viernes, 18 de febrero de 2011

Escuela para niños millonarios.

Dígame: ¿qué hace usted cuando un alumno suyo le cambia una clase porque se ha musculado demasiado, ya no cabe en el Maserati y tiene que decidirse por un Hummer [un bulldozer de 100 mil euros]?

-El nuevo Hummer, no; le traían los seis modelos de Hummer que hay para que los probara y eligiera. El tío del concesionario cogió a seis empleados y, ¡hala!, todos en fila camino de la casa del niño. Estos chicos nunca han tenido límites. Es un drama.

-¿Una vez le llegó un alumno en helicóptero?

-Con la agenda vacía y el bolsillo lleno, ¿qué pueden hacer? El límite no es España: cazar focas en la Antártida. Mi alumno se sacaba el carné de piloto de helicóptero. Me avisa: «¡Llego enseguida!». Escucho un ruido de hélices encima de mi cabeza. «¡Mira arriba!». Y yo: «¡Coño!, ¿qué haces ahí?». Y él me responde: «Ahora acabo, me dejan en el jardín de casa». Y desde la puerta del jardín hasta la casa hay como diez, quince minutos andando.

-Ahí cabe el helicóptero y hasta el Air Force One.

-Son grandes ligas. Solo tienen dinero. Y hay que enseñarles que eso es una responsabilidad.

-¿Cómo se enseña a un millonario a serlo?

-El mío es un programa de formación individual que comencé en 1987 porque un empresario me pidió algo para un hijo suyo que no había estudiado nada y que iba a heredar el negocio. Les doy lo mismo que en una escuela de negocios, y les puedo dar macramé, cocina, es igual, al final la gracia está en que tengo un grupo de profesores de primer nivel —directivos de empresa—, extraordinarias personas que entienden el perfil del alumno. Y adoran a estos chicos. Eché a otros que los despreciaban.

-¿En qué se basa su sistema?

-En apretarles con cariño. Tenemos 200 alumnos.

-¿Ser rico heredero es un drama?

-Es un tema lógico.

-¿Lógica pura o kantiana?

-Sí. Mire. Papa y mamá empiezan un negocio, le dedican tiempo, tienen cuatro críos, el negocio crece, genera empleados, papá tiene una reunión, mamá le acompaña y le pide a su madre, la abuela, que se quede con los niños. Y pasan veinticinco años y al niño lo ha criado la abuela.

-A estos chicos les falta autoestima por descender de la «pierna del Cid», intuyo.

-El padre no entiende nada porque piensa que su hijo va a tener los mismos estímulos que los que él tenía cuando empezó a sus veintipocos años.

-Pero el padre tiene sangre, y su hijo, no.

-El padre se levantaba a las seis, ocho de la mañana. El hijo se levanta a las diez y tiene un zumo de naranja y unas pastitas en la mesa. Se levanta a la una y ¡sigue teniendo lo mismo! Llega al despacho, la empresa de papá, y nadie le dice nada. ¿Para qué va a llegar a las ocho? Llega a las doce, como un señor, deja el coche en la puerta, ya se lo aparcarán. Pero eso el chaval no lo hace con maldad.

-¿Y cuando le dicen: «Tú serás mi heredero?».

-Responde: ¿yo? ¿Para qué? ¿De qué? ¿Por qué?

-¿Y si le acusan al rico heredero de vago?

-Nooo.... Porque si se tiene que ir a esquiar a las cinco de la mañana se va, ¡pobrecito! «Ha salido a vosotros, la culpa es vuestra!», les digo a los padres. Pero será mucho más brillante que ellos.

-¿Su escuela no tiene edificio físico?

-Estos chicos tienen derecho al pudor y nos piden que les instruyamos en casa. Domingos, fiestas...

-¿Y a horas intempestivas?

-¡No, hombre, decentes!

-¿El rico heredero necesita mucha ternura?

-Les damos mucho cariño, y herramientas de gestión, y formación académica.

-¿Nombres?

-No los damos. Ya hemos formado a uno que está al frente de 2.500 personas en España. Y da unas conferencias magníficas. Este chico, cuando entró en la Escuela, tenía veinte añitos, melenita y poco más. Y ha generado dinero y puestos de trabajo.



Escuela para millonarios
A sus cincuenta años, Leo Abadía Jr., autor de «Escuela para millonarios» (Espasa), tiene diez hijos, entre 20 y 3 años. Es hijo de Leopoldo Abadía. Son doce hermanos, sesenta y cuatro de familia y cuarenta y un nietos. Un récord mundial. ¿Y si alguno de sus hijos le pide que le enseñe a ser millonario? «No lo admitiré en mi Escuela», responde. «Con diez hijos no soy capaz de generar más que lo justo para comer. Con dos se vive mal, llegas a todo. El tercero es duro, y a partir del cuarto da lo mismo cuatro que cuarenta»

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