miércoles, 16 de febrero de 2011

Guillermo Scully, In memoriam.

La madrugada del cinco de enero falleció, a consecuencia de un infarto, el artista plástico Guillermo Scully Fuentes. Nació en 1961 en la Ciudad de México, aunque vivió en su niñez en Córdoba, Veracruz, de donde su familia es originaria.
Guillermo estudió en La Esmeralda, y se le consideró artista figurativo a veces, expresionista otras; y algunos críticos lo etiquetaron como neosurrealista.

La verdad es que soy lego en asuntos de artes plásticas, mas eso no me impide decir que disfruté cuanto trabajo de mi amigo conocí: lo vi trabajar en plena madrugada sendos cuadros que requería para completar la exposición de parte de su obra la tarde siguiente en una galería capitalina.

Era asombroso atestiguar cómo de un lienzo inmaculado iban surgiendo figuras que, literalmente se movían, bailaban. Porque su temática central era precisamente la música, el baile. Decenas de músicos de fisonomía caribeña, mulata, casi negra, aparecen en los cuadros de diferente formato del artista tocando saxofones, flautas, tambores; sobre todo saxofones. Y también se aprecian racimos de bailarines con la misma fisonomía entregados a los exquisitos delirios del dance.

En los lienzos de Memo se respira la rumba, el jazz y el danzón: pareciera que quienes apreciamos los cuadros estamos ahí, arrobados por la orquesta o por el trío…
Conocí a Guillermo hace muchos años, y hace por lo menos quince escribí sobre él en mi columna “Salivero” del suplemento sábado, del diario unomásuno.

Como no era —ni soy— experto en esa materia, destaqué algunas de sus cualidades como ser humano, como amigo. Era un hombre muy guapo, y tuvo siempre un éxito arrollador y envidiable con las damas. Si a eso agregamos su proclividad a recorrer restaurantes, cantinas, “antros” y todo lugar que oliera a fiesta o a pecado, y su generosidad a toda prueba, podría entenderse ese halo de felicidad que solía rodearlo.

Contaba chistes asombrosos, para especialistas, y puedo asegurar que fui de sus celebradores preferidos. Él y yo nunca hicimos una cita, porque sabíamos que habríamos de encontrarnos en el sitio y a la hora menos imaginados.

Precisamente el fin de semana previa al de su muerte estuve con él (y con los escritores Javier García-Galiano, Marcial Fernández, Víctor M. Navarro, Carlos Miranda, Óscar Cossío, Vicente Francisco Torres, Rafael Vargas Pasaye y otros amigos) en una cantina; luego, algunos fuimos a su estudio (que es bellísimo, casi una galería, decorado con un gusto exquisito) y más noche a un lugar donde se puede conversar, beber y bailar toda la noche.

No sabíamos que era nuestra despedida definitiva. Nos invitó a celebrar su medio centenario de vida y a inaugurar su estudio el próximo seis de marzo. Brindaremos y bailaremos en su honor (en su velorio hubo tragos, y música con jaraneros veracruzanos). Tenía en puerta exposiciones en México y en Europa.

Con la escritora Francesca Gargallo procreó a Elena, quien debe tener quince o dieciséis años: a ambas les envío un sincero abrazo solidario. Descanse en paz el gran Scully

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