domingo, 26 de mayo de 2013

Suecia, la pesadilla.

Suecia despierta de su sueño integrador

La discriminación de los barrios de inmigrantes resquebraja el antiguo modelo de convivencia para desatar un estallido de violencia sin precedentes en Estocolmo

Un hombre camina junto a una hilera de coches carbonizados tras los disturbios del jueves, en un suburbio de Estocolmo. / fredrik sandberg (EFE)

 Terminal de autobuses de Kista, al noroeste de Estocolmo. El cliente se dirige a la ventanilla: “Querría ir a Tensta, ¿Cómo lo hago?”. Respuesta: “¿Y para qué quieres ir allí?”. Las risas, para tranquilidad del que es novato en lidiar con el sentido del humor sueco, no tardan en aparecer. ¿Qué se le puede haber perdido a alguien en Tensta? Tampoco hay tanta distancia entre los dos barrios de la capital de Suecia. Al menos, en kilómetros. Kista, diana también de la ira de los jóvenes que protagonizan los disturbios desde hace una semana, se desengancha de los distritos más populares gracias al empujón de los centros comerciales y los mastodontes de las sedes de grandes multinacionales. A Tensta no llega todo eso. Los que sí se acercaron en la madrugada del sábado y por sexto día consecutivo fueron los vándalos para reducir a cenizas un vehículo.
“Aquí los días son todos iguales”, se resigna Girre Jong, de 22 años, mientras toma el sol con el pecho al aire, junto a la estación de Tensta. Él es de allí, como el resto de su pandilla, todos de origen inmigrante. Jong conoce a alguno de los que salieron a patear las calles. “Nadie quiere hacer daño, solo es una forma de expresión, cuando solo les hablamos no nos hacen ni caso”. Pero, ¿qué os está pasando con la policía? “Vienen todos los días a registrarnos”, dice este joven, desocupado, pero loco por el fútbol. ¿A ti te pasó? “Sí, claro”.
No se llevan bien. La inmigración, los jóvenes de las barriadas que rodean el centro de Estocolmo, aseguran que la policía es racista, les persigue, insulta y atosiga con maneras discriminatorias. Podría ser una de las conclusiones de una semana de disturbios en la capital sueca, que arrancó con la muerte a balazos en Husby de un hombre de 69 años, al que varios agentes pretendían detener. Nada que ver con el modelo de interculturalidad del que presumía la sociedad escandinava.
Pero Suecia no es lo que era y los números pueden ayudar a atar cabos. El crecimiento económico se ha desplomado desde tasas por encima del 6% hace tres años hasta situarse por debajo del 1% en 2012; la OCDE ha hecho retroceder al país de la cabeza del ránking de sociedades con mayor igualdad hasta el puesto 14; ahí es donde los no nacidos en Suecia, un 15% de los más de nueve millones de habitantes, se juegan mucho; entre ellos, el desempleo se dispara, como muestra el ejemplo del barrio de Husby, con un 80% de población inmigrante: el paro afecta al 8,8% de su población, mientras en el conjunto de Estocolmo solo es del 3,3%.
Lo raro en Tensta es que sus vecinos no se confundan de timbre al llegar a casa. Todas son iguales, recortadas a tijera sobre un molde de formas rectangulares y rugosas. Petter Carlsson, de 21 años, sueco por todos los costados, se mudó allí hace dos meses. “Me enteré de los disturbios porque mi madre me llamó”, dice este joven, empleado de una tienda online, que no para de atusarse el flequillo. “Eso sí, creo que los jóvenes de por aquí tienen problemas con la policía”. En el bloque de al lado, sirva de contraste, cinco mujeres, algunas tocadas con un velo, bailan en el césped al son de una canción árabe.
La música, a buen volumen, acompaña por la calle hasta el puente de piedra más cercano. Encapuchado, Rickard —se niega a facilitar el apellido—, de 24 años, aporta otro detalle de ese manto de discriminación del que se quejan: “Si vienes de fuera”, señala con aspavientos, “tienes que pasar por inmigración y ellos te dicen dónde vivir. Tú, aquí, tú aquí…”. Sea o no tan simple, vista la periferia de Estocolmo, parece que Rickard no anda desencaminado.
Pero los dedos de los habitantes de la periferia de Estocolmo no señalan solo a las fuerzas de seguridad, aunque son ellos los que recibieron las pedradas. Apuntan hacia el Gobierno del conservador Fredrik Reinfeldt, que tras siete años en el poder, tradicionalmente en manos de los socialdemócratas, no hizo lo suficiente para evitar la desconexión de la población inmigrante. Y a río revuelto, últimamente la ganancia es de los partidos de derechas que ven en la inmigración —para la que Suecia ofrece una política de asilo ejemplar— el principio de todos los males. En este país escandinavo se llaman Demócratas de Suecia y ocupan ya el tercer lugar en las encuestas ante las elecciones de septiembre de 2014.
Cuando los suecos vayan a votar, salvo ingrata sorpresa, los disturbios serán historia. Y en ese esfuerzo por apagar el incendio mucho tienen que ver los voluntarios que, ataviados con sus chalecos amarillos, salen cada noche a hablar con los chavales. Ali Abdu, de 25 años y natural de Husby, vestido con una chilaba, enumera algunos de esos colectivos: Ungdomvardar, Medborgarvardar, Moske gruppen... “No sé por qué los jóvenes tiran piedras, no soy político”, dice Abdu, “pero es cierto que carecen de cultura, hábitos, intereses…”. Y de motivos para liarla fuera de Husby, donde tuvo lugar el incidente hace siete días. “Lo de los otros barrios es estúpido, lo hacen por diversión”.
No opina igual F. Paris, amigo que, para no molestar, prefiere dar su versión cuando Abdu ha marchado. Así de fácil: “Si en las manos no tienen libros, cogen las piedras”. “No es que lo justifique”, continúa, “pero hay que entender si no tienes una razón para vivir…”. Entender que la segregación entre inmigrantes y no inmigrantes es un hecho en los colegios, que muchos no asisten a clase, que la educación no logró extender el uso del sueco entre los habitantes de las barriadas, que ese idioma es vital para tener un empleo y que, incluso así, el premio gordo suele caer entre los suecos de toda la vida.
Terminal central de Estocolmo, corazón de la capital, a 20 minutos de Tensta. El mundo parece otro. Suecia parece otra, es bonita, salpicada por medio centenar de puentes y agua por todas partes. Por eso decía el joven Girre Jong: “Voy allí todas las semanas, me gusta mucho. Pero el Gobierno prefiere allí a los turistas”.

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