miércoles, 12 de enero de 2011

La Patagonia es el tema./Leila Guerriero.

Ganadora del Premio Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez, convocado por la revista Gatopardo a nivel América Latina, Leila Guerriero realizó un viaje relámpago a México, concretamente a la ciudad de Monterrey, para obtener el galardón obtenido gracias al impresionante reportaje que destacó de entre 963 propuestas, “Rastro en los huesos”, donde aborda las peripecias del equipo forense que ha contribuido a devolver los restos de sus seres amados a quienes perdieron a estos durante la dictadura argentina, y editorial Tusquets tuvo el buen tino de aprovechar su estancia para dar a conocer su hasta ahora único libro, un apasionante reportaje titulado Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, que se lee con la emoción y la angustia que producen las mejores novelas policiacas.


El porqué del libro

“Recibí un mail de una ONG que se llamaba Poder Ciudadano. Iba dirigido a varios periodistas —comienza la periodista independiente, nacida en Junín, en 1967—. Decían que implantarían una cosa que se llamaba Plan de Jóvenes Negociadores, desarrollado en Harvard para ayudar a resolver conflictos sin violencia, y que esto lo implementarían en la provincia de Buenos Aires.

Y se puntualizaba que Las Heras, en particular, presentaba una enorme tasa de violencia social entre chicos, así como de alcoholismo, del petróleo, un altísimo grado de desempleo y también violencia intrafamiliar y entre alumnos y profesores. Además, que había en esa ciudad una ola de suicidios en la que, hasta el momento, se habían privado de la vida 22 chicos.”

“Y a mí —agrega Leila— me llamó mucho la atención este lugar del que nunca había oído hablar. Se hacía referencia a una gran presencia de iglesias de distintos cultos y muchísimos prostíbulos, típico lugar petrolero. Esta ciudad había sido bastante próspera antes de la llegada del petróleo.”

En Argentina, me explica Leila, hay tres localidades llamadas Las Heras. Una cerca de Buenos Aires y otra en Mendoza. “Tuve que buscar en un mapa y me di cuenta de que quedaba un poco lejos.

La Patagonia es un lugar tradicionalmente ganadero, pero con lo del petróleo la gente se olvidó de las ovejas y se dedicó a hacer pozos de petróleo. Fue como la maldición de la riqueza para el pueblo.”

“Cuando se privatizó —continúa la periodista— la empresa IPF, adquirida por REPSOL, echó en todo el país a 50 mil personas, y las ciudades que vivían del petróleo quedaron muy perjudicadas porque no existía un plan B, y Las Heras fue uno de esos lugares. Se me ocurrió realizar una nota para la revista Rolling Stone Argentina donde escribía en ese momento, justo entonces llegó la crisis del 2001 y todos los medios, incluyendo esta revista, recortaron sus gastos, y por supuesto no iban a mandar a una persona en avión a La Patagonia. Pero creí en la historia y decidí investigarla por mi cuenta.”


Escalofriantes sorpresas


Leila aprovechó unas vacaciones para encaminarse a un lugar no propiamente turístico y sí lleno de escalofriantes sorpresas. “Lo primero que hice —evoca— fue fotocopiar la guía telefónica de Las Heras, que era de tres o cuatro páginas, y empecé a llamar por orden alfabético para explicar lo que pretendía hacer. Intentaba llegar a las familias, a los chicos suicidas, y en la tercer llamada localicé al hermano de la primera chica que se había matado y fue muy generoso.”

“Ese primer viaje lo emprendí en el 2002 —prosigue la periodista, que también ha colaborado en Letras Libres y El Universal—. Llevaba grabadora y cámara. Algunos no quisieron hablar, pero como necesitaba reconstruir todas las historias, recurría a amigos. Creo que cuando uno está haciendo un trabajo serio, la gente lo nota, además había avidez de esta gente de hablar porque nunca nadie había ido a escucharla ni a preguntarle.”

El último suicidio fue el 31 de diciembre de 1999, último día del siglo, y Leila llegó el 2002, dos años después. Desde entonces no había habido ningún apoyo psicológico.

“El clima de La Patagonia —dice Leila— es muy hostil, con gente muy de puertas adentro, y eso forma caracteres un tanto hoscos. Pasa lo mismo en la alta montaña en Canadá. El solo hecho de mencionar un psicólogo hacía que la gente que insinuabas que estaban locos. Lo curioso es que para reconstruir la historia sólo tenía una lista de chicos que no tenían ni la policía ni los hospitales. No se registran los suicidios como tales.”


El eslabón más débil


En Los suicidas del fin del mundo se menciona la probable existencia de una lista con los nombres de personas que terminarían suicidándose, “pero no era real en lo absoluto.

Traté de dar con esa lista para tener una idea de qué estaba sucediendo, pero todo parece indicar que era ficticia. Después, claro, cuando vas a cada uno te das cuenta de que los chicos eran el eslabón más débil de una cadena resquebrajada.

Sus historias son muy parecidas. Todos venían de familias disfuncionales, de padres ausentes o que los golpeaba o eran hijos abandonados, adoptados por los tíos; madres solteras jovencísimas.

El embarazo precoz es como una epidemia allá.”
Un dato curioso es que este territorio era gobernado por quien sería presidente de Argentina, el peronista Néstor Kirchner, y los habitantes de Las Heras se caracterizaban por ser el único reducto del partido opositor, el Radical.

“Lo que se mencionaba en el pueblo era que Kirchner era un señor muy autoritario, una especie de señor feudal de la provincia, y recuerdo que una de las cosas que más me impactó fue que uno de los habitantes de Las Heras, me dijo que cuando Kirchner ganó las elecciones, «ahora ustedes se lo van a tener que aguantar».

Eso me pareció gracioso porque no se sienten parte del país. No se sienten argentinos.”

No obstante, los alarmantes índices de violencia, los habitantes de Las Heras no se muestran hostiles hacia los homosexuales o a las madres solteras. Su actitud no pasa de críticas banales.

“Es muy gracioso cómo se mezclan los prejuicios con la aparente liberalidad de pensamientos, probablemente porque todo eso forma parte de ese ecosistema. Todo está tan mezclado que se ha naturalizado.”


Me interesa la realidad

Leila asegura no haber arriesgado su vida del mismo modo que Lydia Cacho, a quien respeta —aunque el peligro está latente a través de toda la crónica que mantiene al lector sin aliento— y sí admirar a Kapuscinski, aunque se siente más próxima a Tom Wolfe o al periodista-novelista argentino Martín Caparrós.

“Veo el periodismo —dice Leila— como una forma de arte y no como una escritura de bajo voltaje. No pienso: «si hago periodismo me darán permiso de hacer literatura». De chica me encantaba escribir cuentos, pero posteriormente nunca he querido hacer otra cosa.

Me encanta esta materia, ni siquiera he sentido la tentación de escribir otra cosa que no sean reales. La realidad ofrece todas las explicaciones necesarias para que uno pueda construir historias fantásticas.”

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