jueves, 10 de febrero de 2011

Rebelión de las masas/ F.,Campbell

Uno trata, por curiosidad natural, de adivinar el comportamiento de las multitudes y se pregunta si uno mismo, como individuo, es distinto al individuo que se mueve en el contexto de la masa.

Algo cambia en el hombre cuando se pone una máscara. También se trasforma algo de nuestro ser más íntimo si nuestra individualidad se difumina en el conjunto de los seres que constituyen una colectividad. Siente uno que la responsabilidad se diluye, se pierde o se transfiere a los otros. De ahí la impensada decisión del linchamiento. Una multitud suele contener poco su ira cuando adivina que al matar a alguien a pedradas nadie señalará con el dedo a un solo individuo. Luego entonces la impunidad está servida.

De hecho no ha sido otra la preocupación de muchos escritores que desde el ensayo literario han tratado de discernir qué es ese animal (el hombre masa) de cientos de miles de cabezas que reacciona, grita, se queja, se enoja y ataca de manera instintiva. ¿Cómo es su sexualidad en masa?

Los intentó el español José Ortega y Gasset hacia 1927, 1939, en ese “libro profético” —según la expresión de Ramón Xirau— que es La rebelión de las masas y que ahora, en nuestros días, admite otra lectura: la que se da en los momentos de la insurrección de las masas en Túnez, Argelia, Yemen y el legendario Egipto.

No se amilana el tirano, responde con “halcones”, policías vestidos de civil, caballos y camellos, y amenazas escalofriantes y cede en mínima parte. Sin embargo, dos días después la masa se reagrupa y aumenta su volumen. Otra vez contra el gobernante emperrado que no alcanza a entender ni el carácter ni el temperamento político del hombre masa. Ni siquiera el más experimentado estadista sabe por dónde va a saltar la liebre.

Cuando Ortega y Gasset reunió su “libro de artículos” en 1930 el fascismo italiano ya tenía por lo menos ocho años de sacudir a la sociedad italiana y de fatigar las calles de Roma, Nápoles. Venecia, Milán y otros centros urbanos como Palermo, Florencia y Turín. En La psicología de masas del fascismo, Wilhelm Reich explica cómo fue posible engañar, desorientar y sumir a influencias psicóticas a las masas, a las que no hay por qué persuadir con argumentos o razones.

Basta apachurrarles el botón de la emotividad, la culpa y el miedo. El caudillo manipula los lazos afectivos familiares e incorpora al mismo tiempo la figura del padre autoritario.

La rebelión de las masas no tiene ni una arruga. Ha librado el paso del tiempo y mucho nos dice —como se lo dijo a Herbert Marcuse cuyo “hombre unidimensional” fue inspirado por el “hombre masa” de Ortega— sobre el uso actual de la televisión, su capacidad de crear crispación o pánico entre las masas y de envenenar la democracia electoral.

Por lo demás, la enseñanza más penetrante sobre la masa como organismo vivo, su asociación con la manada o el rebaño, está en una obra maestra: Masa y poder, de Elías Canetti. En sus primeras sesenta páginas explora lo que podría ser la “masa de acoso” o la “doble masa”. Quienes pertenecen a la masa quedan despojados de sus diferencias y se sienten iguales.

El riesgo de un gobierno insensible es que no sabe descifrar los signos de la multitud enardecida y reacciona, cuando reacciona, demasiado tarde.

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