Vicios privados, virtudes públicas.
Weber
Avaricia, Gula, Lujuria, Envidia, Pereza, Ira y Soberbia son los vicios llamados capitales en la tradición occidental. Capitales porque a partir de ellos pueden venir muchos otros: son raíces. La Avaricia es el deseo de poseer y poseer y poseer (cf. el maravilloso cuento de Navidad de Allan Poe).
Gula: tragar y tragar y tragar y gozarse infinitamente en el gozo de ingerir. Lujuria: la preeminencia del deseo sexual y el erotismo por encima de cualquier otra cosa. Envidia: no soportar que otro tenga algo de lo que yo carezco. Pereza, incapacidad de moverse, quedarse en un estado de inercia. Ira, estallidos de cólera que pueden provocar desgracias y que uno no puede controlar. Soberbia, orgullo, sentirse superior a los otros que, evidentemente, no te merecen.
Durante siglos se trató de cultivar, sobre todo a través de la religión, que no es sólo una superestructura ideológica como lo dijo Marx, además atinadamente; ni una reguladora, transmisora de valores morales y de cohesión social, como, también afirmó con tino Durkheim, el ejercicio de las virtudes como actitudes y actos necesarios y esenciales para la convivencia social y para el crecimiento humano.
Todas ellas solicitaban el control del ser humano sobre pulsiones casi incontrolables.
Pero, oh, gran cambio, con el industrialismo, en particular, se vio que desarrollar
esos vicios a nivel público era benéfico para los sectores más favorecidos de la sociedad, aunque en apariencia siguieran siendo virtudes admiradas.
Además, se alentó la lucha de todos contra todos. Nació la funesta sociedad neoliberal, que en lo privado puede ser muy religiosa, pero en lo público fomenta los vicios a los que el ser humano está inclinado (cf. la publicidad de una de las más caras tiendas departamentales de nuestro país: el Palacio de Hierro; nombre que de por sí ya es bastante temible: su publicidad exalta el individualismo donde triunfan la Avaricia, la Gula, la Lujuria, la Envidia, la Pereza, la Ira y la Soberbia. ¿Los han analizado?
No cabe duda que los creadores y los empleadores de esos creadores —muy buenos en su trabajo, por cierto, pero bastante perversos: buscar lo que crea deseos y vende…
Lo peor es que en este mundo de ruptura de esquemas y de nociones tradicionales, pero sin un sustento de bondad, la especie humana —un triunfo sobre la pura sobrevivencia— está cayendo en un salvajismo excepcional: se cuenta con el poder de la más alta tecnología que se supone apoya a los seres humanos contra el uso y abuso económico de la misma tecnología.
¿Paradoja? Sí y no. Hubo un exponencial crecimiento técnico —no científico— que beneficia a grupos de clases sociales muy adineradas.
Muchos somos víctimas, muchos somos cómplices.
Sin ser conservadores, dónde quedaron algunas virtudes (de vivir, fortaleza) que nos ayudaban a evitar casos como el de Ponchis e iguales: Prudencia, Justicia, Templanza, Fortaleza.
Seamos autocríticos.
Además, opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, se libere a los prisioneros políticos, se limite a las transnacionales en México, se investigue el crimen contra niños y mujeres en el país, se detenga la guerra de baja intensidad en Chiapas, se frenen las campañas televisivas del miedo y que nos activemos como sociedad civil.
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