tantos discursos y poses de compromiso de ser un ser humano íntegro y vertical.
Hoy estamos juntos otra vez, La Brenda y yo, vino a verme a mi casa de Guatemala y a invitarme a salir a pasear por el interior bellísimo de mi tierra.
Alquiló una camioneta último modelo, como las que me fascinan a mi, automática para que la pueda manejar sin problemas de esfuerzos sobre mi pierna izquierda debilitada.
Estamos ahora en el Lago de Atitlán, en el pintoresco pueblo de Panajachel, alojados en un hotel de una cadena estadounidense, a todo lujo.
Me siento relajado viendo el amanecer sobre el Lago de Atitlán. Ese lago de aguas azules y sus dos volcanes imponentes.
La Brenda ha respetado mi duelo, se ha quedado en silencio solo tomándome de la mano para demostrarme que está conmigo. Me mira con esos enormes ojos verdes, llenos de ternura. Me hace sentir cómodo y amado, yo le sonrío tímidamente y nos entendemos sin palabras.
Por la noche iremos a un restaurante italiano, reservamos una mesa en la proximidad de la pista de baile, cosa innecesaria porque no hay demasiados turistas ahora en Panajachel. Sé que cenaremos deliciosamente y beberemos las mejores champañas y whiskys, y ella sus cubas libres de rigor.
Quizá bailemos algunas piezas románticas, muy abrazados y a media luz, solos en la pista y nos miraremos a los ojos y nos diremos todo con un beso en los labios.
Eso me aliviará un poco el alma estrujada por la ruptura con Aura Marina.
La Brenda es mi doctora corazón de cabecera, la amo. Sabe estar conmigo cuando más lo necesito y viene sin que yo se lo pida expresamente.
Esos son los grandes amores, aquellos que no necesitan de tantas palabras para comunicar sus sentimientos...
Muy bien por la Brenda, esas son las amigas de verdad, ya me cayó bien...
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