Las mujeres llevan siglos colocándose en el lugar que les ha sido adjudicado. Este ha estado siempre muy cerca del hogar; o sea, de la cocina. De modo que ahora que las mujeres disfrutamos de las más altas cotas de libertad de la historia, ahora que la discriminación y la segregación pierden fuelle, no es de extrañar que muchos se pregunten a qué viene que las mujeres, de manera voluntaria, opten por crear un espacio exclusivo para sus asuntos, se recluyan en una especie de cocina virtual construida por ellas mismas para tratar sus problemas como si estos fueran distintos a los de los hombres, como si sus cuitas merecieran una atención especial de la misma manera que las necesitan las de los discapacitados, los niños, los inmigrantes o los amantes del senderismo. Arguyen algunos, no sin razón, que la creación de espacios de mujeres es, en cierto modo, el gueto perfecto. En él podrán desahogarse los feministas convencidos y gracias a él el resto del mundo, dominado por la testosterona, podrá dedicarse a cosas más serias.
¡Cómo me gustaría estar de acuerdo con todos esos críticos! Sueño con un mundo en el que no haya Día de la Mujer Trabajadora. Un mundo en el que las escritoras no sean catalogadas de manera automática como autoras de “literatura femenina” a las que hay que hacer algún hueco de vez en cuando para dar fe de conciencia igualitaria. Un mundo en el que las cuotas no sean necesarias para promover el talento femenino, capaz de comprender que las mujeres sirven para algo más que ser secretarias o ganchos sexuales para vender cualquier tipo de producto, que ser empleada de hogar también es un trabajo penoso que debería estar en el régimen general de la Seguridad Social, en el que no se persiga y se apalee a las mujeres por buscar un poco de libertad y en el que no se haga la vista gorda ante las mafias que llenan sus bolsillos esclavizando mujeres que garantizan el placer de los puteros. Un mundo, en fin, en el que los núcleos duros de la política, la empresa, la banca o los medios dejen de estar cerrados para ellas.
Las mujeres del mundo entero sufren problemas gravísimos que, a su vez, repercuten de manera negativa en todas las sociedades humanas. La desigualdad es un factor esencial de los desequilibrios sociales. Repercute negativamente en la educación, en la productividad, en la violencia, en los sistemas políticos y en la distribución de la renta. Una sociedad insensible a la discriminación femenina tiene que ser, por fuerza, más insensible a la injusticia y a la calidad democrática. Hablar sobre todas estas cuestiones es lo menos que puede hacer un medio de comunicación y solo adjudicando espacios fijos se logrará, por el momento, que disfruten de una atención un poco más generosa de la habitual; de un espacio más acorde a la envergadura del problema que las oprime.
En todo caso, a los que siguen estando convencidos de que no ha lugar a un lugar como éste, les propongo una solución: tomar este espacio como una iniciativa temporal, un espacio de vida limitada. Mantengámoslo mientras la discriminación continúe y mientras persistan los motivos para indignarse. Cuando tan poderosas razones desaparezcan, este espacio se irá con ellas. Todos estaremos encantados de abandonar lugares como éste en el que, en realidad, no nos gusta estar. Mientras tanto, bienvenidos todos aquellos que tengan una acusada sensibilidad contra la injusticia y deseen aportar algo positivo a sus vidas.
Por Gabriela Cañas.
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