lunes, 27 de mayo de 2013

Suicidio en París

Suicidio en Notre-Dame
Vilma Fuentes
De nuevo, 82 años después, la sombra de María Antonieta Rivas Mercado oscurece, refulgente, el interior de la catedral de París, conocida como la nef por los franceses. Nave central del interior de la iglesia. Nao vista del exterior, situada sobre la isla rodeada por dos brazos del Sena, en su navegación inmóvil. Barco fantasma poblado de fantasmas. Otra detonación resonó, como un eco de la primera, a las cuatro de la tarde del pasado martes 21 de mayo. Dominique Venner, hombre de 79 años de edad, historiador, dejó una carta a su lado, al igual que María Antonieta, antes de dispararse un tiro con un fusil, frente al altar mayor de Notre-Dame. Rivas Mercado se limitó a identificarse con una carta dirigida al cónsul mexicano en París, sin dar los motivos de su suicidio. Venner, persona de extrema derecha, deja una larga carta explicando las causas políticas y sociales del suyo. El arzobispo responsable de la catedral declaró que era el primer suicidio en el interior de Notre-Dame.
“Y lo malo es que, figúrese usted (habla Pani, cónsul de México en 1931), respondí: ‘¡Ah sí, lo sabía. Fulana de Tal’. ¡Cómo, exclamó el comisario, usted lo sabía!
“Qué vamos a decir ahora, caviló el ingeniero. En eso llegamos a la Oficina de Policía, inmediata al hotel Dieu. En el famoso hospital se hallaba el cadáver. El oficial que la recogió de una banca de Notre Dame, nos transmitió el relato del sacristán: Había penetrado al templo, que se hallaba casi vacío; se había sentado frente a un altar; se quedó mirando un crucifijo y sacando de la bolsa de mano un revólver, disparó, bajo la teta izquierda, al corazón, nada más se había doblado con la vista fija en el altar. El sacristán pidió auxilio; cuando llegó la policía su cuerpo estaba exánime.
“El Comisario, bien vestido, afable, nos recibió en su escritorio; sobre su mesa estaba la pistola. Es mía, dije señalándola. Pani me presentó: escritor mexicano, recién llegado a París, ex candidato a la Presidencia, y comenzó a redactar su declaración. Vaciló al explicar lo del aviso telefónico, temía que le preguntasen: ¿por qué ese aviso? ¿Qué relaciones tenía con la muerta? Pese a lo abrumado que yo me hallaba, en ese instante, me salió lo abogado, sangraba el corazón, pero la mente estaba lúcida…” (Sic)
Estos párrafos, escritos por José Vasconcelos, se encuentran en el capítulo La catástrofe del volumen titulado El Proconsulado, cuarta parte de su Ulises Criollo. Escritura viril, se dice. Cuando habla de ella, la designa como el cadáver o la muerta, atento al comisario bien vestido. A la presentación de su persona, antes de seguir hablando de él mismo. No evita ningún detalle de sus sentimientos y, cuando se refiere a lo de ella, habla de su propio enternecimiento y de su caudal de lágrimas. En el hotel, Deambrosis, su compañero de viaje, le muestra la carta de adioses que María Antonieta le dirigió: “Y en una posdata destinada, sin duda, a librarme a mí de toda nube de sospechas: Uno de los motivos que me llevaron a desistir del viaje a México, fue que no quise que nuestro amigo pagara el pasaje, no abusaré más de su generosidad, etc., etc…. Oportunamente, Deambrosis logró publicar esta carta en El Mundo, de Tampico. Ella no impidió que en México se aprovechara el escándalo de aquella muerte para divulgar oscuramente, veladamente, la versión de que yo le había gastado su dinero, luego la había impulsado al suicidio, dándole mi propia pistola para consumarlo…” (Sic) Concluye el capítulo La catástrofe con las líneas: Las diligencias policiacas habían concluido, pero empezaba el calvario de mi propia persona.
El suicidio de Venner es el segundo, y no el primero, ocurrido en el interior de Notre-Dame. El cuasi octogenario teme por Europa, que cree ver desmoronarse. María Antonieta teme volver a México. Vasconcelos la incita a volver y propone comprarle su boleto en barco. Ella se embarca en otra nave para siempre.

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